Ganar a lo Walkowiak

de Miguel Usabiaga - Domingo, 9 de Septiembre de 2018 - Actualizado a las 06:03h.

la carrera se ha adentrado esta semana en los valles mineros de León y de Asturias, con cambio de líder, al arrebatarle Simon Yates el maillot rojo a Jesús Herrada. El hasta ayer primer clasificado lo logró en una escapada desarrollada por las sinuosas y rompe-piernas carreteras de Galicia, que le dieron una renta de casi nueve minutos. No fue una escapada bidón, aquellas completamente consentidas por la abulia del pelotón tras días de mucho desgaste, o por causa del calor insoportable, que es cuando estas suelen producirse. Fue una escapada “un poco consentida”, consentida en el rato de desconcierto inicial, donde las responsabilidades del trabajo en equipo se pasaban de unos a otros, neutralizándose entre sí;del Movistar de Nairo, al Mitchelton de Yates, y viceversa;que si tienes que tirar tú, que si no, y para cuando quisieron reaccionar, los 18 fugitivos ya llevaban once minutos de ventaja. Entre ellos había buenos galgos (Nibali, Campenaerts, Geniez y el propio Herrada), y apenas pudieron erosionarles más que un par de minutos.

Esa circunstancia de la escapada, y el aroma minero, de vieja lucha que sale de las entrañas de la tierra, de los hombres que la trabajaron hasta dejar su sangre, me traen el recuerdo del francés Roger Walkowiak. Este corredor era hijo de inmigrantes polacos, hijo de un minero del carbón en la ciudad de Montlucon, en el centro de Francia. Un ciclista nacido en un entorno donde los sueños no eran fáciles. En el Tour de France de 1956, Walkowiak se aupó al maillot amarillo gracias a dos escapadas, un poco consentidas, como la de Herrada, que le reportaron casi 25 minutos. Los favoritos ese año, Bahamontes, Ockers, Gaul y Nencini, menospreciaron al hijo del minero, aunque este tampoco tenía un palmarés despreciable: contaba con un segundo puesto en la general de la Paris-Niza, y éxitos en el Dauphiné Libéré. Walkowiak resistió en las montañas, administró su ventaja y venció en ese Tour. Sin embargo, la prensa francesa fue inmisericorde con esa manera “deslucida” de vencer, y acuñó la frase peyorativa de “ganar a lo Walkowiak”. Esa injusticia desanimó al corredor, y aniquiló la carrera de Walko, que ya no levantó cabeza. Ese maltrato de la opinión pública, al que se sumó una amebiasis contraída en África, hicieron que abandonara pronto el ciclismo y pasara a ser un proletario en la fábrica Dunlop de su ciudad natal. Tras su retirada, nunca quiso hablar con la prensa, rechazó todas las entrevistas.

La Camperona reveló otra perla, la del navarro Óscar Rodríguez, al que con su pedaleo fluido, alegre a pesar de los desniveles de la carretera, auguro grandes triunfos cuando la ruta asuma fuertes porcentajes. Un éxito para la escuadra vasca, y para tantos esfuerzos del excorredor Odriozola, por mantener un equipo de Euskadi en lo más alto del pelotón profesional.

Al ver el recorrido de la Vuelta anunciaba cómo la carrera, en su recorrido por Asturias, iba a subir a Les Praeres, en el pueblo de Nava -donde se impuso ayer Simon Yates-;uno de los lugares donde la represión tuvo unas formas más macabras y cruentas. En esos bosques y cimas tuvo implantación la guerrilla comunista, los del monte, los que decidieron en la inmediata posguerra no rendirse y seguir enfrentándose a Franco con las armas. Muchos en un acto decidido de conciencia;otros, perseguidos republicanos, atrapados en los montes tras la victoria franquista, que sin poder escapar tomaron las armas como forma de supervivencia. Muy cerca del paso de los ciclistas en su camino hacia Les Praeres queda el llamado Pozo Funeres. Allí, en ese pozo profundo, en la primavera de 1948, parapoliciales falangistas junto a guardias civiles, arrojaron a decenas de colaboradores de los guerrilleros, aquellos que les dejaban comida o les hacían de enlace. Los asesinaron en varias tandas, primero los torturaban, después los llevaban allí y los arrojaban vivos. Se dice en aquella zona asturiana que para callar los gritos de los arrojados al pozo, que sufrían tras las torturas, tras la caída desde la gran altura del pozo, volvían al cabo de los días y echaban dinamita y gasolina al agujero. Es un acontecimiento que las entidades memorialistas y la izquierda recuerdan cada año. Para no olvidar el horror, el oprobio. Como les cantara Rafael Alberti.

Y allí por descanso, el suelo;

Y allí por llanto, las balas,

Y el corazón por pañuelo.

Que nada me desalienta,

Que un guerrillero es un toro

En medio de una tormenta.

La mayoría de esos guerrilleros, de los colaboradores que masacraron junto a Les Praeres, también eran o habían sido mineros, como Walkowiak. Valientes de sangre valiente. Gentes que saben el precio exacto del sudor, del dolor, de los sueños.

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