Sendas orejas para Sebastián Castella y Ginés Marín

En las faenas de ambos toreros primó más la cantidad que la calidad de los muletazos

Martes, 14 de Agosto de 2018 - Actualizado a las 06:02h.

donostia - Sendas orejas concedidas en los dos últimos toros de la tarde premiaron el toreo de Sebastián Castella y Ginés Marín en la corrida de ayer de la Semana Grande, con dos faenas en las que primó más la cantidad que la calidad de sus muletazos.

Y es que ambas fueron una especie de largo ejercicio a destajo, como si el arte del toreo se midiera en esas docenas de pases que ambos les pegaron a sendos toros de Santiago Domecq con la única virtud de una incansable movilidad que les ayudó a aguantar los repetitivos trasteos hasta el final.

Con todo, el francés Castella aún hubiera seguido pegándole más muletazos sin alma y sin consistencia al quinto, de no ser porque el toro, cuando la lógica ya aconsejaba a abreviar, se negó a embestirle ni una vez más.

Le faltó clase a ese toro, igual que al sexto, pero fue su incansable acometicidad, favorecida por la falta de exigencia del toreo que se les hizo, la que contribuyó a que al menos la gente se entretuviera con esos dos trabajos voluntariosos, y más teniendo en cuenta que, hasta entonces, apenas había pasado nada en el ruedo.

Antonio Ferrera le había hecho un trasteo tan fácil como liviano al primero, casi sin dar importancia a la sencilla manera en que evitó el incómodo calamocheo del animal, mientras que con el cuarto, que se rajó nada más salir del segundo puyazo, el veterano extremeño no logró evitar la acusada querencia del de Domecq a huir a las tablas de chiqueros. Castella, por su parte, abrevió excepcionalmente con el segundo, que tuvo mucha clase en su galope pero también unas fuerzas muy medidas que, al no ser bien administradas, enfadaron mucho al personal.

Y ya con el cuarto, Marín no había conseguido interesar ni remover los tendidos con su deslavazado trasteo al tercero, que, también sin calidad y tendente a desparramar la vista, se comportó mejor cuanta más suavidad puso en el trato el joven espada.

Así fue que, cuando la tarde pesaba como una losa, esos dos últimos destajos fueron para la gente, que tampoco acudió en gran número, como una justificación del precio de la entrada, por mucho que ni Castella ni Marín pusieran en el empeño más añadido de hondura o brillantez que una serie de naturales realmente entregada de este último, ya muy a última hora. Como una flor entre la broza. Al festejo asistieron unos 4.000 espectadores. - Paco Aguado/Efe