Colaboración

Una nueva victoria ecologista

Por Juan Ignacio Pérez - Sábado, 11 de Agosto de 2018 - Actualizado a las 06:02h.

El Tribunal de Justicia de la Unión Europea ha sentenciado que los organismos que se obtengan mediante la técnica de edición de genoma CRISPR / Cas9 han de recibir el mismo tratamiento legal que los organismos transgénicos. Da así la razón a la organización Confédération paysanne y otras, y en general, a los grupos ecologistas y lobbies de organizaciones agrarias francesas. Si se tiene en cuenta las dificultades que han de superar los organismos transgénicos para que se autorice su cultivo en la UE y el valor simbólico de la resolución, esta ha sido una victoria para las organizaciones ecologistas y una derrota inapelable para quienes defienden el valor de las pruebas como fuente de criterio.

Desde el punto de vista científico, la decisión no tiene fundamento. En la actualidad, las variedades agrícolas se obtienen al azar mediante mutagénesis provocada por agentes químicos o físicos. Se desestiman la gran mayoría de los mutantes obtenidos de esa forma y solo se cultivan los que tienen propiedades deseables. La técnica CRISPR / Cas9 permitiría obtener variedades igualmente deseables, pero con mucho más control y de forma más dirigida que mediante la mutagénesis indiscriminada. La sentencia invoca el llamado principio de precaución, principio que es una trampa insalvable en Europa siempre que una organización (normalmente ecologista) lo esgrima para oponerse a cualquier cosa.

Al ecologismo debemos que la calidad ambiental sea, para la mayoría, un bien a preservar y que, en virtud de tal noción, cada vez tengamos más conciencia de los problemas ambientales a los que nos enfrentamos. De esa conciencia se derivan medidas legales de protección del medio que deberían ser garantía de un entorno saludable y amable para quienes nos sucedan. Sin embargo, lejos de recurrir a la razón y a las pruebas para identificar las causas que defiende y los proyectos a los que se opone, el ecologismo contemporáneo ha dado un salto en el vacío y trata de dificultar la implantación de tecnologías de gran valor para la humanidad.

Los ecologistas se oponen a los organismos transgénicos, cuando no hay pruebas de que su cultivo y consumo generen problemas para el medio ni para la salud de las personas;recordemos la carta de los premios Nobel a Greenpeace en la que le pedían, por razones humanitarias, que dejasen de oponerse al arroz dorado (rico en vitamina A). Se oponen al uso de técnicas de edición del genoma, aunque no haya ninguna razón para pensar que pueden provocar problemas ambientales o de salud. Se oponen a las antenas de telefonía móvil y de redes wi-fi, cuando no hay pruebas de que las ondas de las que se valen esas tecnologías, en las condiciones en que funcionan en la actualidad, causen daño alguno.

Curiosamente nunca se han opuesto a tecnologías equivalentes pero algo más antiguas (la irradiación de semillas para obtener variedades mutantes, u ondas electromagnéticas de televisión y radio, por ejemplo), ni a tecnologías mucho más antiguas y que han provocado centenares de miles de muertes prematuras (automóviles, trenes, barcos o aviones) o a productos cuyo consumo causa también centenares de miles de muertes prematuras en el mundo (tabaco y alcohol). Si se hubiese aplicado el principio de precaución a los automóviles nunca se habrían permitido;o se prohibiría el consumo de güisqui. Los ecologistas tampoco hacen campañas contra el ruido, el principal agente contaminante de nuestros pueblos y ciudades, verdadero veneno para la mente. Sus causas más célebres tienen algo en común: se oponen al bienestar de la humanidad.

Es obvio que el progreso no ha de justificar innovaciones peligrosas o dañinas. Pero lo que no tiene sentido es oponerse a innovaciones de cuyos efectos adversos no hay constancia alguna ni sospechas bien fundadas. El movimiento ecologista ha adquirido los rasgos propios de una fe, una creencia en las bondades de un pasado prístino (que en realidad nunca existió) que hay que recuperar, un pasado supuestamente “natural” y, por ende, mejor que el artificial presente. Se nutre de un sentimiento agónico por la pérdida del Paraíso Terrenal y de una visión puramente estética de lo que el Mundo debería ser. Creo que ese sentimiento y esa visión es lo que lleva a muchos ecologistas a oponerse a cualquier innovación que pueda suponer una mejora para la humanidad. Pero los gobiernos no deberían ceder a sus pretensiones, ni los tribunales dictar sentencias sin fundamento científico.

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