Tribuna abierta

Silencio

Silencio.

El silencio social ha llegado para quedarse y tendremos que aprender a leer entre las líneas invisibles de los teclados de plasma pues, posiblemente sean el flujo de conexiones a Internet y el ‘big data’ de los sitios web los que nos digan qué es lo que realmente preocupa a los ciudadanos

Por Enrike Zuazua - Viernes, 3 de Agosto de 2018 - Actualizado a las 06:02h.

Silencio es la ausencia de sonido, de ruido. ¿Existe el silencio? Difícil cuestión filosófico-científica.

Estamos acostumbrados a escuchar con frecuencia la palabra “silencio” en un acto que es en sí contradictorio pues, pronunciarla para solicitarlo supone traicionar a su propio significado.

Se pide silencio cuando empieza la obra de teatro, en las competiciones deportivas que exigen de más concentración, a los niños y jóvenes en clase, a los visitantes en los hospitales.

Pero lo que se reclama, en realidad, está lejos de ser un silencio absoluto, pues basta con un mero nivel de ruido más bajo, aceptable.

Nunca hemos experimentado el verdadero silencio y posiblemente, ni siquiera exista. Y, de existir, en nuestra condición de meros humanos, nos resulta inalcanzable pues en esos raros momentos en los que podemos llegar a rozarlo, a presentirlo, nuestra propia respiración, el latido de nuestro corazón, los mecanismos internos que aseguran la vida de nuestro organismo, irrumpen sutil pero irremediablemente ruidosos, deshaciendo el momento.

Se han escrito poemas, como los de Octavio Paz, o Neruda, doblemente, en Silencio y Pido silencio. También se han entonado muchas canciones sobre el tema, que hablan del silencio como máxima expresión de los tormentos de la vida.

Pero, a pesar de ello, el silencio también representa una paz fugaz, que parece no existir.

Nuestra capacidad de oír se basa en el innato e inteligente mecanismo y sentido de la audición del que estamos dotados, como si de un aparato de radio natural embebido en nuestro organismo se tratase, que nos permite captar e interpretar los sonidos que nos llegan por todos lados, a través del aire, en forma de ondas de presión, haciendo vibrar nuestros tímpanos, que nuestro sistema auditivo y cerebro traducen e interpretan. La voz o una simple palmada producen ese cambio de presión en el aire circundante, invisible, pero capaz de codificar el sonido, propagándose hasta que el oyente lo recibe y reinterpreta.

Esa capacidad de captar el sonido hace que el silencio, de existir, en el mejor de los casos, se trate de un evento extremadamente escurridizo e inalcanzable. Sólo el sordo tiene el privilegio de experimentar el silencio que a la mayoría se nos escapa.

Basta observar el entorno para convencerse de lo quimérica que resulta la búsqueda del silencio.

Los días en la ciudad no dejan mucho lugar a dudas sobre su imposibilidad, llenas como están de emisores de todo tipo de ruidos y sonidos. Es imposible encontrar en ellas el mutismo, por mucho que uno lo procure en la soledad de la habitación, o en el callejón más oscuro.

El silencio es, en efecto, incompatible con la ciudad, que sólo puede funcionar llena de artilugios. Y no hay máquina, por perfecta que sea, por bien engrasada que esté, que funcione sin emitir ruido. Sólo cuando se para desaparece por completo el sonido, dando paso al silencio.

Tan acostumbrados estamos al ruido que, en nuestro comportamiento convencional de humanos urbanos, el silencio, de hecho, incomoda. Cada espacio con menor nivel de decibelios es roto por alguien con su voz, por una llamada de teléfono, o el motor de un coche o un taladro casero, ignorando que, como dijo Borges, “no deberíamos hablar si no podemos mejorar el silencio”.

Pero si en la ciudad hay ruido, ocurre lo mismo cuando nos alejamos de la misma para refugiarnos en la naturaleza. Allí es la vida la que se manifiesta y escucha. El sonido es de hecho la mejor prueba de la existencia de organismos vivos que pían, gruñen, relinchan o ladran. El silencio absoluto de lo vivo sólo se produce tras su muerte.

Pero incluso la naturaleza inerte es sonora. El mar, el viento, la lluvia o el granizo manifiestan su presencia también con sonido que viaja en el espacio, moviéndolo. Por eso, la ausencia de sonido exigiría una absoluta quietud de cada partícula de aire, a todas luces imposible, como lo es la del mar, fusión de infinitas gotas de agua.

No podemos escapar del ruido y del sonido, que están en todas partes, incluso en nuestro propio interior.

El silencio no existe.

Pero ya que hemos de convivir con el sonido y el ruido, sí que podemos, en cierta medida, elegir la melodía.

Y en ese ámbito vamos mejorando, qué duda cabe. La tecnología avanza y lo hace, en particular, para ser más sigilosa. Los nuevos automóviles eléctricos son más silenciosos y emiten menos gases. Los teclados de los ordenadores han ido evolucionando y ahora son también mucho menos ruidosos. ¿Dónde están aquellas máquinas de escribir que sonaban como yunques, y que hasta hace un par de décadas eran indispensables en cualquier oficina?

La tecnología avanza hacia el silencio y casi todo hace menos ruido. Incluso, paradójicamente, la propia comunicación entre humanos es ahora mucho más silenciosa que antaño. Cada vez hablamos menos en torno a la mesa, y más a través de esas silenciosas pantallas táctiles que nos permiten comunicarnos remotamente. Y de este modo, con ese paulatino cambio en los modos comunicación, nuestra sociedad se transforma aceleradamente de manera irreversible.

Esa comunicación silenciosa, de la que los jóvenes son los máximos protagonistas, encierra intrínsecamente también un mensaje global, generacional, sumamente relevante desde el punto de vista sociológico.

En efecto, el silencio colectivo, la ausencia de una expresión explícita de inquietudes y proyectos que sin duda existen, hace entrever cierto desencanto, desconfianza y desilusión hacia el orden establecido. Al fin y al cabo, ¿para qué contar los problemas y/o proyectos a quien no le interesan, a quien no los puede entender ni compartir, a quien no desea contribuir? ¿Para qué proferir proclamas en la calle si el sistema democrático del que nos hemos dotado está ya tan consolidado y fatigado que sólo cabe esperar a la próxima cita electoral y el consiguiente intercambio de carteras y responsables?

Las meras estadísticas de la natalidad hacen que haya hoy menos jóvenes en nuestras calles que hace dos o tres décadas. Los datos sobre el empleo, las perspectivas de crecimiento económico tampoco son muy halagüeñas para ellos que, conscientes, practican un ruidoso silencio.

Nosotros no lo sabemos tal vez, inmersos como estamos en nuestro día a día de rutina segura. Pero ellos son conocedores de su situación: han de formarse, pero también, posiblemente, forjarse un futuro profesional en un mercado y planeta global, con menos fronteras. Tal vez por eso hablen menos. ¿Para qué hacerlo con los de al lado si sus potenciales colaboradores, socios, vecinos y colegas residen a miles de kilómetros de distancia que ahora ya no es necesariamente el olvido, contrariamente a lo que dice el viejo bolero?

El silencio social ha llegado para quedarse y tendremos que aprender a leer entre las líneas invisibles de los teclados de plasma pues, posiblemente, en un futuro, aquella costumbre tan humana de expresar explícitamente los sueños y las reivindicaciones con sonoras palabras se inhiba aún más y sea el flujo de conexiones Internet y el big data de los sitios web los que nos digan qué es lo que realmente preocupa a los ciudadanos. A través de esos millones, billones y trillones de mensajes silenciosos que pululan por la red, el mundo se transforma por dentro como un adolescente. Y Para cuando nos demos cuenta, habrá cambiado también por completo su fisonomía exterior.

Pitágoras lo dijo: “El silencio es la primera piedra del templo de la filosofía”.

Posiblemente por eso sea a la vez la más inexpugnable.

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