Tribuna abierta

La interminable (re)conquista castellana

Por Iñigo Bullain - Jueves, 30 de Agosto de 2018 - Actualizado a las 06:02h.

Mientras parece que al Homo Sapiens le quedan unos cien años antes de que la inteligencia artificial y las ciencias biomédicas lo reemplacen por una suerte de ciborg, la España española parece tener como prioridad existencial hacer fracasar con togas y tricornios la reciente rebeldía en Catalunya. La deriva autoritaria del nacionalismo español al socaire del procés no es una novedad, como tampoco una característica exclusiva de la democracia (castellana) realmente existente. Los efectos de la Gran Recesión y las políticas neoliberales que han impuesto las instituciones comunitarias también están provocando reacciones populistas en numerosos países. El malestar que en los noventa contribuyó a aupar en Francia al Frente Nacional se ha ido extendiendo hasta contaminar la política de la mayoría de sociedades europeas.

En Italia, Austria, Finlandia, Bulgaria o en los cuatro países del Grupo de Visegrado (Hungría, Polonia;Eslovaquia y República Checa) fuerzas xenófobas son ya partidos de gobierno. En la España española, el auge de Ciudadanos o la radicalización del PP son también expresión de un nacionalismo populista.

La demanda catalana de autodeterminación contra la que se vuelca el atávico imperialismo hispano, no debiera sorprendernos. Un mínimo conocimiento histórico permite enmarcarla como un nuevo episodio de liberación, desde que el poder visigótico se proclamara Imperio de Toledo y reclamara un poder único sobre las provincias de la Hispania romana. Si bien en Euskadi hay memoria de aquel “domuit vascones” repetido como una letanía hasta Don Rodrigo, los sucesivos intentos -bihemisféricos- por desconectarse de la hegemonía condensada en divisas como “Plus Ultra o Una, grande y libre” no parecen formar parte del currículo educativo español. Sin embargo, la historia de Hesperia es también la historia de múltiples movimientos de oposición frente a sucesivos poderes: las monarquías germano-góticas, el islam, la monarquía católica o la dinastía borbónica. Esos intentos, a veces, tuvieron éxito, como aconteció para la veintena de repúblicas de ultramar que se independizaron de España durante el siglo XIX, o antes para las triunfantes insurrecciones portuguesa y holandesa del XVII. Por el contrario, la lucha de Navarra por recuperar su independencia en el XVI, los de la Corona de Aragón en el XVIII por mantener sus instituciones, o los de Vasconia por preservar sus libertades forales fracasaron, como también los episodios republicanos del XIX y XX.

Alimentado por siglos de “reconquista”, el talante militarista y autoritario castellano, se trasladó a la monarquía católica hasta impregnar la cultura política española contemporánea, en sus diferentes versiones, tanto conservadora como liberal, autoritaria o democrática. Hoy, PP, PSOE, y más recientemente C’s, representan un mismo talante supremacista, adaptado, con distintos matices, a un contexto “democratizado” y autonomista. Pero el constitucionalismo que proclaman es el de una nación española indivisible e indisoluble, reflejo de un esencialismo que se niega a someter la unidad nacional o la forma política del Estado a la voluntad de los diferentes pueblos y ciudadanos, y cuya autonomía está sujeta a una tutela normativa y judicial que la ha jibarizado.

Con la reciente elección de Pablo Casado, retoño del aznarismo, se viene a simbolizar que lo que durante décadas se vendió como una democracia europea homologada, no ha dejado de ser sino una actualización del posfranquismo fraguista de Alianza Popular y los siete magníficos. 40 años de democracia castellana han parido una España de los balcones que amenaza con ilegalizar a los partidos independentistas y acabar con la representación parlamentaria de las naciones sin estado. Expresiones de un irreductible talante facha, ahora actualizado en varias versiones digitales: lerrouxista (Rivera) o en modo CEDA (Casado), que son presentadas como centristas o liberales, conforme a la desfachatez intelectual de la que hacen gala los medios e intelectuales españoles. Una impostura ya expuesta por Sánchez-Cuenca (Catarata, 2016).

España sigue siendo el histórico proyecto político de Castilla, cuya cultura política nunca ha dejado de ser, como ponen en evidencia sus cloacas villarejas y la incansable brunete mediática, corrupta e intolerante. Aunque los abanderados de la marca España la presentan como una brillante epopeya, el proyecto político del que hacen apología está asentado en acontecimientos desbordantes de violencia, como la expulsión de minorías religiosas -judíos y musulmanes-;en la conquista y sometimiento de otras unidades políticas peninsulares -Navarra o la Corona de Aragón-;en la colonización de buena parte de la península y de América, o last but not leasten el restablecimiento de la esclavitud desde la conquista de las Canarias -en vigor hasta finales del siglo XIX-, o en la servidumbre forzada sobre millones de nativos americanos. La vanagloria asociada a la hispanidad y su imperialismo no puede ocultar que el legado histórico castellano está asociado al subdesarrollo y a una brutal desigualdad, resultado de su modelo de colonización extendido por Andalucía, Extremadura o Canarias, por América y el Caribe, por la Italia meridional o Filipinas.

El proyecto político nacional que arropa al constitucionalismo cuenta con un dominio electoral precocinado, que permite a su versión más nacional-católica, ahora PP y en su día UCD, contar con más de 2/3 de la representación en el Senado con solo un 30% del voto, suficiente para aplicar el 155 o vetar una reforma constitucional.

El hecho tan evidente de que la nación dominante, entre proclamas de igualdad y ciudadanía, no quiera compartir el Estado (castellano) con otras naciones, plurinacionalizándolo, ilustra la importancia de contar o no con un Estado, clave para asegurarse el dominio sobre otras comunidades políticas nacionales o para contar o no con visibilidad internacional. Pero a pesar de su tamaño demográfico y peso económico, la debilidad histórica que arrastra la nación castellano/española es el resultado de su agresivo nacionalismo y de la incapacidad de respetar la libre voluntad de la población para que decida libremente entre diferentes proyectos políticos. Su pesada herencia de intolerancia, como si fuera una patología cultural, le impulsa a seguir en su afán de dominación, criminalizando la disidencia, o calificando la independencia de mal moral. Mandoa beti antzu.

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