Colaboración

El miedo a perderse algo tiene nombre: FOMO

Por Alex Rayón - Jueves, 2 de Agosto de 2018 - Actualizado a las 06:02h.

Tengo todas las notificaciones de mi móvil silenciadas. Con las personas que comparto espacios de mi vida (trabajo, familia, amigos, etc.) saben los problemas que ello genera. Me pierdo avisos urgentes, no me entero de planes sobrevenidos, etc. Cada vez me cuesta más explicar los motivos de mi elección.

La sociedad está entrando en terrenos donde la concentración y la atención son elementos cada vez más codiciados. En su libro En defensa de la conversación, la investigadora del MIT Sherry Turkle, dice que “un teléfono móvil es un dispositivo psicológicamente poderoso que cambia no solo lo que haces, sino quién eres”. Esta especialista alerta de las pérdidas sociales y humanas que provocan los cambios en la comunicación digital y la interacción entre humanos y máquinas. El estado de constante conexión sobre el que vivimos nos lleva a un mundo en el que quizás un día debamos redefinir las relaciones entre humanos y nuestros códigos de comunicación.

El medio digital se ha constituido como un nuevo espacio de interacción para nuestro día a día. Y es ahí donde aparece el síndrome FOMO: Fear Of Missing Out (el miedo a perderse algo). En cierto modo, no deja de ser algo que ya existía y que la psicología lleva décadas estudiando: la exclusión social. Seguramente los que leéis esto lo habéis vivido alguna vez. Te quedas en casa, mientras tus amigos y amigas envían fotografías de alguna actividad de ocio, y sientes que no has tomado la decisión correcta quedándote a estudiar o con tareas del hogar. E, irremediablemente, además de los sentimientos que genera en ti, no dejas de mirar todas las fotografías.

Antes de la era de las redes sociales y de la mensajería instantánea (Whatsapp especialmente), esto era más difícil de sentir. Ahora, ante el bombardeo informativo y de contenidos de índole social, no para de salir como un síndrome que acecha. Especialmente entre los más jóvenes. Y en una era digital en la que la oferta de entretenimiento es cada vez mayor, nos pasa en cada vez más cosas. ¿Nunca has sentido que deberías ver más series y películas para luego poder comentarlas con tus amigos en Facebook o Twitter? Cuando las alternativas de ocio eran pocas, esto, más o menos, era controlable. Hoy tenemos la sensación de no llegar y de estar perdiéndonos las corrientes de comentarios que pensamos que toda la sociedad tiene.

Esto puede llegar a generar efectos de verdadera angustia. No hay más que observar cualquier espacio público para ser consciente de ello. Más allá del hecho de la constante conexión al móvil, la rapidez con la que la gente se mueve entre aplicaciones es preocupante. Ir de una en una, asegurándose de que no nos hemos perdido nada, además del trabajo que genera, debe desarrollar en nosotros un sentimiento de pérdida de control alarmante. Cuando termino una clase (50 minutos), es lo primero que todo el alumnado hace: comprobar en el móvil que no se hayan perdido nada.

Conscientes de este fenómeno, pueden imaginarse que Google, Facebook, Instagram, etc., están desarrolladas para hacer que pasemos el mayor tiempo posible en ellas. La atención permanente que provoca este síndrome hace que seamos tartas muy jugosas para el negocio publicitario. No hay nada más gratificante que comprobar todo lo que nuestros amigos han hecho y están haciendo, momento en el cual los anuncios publicitarios tienen un mayor efecto. No es de extrañar así que la iniciativa Manifiesto Onlife de la Comisión Europea defienda el cuidado desde las instituciones de la atención humana. Esta mercancía con la que estas plataformas digitales no dejan de comerciar. Un valor humano que, de perderse, haría que nuestras sociedades cayesen en análisis superficiales para afrontar los complejos problemas que nos acechan.

Es fácil apagar las notificaciones, piénsenlo. Me niego a participar en el juego de la mercantilización de la atención humana.