Tribuna abierta

Aporofobia, los pobres y la pobreza

Por Josu Montalbán - Martes, 28 de Agosto de 2018 - Actualizado a las 06:02h.

para la Fundación del Español Urgente (Fundeu), la palabra de 2017 fue aporofobia. Hasta tanto lo fue que ya ha sido incluida en el Diccionario de la Real Academia Española. Dicha palabra tiene su origen en el idioma antiguo de Grecia, pero quien se ha pasado buena parte de su vida dando la murga con ese término ha sido la catedrática de Ética Adela Cortina.

¿Qué es la aporofobia? La propia Adela Cortina la define con muy pocas palabras en el libro en que desarrolla su idea al respecto: Aporofobia, el rechazo al pobre. Se trata de uno de esos libros en que no conviene distraerse durante su lectura, porque la profusión de datos, la aportación de citas aclaratorias y las conclusiones a las que llega están entrelazadas y resultan todas ellas definitivas. Adela Cortina se ha caracterizado en este caso por la constancia e insistencia en señalar la actitud perversa y enfermiza de los acomodados contra los pobres como un mal inherente a la sociedad, como un comportamiento profundamente inhumano. Quizás por eso ha podido soportar más de 20 años de martillar en el clavo de la pobreza, de sus orígenes y de sus brutales consecuencias.

Antes de que el término fuera incluido en el Diccionario de la Real Academia Española, la Fundeu, que vela por el buen uso del idioma español en periódicos y medios escritos, aceptó la palabra como un neologismo válido. Llama la atención el hecho de que hayan sido necesarios casi 20 años, y la determinación de una fundación privada, para que un organismo oficial como es la RAE haya aceptado la palabra. El origen griego de la palabra explícita su significado (á-poros, que significa sin recursos o pobre;fobos, que significa miedo). Antes de esta ocasión, en 2015 y 2016, la referida fundación había aceptado otras dos palabras como palabras del año, -refugiado y populismo-, que abrieron de par en par las puertas a esta aporofobia que algo tiene que ver con las anteriores en estos tiempos en los que la desigualdad se hace patente, la pobreza arrecia y son tantos los humanos que migran, de un lado para otro, llevando a hombros un destino que, si por algo se caracteriza, es por haberles condenado a la miseria.

Adela Cortina no aporta demasiadas pruebas extraordinarias, de esas que cualquier humano no vea cada dos por tres, pero lo hace de un modo muy didáctico, aportando datos contundentes (no simplemente estadísticos) en los que la razón cualitativa está por encima de la cuantitativa, es decir, en la que la ética se impone a la pura matemática. Siendo, como es, un libro reciente, hace también una valoración de lo que viene suponiendo la pobreza. La obra alcanza un altísimo significado ahora que el buque (más bien cascote) Aquarius va y viene por el Mediterráneo recogiendo náufragos a los que subasta para depositarlos aquí o allá, según sea la voluntad de los gobiernos europeos de turno, que miran a los negros -viejos, jóvenes o niños- del mismo modo que las vacas miran al tren que atraviesa las llanuras castellanas, sin abrir los brazos en señal de hospitalidad.

Porque como afirma Adela, “es el pobre el que molesta”. No tanto el color negro de la piel, que brilla al sol y resulta, a la vista, más bello que el blanco de quienes les ven llegar desde los diques de los puertos del sur de Europa. En realidad, ellos ponen a nuestro alcance la visión real de la miseria y de sus penalidades, hasta tal punto que los vemos como una amenaza. El problema, como afirma Adela, es la pobreza que traen y no precisamente el color de su piel. Por tanto, no se trata ya de xenofobia sino de aporofobia. La liga de fútbol española, como las europeas, está llena de jugadores de piel oscura y negra a los que se les recompensa con millones de euros por exhibir filigranas con el balón entre sus pies en los estadios, pero ellos son vitoreados y aplaudidos. Nadie les mira con desdén aunque rematen y yerren ante la portería. Sin embargo, se mira con desprecio a los manteros que exhiben ante los paseantes sus artículos para vender, se les regatean los precios para pagarles cuanto menos, se les desprecia como comerciales y se les patean los artículos (que constituyen todas sus posesiones o propiedades) solo porque estén extendidas en un exiguo espacio público, como puede ser el borde de una acera o de una plaza.

En los últimos tiempos no han sido pocos los episodios en los que los parias han sido atacados, despreciados y agredidos. Sin embargo, han trascendido más las noticias en las que los manteros se han defendido, aunque lo hayan hecho recurriendo a alguna forma de violencia venial y sin armas, o aquellas en que los pobres han irrumpido, en desbandada y con cierto estrépito, para atravesar las vallas fronterizas y alcanzar espacios de garantía para ellos, espacios neutros situados entre el primero y el tercer mundo, para ellos.

Adela Cortina recoge en su libro ideas de otros para ayudar a fundamentar las suyas. Los pobres, ante quienes se siente y cultiva la aversión, son consecuencia, entre otras cosas, de una economía extraña e ideada, precisamente, para generar ricos en lugar de para generar riqueza. Tal como recoge en su cita de Amartya Sen, “la meta de la economía ética consistiría en crear riqueza, con equidad, erradicar la pobreza y reducir las desigualdades injustas”. Sin embargo, no ocurre así (quizás la economía que se practica no sea ética), ni se practica lo que el anarquista Kropotkin planteaba pensando principalmente en los fines y modos de actuar de dicha economía: “La ayuda mutua es mejor factor de supervivencia que la competición”.

Y ya ni siquiera se tiene en cuenta el pensamiento mucho más liberal de Adam Smith, contenido en su obra La teoría de los sentimientos morales, en la que dedica una reflexión a valorar “la corrupción de los sentimientos morales que procede de la tendencia a admirar a los ricos y despreciar a los pobres”, porque de lo que trata en su obra, también el liberal Smith, es de “erradicar la pobreza y reducir la desigualdad”, todo al mismo tiempo.

Y bien, ¿cómo podremos contrarrestar y responder a la inhumanidad que desprende la aporofobia que nos afecta? Acudo a Adela Cortina de nuevo. Su libro termina con esta llamada de atención: “…una educación a la altura del siglo XXI tiene por tarea formar personas de su tiempo, de su lugar concreto, y abiertas al mundo. Sensibles a los grandes desafíos, entre los que hoy cuentan el sufrimiento de quienes buscan refugio en esta Europa, que ya en el siglo XVIII reconoció el deber que todos los países tienen de ofrecer hospitalidad a los que llegan a sus tierras, el drama de la pobreza extrema, el hambre y la indefensión de los vulnerables, los millones de muertes prematuras y de enfermedades sin atención. Educar para nuestro tiempo exige formar ciudadanos compasivos capaces de asumir la perspectiva de los que sufren, pero sobre todo de comprometerse con ellos”.

Y acabo. El libro de Adela Cortina es de obligada lectura y asimilación para quienes creemos en el hombre nuevo, más justo y hospitalario, en suma, más humano.

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