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Los abanicos del mar Menor

de Miguel Usabiaga - Martes, 4 de Septiembre de 2018 - Actualizado a las 06:03h.

antes de adentrarse en el interior, en búsqueda de serranías y montañas, todavía rozando el mar Mediterráneo, la Vuelta nos ofreció una de las artes más bellas, espectaculares y plásticas del ciclismo: la de los abanicos. Hasta el más profano y desinteresado espectador, cuando ve desplegarse en una carrera los abanicos, queda sorprendido, fascinado por las líneas inclinadas que se dibujan sobre las carreteras, intrigado por su sentido. Y no es raro que cuando se da una explicación de su lógica, ésta quede incorporada como metáfora en el imaginario del recién iluminado para referirse con ella, “los abanicos”, a tales o cuales situaciones hostiles de la vida, en las que uno adopta unas medidas tan eficaces de protección que transforman una situación inicialmente defensiva en una ofensiva, de ataque. Por eso vale la pena explicar brevemente qué son y para qué se hacen los abanicos. Se denomina abanico a la posición que adoptan los corredores ante un fuerte viento de costado, preferiblemente si este sopla en contra. Imaginemos, por ejemplo, que un viento contrario azota al pelotón desde la izquierda. Entonces, cada corredor intentará parapetarse a la derecha y un poco detrás del ciclista que le precede, porque así este le sirve de pantalla y pedalea con menos esfuerzo. Y detrás de este segundo corredor y a su derecha se colocará otro, y así sucesivamente, hasta que el ancho de la calzada limita esta disposición y ya no caben más corredores. Esta posición de defensa se convierte en ataque si el primer corredor que se lleva el viento, sacrificándose en una táctica de equipo, se pone a pedalear a tope, y de acuerdo con sus compañeros que se van parapetando tras él. Cuando se acaba la anchura de la carretera para la fila formada, la única defensa de los siguientes para protegerse del viento es organizar otro abanico inmediatamente detrás del anterior. Pero esto no suele funcionar, porque al ser una táctica disparada por sorpresa, al resto le cuesta reaccionar con inmediatez. Por eso, si no hay respuesta rápida, las diferencias que se consiguen suelen ser notables. A vista de pájaro observamos distintas filas diagonales sobre la ruta, persiguiéndose. Es lo que ocurrió en el territorio del mar Menor, siempre muy ventoso, y que hizo perder tiempo al joven talento Kelderman.

La etapa de la sierra de Cazorla fue una emboscada de la organización, con carreteras en muy mal estado que recordaban otros tiempos, y que tuvieron a Kwiatkowski como víctima. El polaco, gran bajador, nada pudo hacer ante el polvillo y la gravilla suelta en el descenso del puerto de Ceal. Y la primera embestida con la alta montaña, en La Covatilla, no ha aclarado gran cosa. Las fuerzas parecen muy igualadas y el miedo las atenaza. Valverde, poderoso pero limitado por su desgaste continuo. Quintana no parece el de antaño. Quizá algún tapado como el colombiano Urán, o Ion Izagirre pueden ser las sorpresas. Simón Yates, nuevo maillot rojo, depende sobre todo de sí mismo. En el comienzo del Giro, cuando fue maglia rosa, rodaba pletórico en montaña, sin rivales, hasta que se hundió. Si consigue esa misma condición física y no desfallece, es un gran candidato, pues el recorrido le es idóneo.

Cada lugar tiene su gloria, y a veces en los más pequeños acontece una escena de la gran obra histórica. Decía en el anterior artículo que el ciclismo tenía la virtud de permitirnos ver los lugares, conocer su historia y cohesionarlos con las emociones de la gente, con su memoria. Viendo al pelotón pasar por la localidad murciana del Puerto de Mazarrón, por Isla Plana, y viendo en las imágenes desde el cielo las cercanas fortificaciones de costa de Cartagena y el torreón de La Azohía, recordé la anécdota de un joven teniente de la República allí acontecida. El joven, un miliciano de 22 años al que su compromiso con la libertad y la guerra convirtieron forzadamente en un militar, realizó un curso de oficial de Artillería Antiaérea en la ciudad de Cartagena, en el que obtuvo el número uno, la máxima puntuación, y el grado de teniente. Como premio a su destacado aprendizaje, el coronel responsable del curso le llevó a ese torreón de La Azohía, junto a la población de Isla Plana, por la que pasaron los ciclistas. Allí estaba instalado un gran proyector de costa para observar en la lejanía los barcos enemigos, y tener informados a los mandos. El coronel le mostró el privilegiado sitio, las maravillosas vistas sobre el mar, y le ofreció pasar allí una buena guerra, cómoda, tranquila, sin peligros. El joven teniente lo rechazó de plano. Si era el número uno -le dijo-, eso quería decir que debía dar más, eso significaba para él una obligación aún mayor, para entregar su sabiduría a los demás, a su causa, a la democracia agredida. En ese acto se veía que el coronel, un militar de carrera, tenía un compromiso leve, tenue, con su República. El joven, que lo había abrazado voluntariamente, lo tenía marcado a fuego y estaba dispuesto a darlo todo. Todo un ejemplo, para la bicicleta y para la vida.

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