A por ellos

Lecciones de vida

Por Mikel Recalde - Viernes, 31 de Agosto de 2018 - Actualizado a las 06:03h.

a estas alturas de mi vida y de mi carrera profesional, hace tiempo que ya no idealizo a las personas. El influjo de las que eran mis referencias en mi niñez se han ido disipando con el inexorable paso del tiempo. Ya solo me queda como recuerdo la entrañable admiración que llegué a profesar por ellos. La existencia y los caminos que escoges condicionan mucho. Yo no he perdido afición por el fútbol, aunque en ocasiones sienta que, al margen de mi Real, se me está esfumando poco a poco cierta pasión. Lo que sí tengo claro desde hace años, concretamente desde que comencé a ejercer de periodista, es que me cuesta mucho alcanzar con los jugadores ese sentimiento casi reverencial que antaño me hicieron percibir leyendas como Arconada.

Sé que mis palabras desprenden nostalgia, algo lógico después de lo duros que están siendo estos últimos meses para los aficionados de la Real con la evaporación de una de las generaciones más grandes que ha producido nuestro club, al que rescató en Segunda para conducirlo hasta la Champions en Old Trafford. En la larga entrevista que hice la semana pasada a Mikel Merino, le pregunté a ver quién era su ídolo y me dijo que nunca había tenido ninguno en especial. Cuando volvía a casa me quedé dándole vueltas a cuál sería mi respuesta si me cuestionaran sobre el tema.

Y se me encendió la luz. Actualmente tengo dos ídolos. Uno mi amigo Miguel, de mi cuadrilla de toda la vida. Un héroe de carne y hueso y sin capa, de los que más me gustan ahora (imagino que a esto le llaman madurez). No creo haber conocido a nadie con más bondad y con esa capacidad de lucha y de sacrificio ante las adversidades que le ha ido planteando esta vida tan perra, que a veces cuesta entender cómo puede cebarse tanto con quien simplemente no lo merece. Aún sin superar el disgusto de Leganés, pude verle el sábado después de dos meses ingresado y no exagero si afirmo que fue uno de los mejores días de mis últimos años por lo contento que emprendí la carretera camino a Donostia. Con sensaciones y sentimientos tan fuertes de por medio, vuelves a ser consciente de que el fútbol es lo más importante de las cosas menos importantes.

Y el segundo es Imanol Agirretxe. No por su facilidad para perforar porterías contrarias, sino por la entereza, humanidad y fortaleza que ha demostrado a lo largo de un insufrible calvario de lesiones de casi tres años que arrancó cuando sonaba como candidato a la selección. Todavía me acuerdo cuando llegó a Zubieta y le pregunté a un compañero que le conocía si era el típico 9 torpón: “Es un espectáculo, tienes que ir a verle Mikel;hace bicicletas, marca con las dos piernas y de cabeza va fenomenal”. Eso era cuando apuntaba al cielo en cohete. Luego la realidad de la elite le puso los pies en el suelo, aunque le dio unas alas para ir superando todos los retos y la exigente competencia que se fue encontrando. Como dijo ayer Garitano en una declaración fantástica, “los canteranos tienen que ponerse la rueda de prensa de despedida de Imanol para ser conscientes de lo que cuesta triunfar en la Real durante diez u once años;que aprendan de su compañero y que aprieten”.

Todos tenemos algún gol preferido entre los 75 que ha anotado con su equipo y que “no cambiaría por los millones de otro club” (un segundo para respirar y secar la lágrima o abrir las alas con los brazos como él). Yo me quedo con el del Barça, que adelantó la izada de la bandera del día de San Sebastián un par de horas por primera vez en la historia. Esos emocionados abrazos en la grada fueron inigualables. Porque el súmmum en un equipo de cantera es que su goleador sea de la casa. De la tierra. Por lo que imagino que, por las razones que sean, cada uno cuenta con su celebración especial de alguna de sus dianas. Yo pongo como ejemplo el que anotó en el minuto 90 contra el Cartagena, que sirvió para que la Real le arrebatara el liderato y se colocara en la rampa de lanzamiento el año del ascenso. Coincidió con el bautizo de mi sobrina Clara y acabé aquel domingo con unos amigos, cómo lo diría, contentillo, a punto de ir debajo de su casa para cantarle su canción, porque entre nosotros se encontraba su vecino. Debimos repetirla tanto en un bar, que el lunes, cuando fui a comprar la prensa, me crucé con un par de personas del barrio que en vez de saludarme me chapurrearon el ya inmortal “Agirretxe ale ale ale”.

Una lesión lo ha truncado todo demasiado pronto. A los 31 años después de casi tres sin jugar. Sé que me resisto a resignarme. Por ello me viene a la cabeza el caso de Cazorla, pero supongo que no es lo mismo. Una de las recuperadoras de Joseba Llorente me dijo un día: “Nunca os ha mentido. Os decía que estaba recuperado y era verdad. Otra cosa es que después de esa lesión pudiese competir al máximo nivel y se anticipara a la defensa como lo hacía antes”. No parece que esté lejos la realidad que le ha condenado a nuestro actual 9.

Agirretxe, tan admirable y elegante en el campo como fuera de él. Mejor persona aún que delantero. Siempre respetaré y admiraré a la gente que me hace reír de alegría y de pena. Su legado más importante es lo orgullosos que nos ha hecho sentir. O el sinfín de niños con camisetas con su nombre que inundan los patios de colegios guipuzcoanos. O mi sobrina gritando “¡Girretxe! en Zubieta como si no hubiera un mañana. Un ejemplo en la salud y en la enfermedad. En el éxito y en la decepción, que no fracaso. No puede ser casualidad que anunciase su adiós el día que cumplía años don Xabi Prieto, con el que tantas veces formaba pareja para delicia de los asistentes en los fútbol-tenis. Honor y gloria al mejor ariete que ha producido Zubieta desde el gran Satrústegui, que solía decir que veía cosas suyas en su juego. Desgraciadamente, se retira igual, mucho antes de lo previsto por culpa de una lesión. Pero es que también había heredado su habilidad para marcar y su facilidad para entrar de lleno en el corazón de su gente.

Miguel e Imanol. Lecciones de vida de superhéroes terrenales. De los que consiguen ser corrientes y extraordinarios al mismo tiempo.