Colaboración

Historia de la historia

Por Gabriel Mª Otalora - Lunes, 10 de Septiembre de 2018 - Actualizado a las 06:02h.

Érase una vez el gran imperio romano, tan vasto y poderoso como no ha existido hasta tiempos bien cercanos. Sin embargo, no fue capaz de prever su fin hasta que ya no había remedio. No percibieron la migración como una amenaza cuando los extranjeros (bárbaros) se disponían a atravesar el río Rin, entonces helado, que hacía de frontera. Un puente perfecto para que miles de nórdicos probasen fortuna a principios del siglo V atacando los confines septentrionales del imperio. ¿Acaso los romanos no se percataron de su decadencia que les llevaba a un cambio decisivo? ¿Por qué se abandonaron ante lo inevitable? El problema no vino de la fortaleza de los bárbaros sino porque los valores romanos cayeron en picado en medio de una burocratización que hizo imposible cualquier revitalización ni reforma auténtica, propiciando una descomposición que solo la soberbia de once siglos imperiales fue capaz de ocultar.

Curiosamente, no son pocos los que ven la crisis actual en sus distintas expresiones (alimentaria económico-financiera, climática...) como una quiebra ética que exige tomar medidas para que todo el Sistema no zozobre y nuevos bárbaros se aprovechen de nuestra debilidad interna. Los que vienen, de momento no nos atacan sino que huyen hacia una vida digna. Pero cuando se generalizan las soluciones que sólo buscan garantizar lo propio, sin pensar en el todo, acabaremos no pudiendo garantizar ni lo nuestro, dada la interdependencia surgida tras la globalización. La mejor solución apunta a que todos debemos colaborar de manera incluyente o no existirá solución para nadie. Esta vez no habrá un arca de Noé para que se salven unos cuantos: o nos salvamos todos o pereceremos todos. Este ir cada uno luchando por el propio interés egoísta hizo exclamar a Hugh Downs: “Afirmar que mi destino no está ligado al tuyo es como decir que tu lado del bote se está hundiendo”.

La sociedad actual del rendimiento está centrada en el poder mientras el progreso es puro crecimiento. La pérdida generalizada de creencias religiosas como ideológicas ha provocado que la vida humana se convierta en algo empobrecido. donde el consumismo lo devora todo y facilita la sociedad individualista. Nuestro problema es parecido al de los romanos: aquellos se enfangaron en una decadencia implosiva sin hacer nada de fundamento para rearmarse en los valores humanos pensando en su supervivencia;no contemplaron esta posibilidad y cada cual miró por lo suyo. Muchos siglos después tenemos conocimientos y medios para crear el camino de la solución a nuestra crisis pero nos parece tan arduo que muchos han decidido echar la toalla en medio de un posmodernismo tan cínico como desesperanzado.

Afortunadamente, la realidad que se ve no es la única realidad como tampoco la decadencia romana fue lo único que ocurrió entonces. Junto a los efectos de la caída del imperio romano, hubo otro hecho tan pequeño como un grano de mostaza, que acabó marcando la esperanza y la salida de aquel momento. Un movimiento pequeño a partir de un tal Jesús ajusticiado por Roma en la lejana provincia de Judea caló sobremanera en el imperio, primero entre esclavos y mujeres, poniendo las bases de lo que pronto sería el Medioevo y las bases de la futura Europa, imposibles de vislumbrar entonces en medio de la descomposición romana.

En nuestro caso tampoco todo son tinieblas y decadencia en este momento histórico en el que estamos saliendo de una era vislumbrando apenas el nuevo mundo que todavía no es. Tenemos el recurso de la historia y unas capacidades que los romanos desconocieron para inspirarnos una salida creativa, compartida, institucional, humanitaria. Y mientras soñamos que llegará, millones de personas tejen anónimamente lo que otras destejen. Son la levadura que logra un mundo mejor, a veces bien cerca nuestro, y que sin saberlo ponen su granito de arena para lo que será un nuevo renacimiento;a base de insistir en los ideales, ellas están más en contacto con la realidad. Lástima que su poder no se conocerá hasta que haya llegado a ser... Y colorín colorado, nuestra historia aún no ha terminado.

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