Reencuentro familiar en torno a una fosa de guerra

Marisol e Isabel, en el cementerio municipal.

Isabel es arquitecta y vive en Euskadi. Marisol es enfermera en Coria (Cáceres). Las dos primas ni siquiera se conocían hace un par de semanas, y ahora están cribando juntas la tierra de una fosa, escudriñando cada puñado en busca de cualquier indicio que ayude a identificar a sus respectivos abuelos.

Un reportaje de Andrés Martorell. Fotografía Óscar Rodríguez-ARMH - Domingo, 26 de Agosto de 2018 - Actualizado a las 06:03h.

Con la exhumación de Franco como ruido de fondo, las familias de los represaliados republicanos continúan su labor silenciosa para recuperar los cuerpos de sus seres queridos y darles un entierro digno. Isabel y Marisol son nietas respectivamente de los hermanos Esteban y Tiburcio Mateos Mateos, fusilados el mismo día y enterrados en una fosa en la parte civil del cementerio de Boadilla-La Fuente de San Esteban, en la provincia de Salamanca.

Isabel llevaba ya doce años buscando a su abuelo. Ella es la que ha dado impulso a las investigaciones, y la que ha vencido con perseverancia todos los obstáculos. En cambio, su prima segunda Marisol desconocía la existencia de la fosa hasta hace un par de semanas. “Yo me enteré de que mi abuelo estaba en la fosa común del cementerio de Boadilla el día 12 de agosto de 2018, cuando asistí por primera vez al acto de homenaje a la memoria de de las víctimas del franquismo en Robleda, localidad de origen de mi familia materna”.

La hora de las nietas La guerra y la posterior dictadura marcó a dos generaciones bajo el peso del miedo y del silencio. Ahora son los nietos y las nietas de los desaparecidos los que están tomando la iniciativa de recuperar y dignificar la memoria familiar, rompiendo el muro de un silencio heredado. Un silencio que todavía se cierne sobre las familias, mezclado con el miedo, 40 años después de la muerte del dictador. De hecho, la exhumación ha salido adelante a pesar de algunas reticencias del entorno familiar.

Las viudas tenían prohibido llevar luto y llorar en público. Y ese miedo de las viudas se transmitió a la siguiente generación. Las madres de Isabel y de Marisol todavía tienen el terror metido en el cuerpo. “Para qué vamos a remover el pasado”. “Qué ganamos sabiendo dónde están enterrados”. Pero ahora, cuando ven que ha ocurrido lo que parecía imposible, ya preguntan dónde los van a enterrar, y se lamentan de que no se haya podido hacer antes.

“A mi madre –recuerda Isabel– le digo que voy a enterrar al abuelo junto a su mujer, que es con quien debe estar. Y mi madre siempre dice lo mismo, que qué contenta estaría la abuela, y que la única pena es que no lo haya visto en vida”.

Marisol, la nieta de Tiburcio, ha pedido unos días libres en su trabajo de enfermera para poder estar aquí. Se siente una privilegiada por ser una de las pocas nietas de represaliado que pueden recuperar los restos de su abuelo y dignificar su memoria.

“Yo tenía el deseo de saber dónde estaban lo restos de mi abuelo para poder enterrarlos dignamente en su pueblo, junto a mi abuela”, dice Marisol. Por eso cuando Isabel le habló de la fosa en el cementerio civil de Boadilla, se llevó una gran alegría.

“Cuando supe que los restos estaban en un cementerio, aunque fuera en una fosa común, me produjo alivio. Me dolía en el alma pensar que mi abuelo estuviera tirado en alguna cuneta, como un perro”.

El relato oral de los sucesos Ya en 2005, Isabel hizo averiguaciones en Boadilla para confirmar que sus familiares Esteban y Tiburcio yacían en la zona civil del pueblo, junto a otros dos hombres. Después de muchas conversaciones con los vecinos contactó con un tal Segis, un anciano de 84 que le contó el relato de los hechos tal como él los conoció entonces, cuando era un chaval. “Al caer la tarde –recordaba Segis– pasaron en una camioneta o camión pequeño con gente dentro y un coche que iba detrás. Se pararon a preguntar por un determinado sitio llamado, creo recordar, Aldeavieja, del pueblo de Muñoz, y siguieron adelante por la carretera en dirección a Salamanca”. Parece que no les debieron informar bien o que no lo entendieron, porque pararon en otro sitio diferente que estaba en el término de Boadilla.

“Más tarde, ya de madrugada, se escucharon disparos y la gente salió del pueblo por la carretera hacia la zona donde se habían oído los tiros. Un poco más allá, a la salida del pueblo, se encontraron de frente con el coche que había pasado antes”. Era el coche de los falangistas, que les obligaron a darse la vuelta porque “no les interesaba nada de lo que había pasado allí”.

Otra persona del mismo pueblo, adolescente en esas fechas, le comentó a Isabel: “¡Cómo les debieron hacer sufrir, hasta las dos de la mañana!”. Al parecer, los asesinos habían estado emborrachándose, a juzgar por el gran número de botellas vacías que se encontraron junto a los cadáveres. Según el testigo, los falangistas bebieron “para conseguir el valor suficiente para matarles”.

La mañana siguiente a los asesinatos, Segis salió a caminar por los alrededores, en compañía de su perro. De pronto, el animal se desvió hacia la zona de la carretera, llevado por su olfato. Siguiendo al perro, Segis se encontró con los cuerpos tirados. “Tres en la cuneta y uno en la carretera. Algunos estaban boca abajo, como habían caído, y rodeados de un charco grande de sangre”. Se acordaba de que uno, el que estaba en la carretera, tenía zapatillas de esparto con cintas negras y por lo menos otro llevaba abarcas. Dijo que no recordaba nada más, y se echó a llorar, asegurando que nunca pudo quitarse aquella imagen de la cabeza, a pesar de los años.

Segis corroboró que había cuatro cuerpos. Ahora sabemos cuáles eran son sus nombres: Julio Calzada Blasco, de Gata (Cáceres), albañil;Esteban Mateos Mateos, labrador y concejal republicano;Tiburcio Mateos Mateos, jornalero, y Emilio Gutiérrez Pascual.

Una familia masacrada “Los Rosus” era el apodo del clan familiar al que pertenecían los hermanos Esteban y Tiburcio Mateos Mateos, que yacen en la fosa de Boadilla. Según pudo averiguar Isabel, nieta de Esteban, “los Rosus era una familia de Robleda, de labradores de los que allí llamaban ricos, es decir, que tenían tierras y ganado, que eran los medios con los que se salía adelante en una zona de escasos recursos económicos y de una tierra de calidad media o más bien pobre”.

Ya sabemos que Esteban y Tiburcio fueron fusilados el 13 de agosto de 1936. Pero es que el hermano mayor, Sebastián, también fue asesinado días después, a principios de septiembre. Lo mismo ocurrió con sus primos, los hermanos Fermín, Juan y José. Todos ellos fueron pasados por las armas aquel verano del 36. ¿Por qué?

Según recuerda Isabel, “la familia de los Rosus, aunque supuestamente formaba parte de la gente rica del pueblo, se inclinaron hacia ideas socialistas. Hasta el punto de que mi abuelo fue nombrado vocal por el partido socialista para las elecciones de febrero del 36”. Finalmente, su abuelo Esteban fue elegido concejal en esas mismas elecciones, en la misma corporación en que su primo Fermín fue elegido alcalde. Este es un dato que Isabel descubrió recientemente. La madre de Isabel tampoco sabía que su difunto padre había sido concejal de Robleda. Hasta ese extremo había llegado el silencio.

Las labores de exhumación Los cementerios civiles son un totum revolutum donde cabe todo lo que no pertenezca al ámbito de la religión católica. Es aquí, en las zonas civiles, donde habitualmente se enterraba a los bebés sin bautizar, y también a los suicidas. Hasta hace unos años, la zona civil del cementerio de Boadilla estaba separada por una tapia y contaba con su propio acceso desde el exterior, para no tener que cruzar la zona católica. Los enterramientos se hacían casi de forma clandestina.

En la exhumación de Boadilla se han encontrado indicios de que la tierra fue removida para enterrar a un hombre que se había suicidado, aunque la familia lo sacó de allí dos semanas después, según los testimonios orales. Como resultado de este trasiego, algunos huesos de las víctimas fueron desplazados de su lugar original, dificultando las labores del equipo arqueológico de la ARMH (Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica).

A pesar de las dificultades, se localizan los huesos de cuatro individuos. Las capas de tierra se retiran lentamente, con delicadeza, y se fotografían para ilustrar el informe forense. Tan sólo hay dos cráneos completos, y trozos suficientes para recomponer otros dos, que estaban en la zona removida posteriormente. El detector de metales hace sonar un pip al pasarlo por un cráneo. Es el tiro de gracia, que se quedó incrustado. Se recogen restos de munición de diversos calibres en distintas partes de la fosa: uno del 22, uno del 6.35, tres de 9 mm, y un proyectil de Mauser.

No hay duda de que hay indicios de una muerte violenta. Marco González, responsable de esta exhumación y vicepresidente de la ARMH, da el aviso a la Guardia Civil. Dos agentes acuden al cementerio para levantar un atestado. Hacen fotos, toman nota, preguntan algunos detalles y se marchan despidiéndose amablemente. Es domingo, pero vuelven el día siguiente y preguntan si hay más fosas de la guerra por la zona. Isabel les dice que sí, y les informa de otra fosa cercana, donde hay otros tres cuerpos de la misma saca del 13 de agosto del 36. Ese mismo lunes por la tarde, un grupo de jóvenes se ha acercado hasta el cementerio. Son adolescentes de ciudad que veranean en la casa familiar. Se quedan a observar tímidamente las labores de exhumación. Están muy impresionados, se interesan por los detalles, hacen preguntas. El equipo de la ARMH, medio en broma, les invita a venir el día siguiente para ayudar en las tareas de rellenado de la fosa. Y allí se presentaron el martes, a primera hora de la mañana, dispuestos a ayudar con sus propias palas. l

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