Tribuna abierta

La mancha de la verdad

Por José Ramón Blázquez - Sábado, 1 de Septiembre de 2018 - Actualizado a las 06:02h.

massachusetts, Irlanda, Australia, Chile, Pensilvania… ¿y cuándo en Euskadi? La verdad sobre la pederastia eclesiástica se va a abriendo paso con enorme parsimonia, pero avanza. Siempre fue así con la jerarquía católica, refugiada en la ocultación y amparada en su poder sagrado e intocable. Si tardaron 359 años en rehabilitar a Galileo Galilei y hubo que esperar cuatro siglos para que Roma reconociese el error de quemar -¡vivo!- al filósofo y astrónomo Giordano Bruno, cuyo inquisidor fue un cardenal a quien hicieron santo, podemos hoy aspirar a que cientos de miles de niños sean reconocidos víctimas de terribles agresiones sexuales y compensados con lo único que desean: el conocimiento público de aquellos hechos criminales y la depuración histórica de los culpables.

Con un Papa dispuesto a romper el muro de silencio, quizás tengamos alguna opción. Tras el escándalo de Pensilvania, donde se han documentado un millar de casos de menores sodomizados por unos 300 sacerdotes, Francisco ha manifestado que “nunca será suficiente lo que se haga para pedir perdón y buscar reparar el daño causado”. Se queda corto Bergoglio: a un chico violentado le tiene sin cuidado el perdón. Transcurrido un tiempo y amortizado su dolor en la soledad, la indulgencia es inane. La disculpa es un factor moral para los católicos;pero para un ser humano, el más vulnerable, es del todo inservible por su dudosa sinceridad. No se demanda compasión. Se exige la justicia de la pura verdad. Se reclama el señalamiento de los depredadores y la responsabilidad de sus encubridores, al tiempo que se busca evitar que sucesos tan brutales vuelvan a producirse. Nadie como un niño violado sabe más de sufrimiento insoportable.

¿Por qué en Euskadi, como en el conjunto del Estado, no se han llevado a cabo las depuraciones de la pedofilia sacerdotal? Con sus variables culturales, la Iglesia es igual en todas partes e idénticas son las personas ante la malversación del sexo y las pasiones, el pudrimiento moral y la dominación de los débiles por la fuerza. Los clérigos vascos eran y son del mismo patrón que los australianos, irlandeses, chilenos, bostonianos, los de Harrisburg y Pernambuco. Nuestra experiencia tiene similar dimensión y gravedad. La particularidad de la dictadura franquista, de la que la religión católica fue uno de sus pilares, hace más complicada la investigación. Sabemos lo que ocurría y solo hay que poner en marcha un método que haga posible su descubrimiento, siempre que la autoridad religiosa coopere o, al menos, no ponga obstáculos de silencio y eluda solidarizarse con sus numerosos criminales. Que abra sus archivos y se conozca lo acaecido bajo las indignas sotanas.

Los hechos protagonizados por el vicario Mendizabal son representativos de por qué ha quedado sin escarmiento la pederastia sacerdotal en nuestro país. El tiempo pasado, la prescripción de los delitos y la tardanza en las denuncias constituyen el pack causal de su impunidad. La Iglesia se resiste a aceptar su patético periplo, mientras las víctimas se mueren en su angustia. No, no olvidan, es imposible olvidar.

Pero la justicia tardía en las diócesis americanas y otros países de tradición democrática proyectan un rayo de luz sobre la oscuridad de la historia de la pederastia en Euskadi. A esto se añade la enorme repercusión de Spotlight -Oscar a la mejor película en 2016-, que ha removido conciencias sobre los abusos sexuales a menores y su ocultación por los poderes eclesiásticos. También el músico James Rhodes, actualmente afincado en Madrid, que fue violado desde los diez años por su profesor de boxeo (no era sacerdote), ha contribuido con sus libros y artículos de prensa (memorable su Carta a Pedro Sánchez en El País) a que se tomen medidas preventivas, de tratamiento a las víctimas y condena de la pederastia. Se puede hacer más.

Sin embargo, la clave es dotarse de un procedimiento que permita abrir brecha en el secreto de las víctimas de la pederastia. En mi opinión, esta función de escrutinio de los hechos ocurridos en las últimas décadas no puede recaer en los tribunales de justicia, por inoperantes, burocráticos y lentos, además de que todos los supuestos penales han prescrito;ni creo que tampoco deba ofrecerse esta labor a las instituciones universitarias.

Y dado que quienes fueron abusados o violados por sacerdotes y frailes no hablarán con libertad de su desgracia si no perciben un plan serio, discreto y solvente, creo que lo más eficaz sería constituir una entidad privada, independiente y sin ánimo de lucro para tal y único fin. Los damnificados americanos formaron asociaciones porque esa es su eficaz cultura. Aquí tendríamos que crear una fundación, sin subordinaciones públicas, capaz de proyectar un clima de confianza y afecto entre las víctimas para recibir y documentar las denuncias en todas sus variables, desde los tocamientos a las violaciones, pasando por las masturbaciones y vejaciones a las que se sometieron a los niños. Nada odia más un damnificado de abusos que su exhibición pública y protagonismo mediático. Quiere evitar que su desdicha sea un espectáculo.

Con una paciente estrategia de comunicación sería posible disponer de la referencia de numerosos hechos verídicos. A partir de ahí, debería abrirse un cauce de cooperación con las órdenes religiosas, colegios y diócesis para el examen de sus archivos. También la memoria de los pedófilos y sus testimonios serían aceptables. Una orden de transparencia del Vaticano sería decisiva, pero no definitiva, porque cada obispado, con mala voluntad, podría obstaculizar la investigación de mil formas rateras. Me cuesta imaginar a Munilla colaborando en el esclarecimiento.

No, esto no es una causa general contra la Iglesia, ni un oficio de la Inquisición, tan arraigada en su historia. No hay hogueras. No es venganza ni revancha. Es un acto aplazado de justicia que se ha negado a miles de niños vascos, humillados en su honor cuando su tutela y formación dependían de los curas. Es un deber de país, una obligación como sociedad. Una promesa de dignidad colectiva. ¿Seremos menos que los hombres y mujeres de Pensilvania, Chile, Australia, Irlanda o Massachusetts que han obtenido la victoria de la verdad para sus hijos? ¿Nos rendimos al olvido y el sacrificio de tantos chicos? Que alguien nos ayude.