Colaboración

Pedagogía global

Por Gabriel Mª. Otalora - Sábado, 4 de Agosto de 2018 - Actualizado a las 06:02h.

La globalización es uno de los grandes temas que han venido para quedarse, al menos como idea y proceso, que suscita encendidos debates a favor y en contra. Pero la globalización puede ser una oportunidad y a la vez una amenaza. Unas veces la globalización es un marco para el desarrollo económico y en otras provoca desigualdades sangrantes. Un ejemplo de cierto maniqueísmo intelectual sobre la globalización lo percibo en Jamie Whyte, director de Investigación del Institute of Economic Affairs de Londres, cuando apunta en una entrevista que el nuevo eje que nos divide es la globalización, no la izquierda o la derecha. Pero no vale presuponer que solo existe esta globalización, me parece. Con otro modelo globalizador sería diferente el alcance mundial de los Derechos Humanos. El modelo vigente supone una integración cada vez mayor del comercio mundial y los mercados financieros;o lo que es lo mismo, la riqueza del Planeta se concentra cada vez en menos manos.

La globalización, como la tecnología, es buena o mala según se utilice. El cuchillo sirve para cortar el pan y para matar. Al liberal Whyte la tecnología le hace ser optimista. A mí también, pero cuando la tecnología se pone al servicio de todas las personas, sobre todo de las más vulnerables.

Por tanto, el debate sobre la globalización creo que debe centrarse en lo que algunos tratan de obviar: ¿qué efectos está produciendo en las economías reales de los países y en las poblaciones que los habitan? Algo parecido hay que preguntarse sobre el Producto Interior Bruto, acostumbrados como estamos a fijarnos en que es bueno cuando sube mientras que si decrece no es buena noticia, sin cuestionarnos el reparto del PIB entre los ciudadanos de a pie. De hecho, la economía ha alcanzado crecimientos sin precedentes en el siglo XX, que casi quintuplicó el PIB mundial per cápita, pero lo hizo de forma muy irregular ahondando la brecha entre los países y sectores ricos y los pobres, incluso internamente en países ricos, sin que la tendencia sea diferente en este siglo.

La defensa de la actual globalización va unida a otro mensaje de Whyte, nada inocente, cuando afirma que “la Unión Europea ha ido virando desde la socialdemocracia al nacionalismo. Ambos son colectivistas, pero el nacionalismo es un colectivismo cerrado en sí mismo, reacio al libre comercio y propicio a la xenofobia”. Pues hay que coger el escalpelo y diseccionar sus palabras que dan por hecho demasiadas cosas obviando otras tantas. La UE hace tiempo que giró, pero de la socialdemocracia hacia el neoliberalismo actual generador de tantas desigualdades incluso en la propia Europa. Y en cuanto al nacionalismo, no es comparable un movimiento egoísta encastillado en la insolidaridad (el caso de los inmigrantes es paradigmático), que un sentimiento que muestra la pluralidad de la que estamos hechos.

Whyte también diferencia entre quienes se sienten solo del país donde han nacido y quienes quieren compartir soberanías;pero se cuida mucho de señalar que la cesión de parte de la soberanía estatal a la Unión Europea no tiene nada que ver con diluir el sentimiento nacional. A esto último, no está dispuesta la gran mayoría de europeos, da igual sus preferencias económicas. Lo que le duele a Whyte es que la elite globalizadora sacaría más provecho de un mundo sin fronteras ni sentimientos nacionales aunque él desvíe la solución para mejorar las cosas hacia la capacitación de los jóvenes, aun sabiendo el problemón de tantísimas personas jóvenes muy bien cualificadas que no tienen trabajo, entre otras cosas porque el modelo neoliberal ha traído el desequilibrio de oportunidades al corazón de la UE. Claro que el paro no se arregla cerrando las fronteras, pero resulta imprescindible un mejor reparto del PIB y una justicia social que regule los excesos para que la globalización sea menos depredadora y más equilibrada. Solo cuando crezcamos acompasadamente y desde el respeto al diferente, el crecimiento global será sinónimo de un desarrollo globalizado. Es lo más sensato para este tiempo de constante transformación.

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