Simone Biles vuelve a sonreír

Tras más de un año sabático y admitir haber sufrido abusos, la estrella de los Juegos de Río regresa con victoria

Un reportaje de Jon Larrauri - Miércoles, 1 de Agosto de 2018 - Actualizado a las 06:02h.

Era su sonrisa. Evidentemente, estaban también la perfección de sus movimientos, la rotundidad de sus ejecuciones partiendo de su minúsculo cuerpo de 142 centímetros, la enorme dificultad de sus actuaciones y su voracidad competitiva alejada aparentemente de cualquier presión competitiva, pero fue la sonrisa de Simone Biles (Columbus, 14-III-1997) la que cautivó al mundo cuando en los Juegos Olímpicos de Río de Janeiro, en 2016, se convirtió en una de las grandes estrellas planetarias del deporte al colgarse al cuello cuatro medallas de oro (concurso general, salto, suelo y por equipos) y un bronce (barra de equilibrio). Su sonrisa, presente incluso en los escasos momentos en los que no alcanzaba la gloria, siguió brillando en el largo año sabático que se tomó después de su histórica actuación olímpica. Participación en el programa Dancing with the Stars estadounidense, aparición en la Super Bowl de 2017 con foto con Shaquille O’Neal incluida -74 centímetros de diferencia entre ambos-, infinidad de apariciones públicas, decenas de anuncios... Biles disfrutaba de la vida de una chica de 20 primaveras después de tantos años de sacrificio para brillar en un deporte tan exigente como la gimnasia cuando su sonrisa se apagó en enero de 2018 al reconocer en Twitter que también ella, como varias de sus compañeras de la selección de EEUU, había sufrido abusos sexuales por parte de Larry Nassar, médico del equipo nacional y de la universidad de Michigan State que actualmente está encarcelado en Tucson tras recibir tres condenas (de 60 años, de 40 a 175 y de 40 a 125) al ser declarado culpable de posesión de pornografía infantil y de un total de diez casos de abusos sexuales (fue acusado por más de 250 mujeres).

La competición ha devuelto la sonrisa este fin de semana a Biles tras meses complicados después de hacer público que ella, al igual que compañeras suyas como Aly Raisman, Gabby Douglas o McKayla Maroney, también había padecido esos abusos. “La mayoría de vosotros me conocéis como una chica feliz, risueña y enérgica, pero últimamente me siento rota”, reconoció cuando dio a conocer su caso, aunque también añadió un adelanto de lo que iba a ser su futuro más inmediato: “Tras escuchar las historias de mis amigas y otras víctimas, sé que esta horrible experiencia no me define. Soy mucho más. Soy única, inteligente, talentosa, apasionada y estoy motivada. Me he prometido a mí misma que mi historia va a ser mucho más grande. Competiré con todo mi corazón cada vez que entre a un gimnasio y no voy a dejar que un hombre y aquellos que le protegieron roben mi pasión”. Dicho y hecho. En su regreso a la competición tras Río de Janeiro, en el prestigioso US Classic, en su hogar de Columbus, Simone Biles volvió a ser Simone Biles. La de siempre. La rotunda, la enérgica, la perfeccionista, la amante de la dificultad. La sonriente. Pese a caerse en las barras asimétricas, su talón de Aquiles, y salirse del tapiz en el ejercicio de suelo, la estadounidense ganó el concurso completo con 58.700 puntos, la nota más alta lograda por cualquier gimnasta desde sus 62.198 en la final olímpica de hace dos años. Aventajó en 1.000 puntos a Riley McCusker y en 2.350 a Morgan Hurd, vigente campeona del mundo aprovechando la ausencia de Biles en Montreal’17.

Con los campeonatos estadounidenses de agosto y los Mundiales de Doha de octubre como sus retos más inmediatos, la mente y la preparación de Simone Biles están ya enfocadas hacia Tokio’20. Bajo la batuta del francés Laurent Landi, que ha sustituido a Aimee Boorman, su preparadora de toda la vida, la norteamericana tratará de tiranizar de nuevo el evento olímpico en una modalidad deportiva de gran capacidad regenerativa en cuento a sus grandes figuras.