Colaboración

Exhumación de Franco

Lunes, 13 de Agosto de 2018 - Actualizado a las 06:02h.

A lo largo y a decepción, ingenua contrariedad, una desilusión arcaica y oxidada que lastima en lo más profundo de la esencia de la democracia. Quizá sea dolor. Ese dolor cotidiano y cruel de los que sufrieron el abuso de las sinrazones franquistas. Ese miedo de vivir en un mundo racionalmente irracional, que no puede ser sino el corolario del sinfín de calamidades sobrevenidas por un incivil golpe militar y una larga dictadura. Apostamos por Kant y nos lo devolvieron muerto de hastío, amortajado y sepultado bajo el polvo ensangrentado de una sociedad violenta, totalitaria y acaudillada por Franco. Optamos por la razón democrática y la derecha pretende devolvérnosla dormida, inútil, bostezando en una alacena sombría y escondida. Y es que en una sociedad supuestamente madura era de esperar que la derecha se desmarcara definitivamente del franquismo y abrazara la democracia sin ambages y sin más dilación. Es obvio que no debía quedar ni el más mínimo vestigio de aquel tirano destemplado y bajito que engrasó el garrote vil con la sangre de cientos de miles de españoles. Pero esa aspiración que compartimos, sin la más mínima vacilación, todos los demócratas, no parece que sea del agrado de parte de la derecha que aún conserva cierta añoranza del sanguinario césar visionario. Desgraciadamente aún quedan antiguallas franquistas y políticos nostálgicos que obstinadamente se empeñan en recordarnos aquella España de españoles sojuzgados y de estribillos fascistas repetidos, agrios y recalentados, a lo largo de casi cuarenta años. La exaltación pública de símbolos representativos de una época, la dictadura de Franco, que impulsó el exterminio físico del adversario político, el exilio de todos aquellos que pensaban diferente y suprimió todo tipo de libertades mediante una dura represión, atentan sin duda contra los valores de una sociedad democrática y es contraria al espíritu del vigente orden constitucional. Es cierto que la retirada de los símbolos franquistas, todavía presentes en muchos pueblos y ciudades de nuestro país, no va a hacer desaparecer cuarenta años de nuestra historia reciente ni van a devolver la vida a sus numerosas víctimas, pero seguramente contribuirá a la elaboración de un relato veraz, a que se haga justicia y a la reparación de la memoria de los represaliados, muchos todavía enterrados en cunetas.

Y es que hagamos memoria, corrían los agitados años setenta y mientras en cada esquina del mundo ardía una revolución imaginaria, en nuestro país, Suárez, Carrillo, González y Fraga Iribarne llegaron a un histórico acuerdo e hicieron posible una transición aquietada y bien arreglada. Vamos, que Franco, finalmente, falleció de muerte natural en su cama y bien atendido por su equipo médico habitual. Y lo que es aún más injusto, sigue enterrado en la basílica del Valle de los Caídos, lugar en el que todavía hoy se le rinden homenajes, que deberían ser considerados como apología del régimen dictatorial. Y mientras los políticos y los tertulianos no acababan de entenderse ni de encontrar una salida para salvar la denostada imagen de la democracia española, llegó inesperadamente Sánchez al gobierno, remplazando a Rajoy y a su gobierno conservador, y anunció la exhumación de los restos de Franco y su traslado a un lugar más modesto y acorde con su funesto pasado, algo natural y esperado en cualquier democracia madura de la Europa del siglo XXI. Gesto necesario con el que reparar, aunque sea simbólicamente, los crímenes de la guerra civil y de la represión que prosiguió durante toda la dictadura militar. Sin embargo, este gesto tan esencialmente democrático que debería concitar la unanimidad de todos los partidos políticos, ha irritado a la familia del dictador, a unos pocos miles de franquistas nostálgicos y retardatarios que todavía caminan firme el ademán, a la Fundación Nacional Francisco Franco, que lógicamente debería estar ilegalizada y, lo que resulta más inquietante, a parte de la derecha de este país.

Obviamente, lo que no pueden pretender los afligidos herederos del franquismo ni la derecha nostálgica es que se mantenga viva la memoria del dictador, enterrado en un colosal mausoleo, donde todavía se puede cantar con total impunidad el himno de la Falange Española. No se puede ensalzar a un dictador que, haciendo mucho gasto de violencia y represión, se ofuscó en una cruel persecución contra la intelectualidad española, toda aquella aristocracia del alma que redimió a España de géneros chicos, sainetes, charangas, panderetas, sacristías y de la devoción, como diría Machado, de Frascuelo y de María. Es cierto que la tendencia al hombre providencial, al líder iluminado, al dotado de un carisma casi sobrenatural más que de programa político, está muy arraigada en los españoles irracionales, pero también lo es que Don Quijote, nuestra biblia nacional, es un libro de un hombre que sueña con deshacer entuertos, como lo sería, sin duda, la exhumación del cirujano de hierro que cual mago Frestón convirtió los inofensivos molinos de viento en sanguinarios gigantes. Es posible que nuestra alma sea rehén de muchas cosas, como de los sumos sacerdotes, de los politeísmos disimulados, de los patronos codiciosos, de los toros, del fútbol, del buen vino y de la dulce holgazanería, pero, en ningún caso, de un pasado ominoso que nos retrotrae a un fanatismo cruel. Hay que poner todo el cuerpo y toda alma contra eso.