Crónica

Happy end

Stigers, en su actuación del domingo. (Foto: E.V.)

Por J. J. Forcada - Martes, 31 de Julio de 2018 - Actualizado a las 06:03h.

chick Corea es uno de los músicos de jazz que más veces ha visitado el Jazzaldia. Se dice que su concierto del año 1981, ante 14.000 personas, logró el récord de asistencia del viejo velódromo donostiarra. Sigue viniendo, lo hizo hace unos meses fuera de la programación del Jazzaldia y regresó el pasado domingo con AKoustik Band, con dos viejos compañeros con los que formó esta banda a finales de los 80: John Pattitucci en el bajo y Dave Weckl en la batería. Si en su última visita a San Sebastián el pasado mes de noviembre mostró su lado más eléctrico, en esta ocasión la propuesta transitaba en el lado opuesto. Morning sprite abrió la velada a las 20.00 en punto de la noche. Grabado por el mismo trío hace casi 30 años, sirvió para que fueran empastándose los tres veteranos músicos. Aunque la voz cantante la lleve Corea. En todo momento intentan que quede compensado el trabajo de cada uno de ellos. De hecho, Dave Weckl fue el primero en brillar. En Japanese waltzse advirtió una seriedad y un rigor para dar vida a una pieza tranquila, con especial sensibilidad por momentos aunque un tanto fría en el resultado final. That old Feeling incluye un largo solo de Patitucci que no interesó a Michel Portal, que se encontraba por allí pero interesado en otros asuntos.

Se interesaron por Duke Ellington y su In a sentimental Mood, donde el piano sonó muy dramático. Se nos antojó demasiado clásico, sin sorpresas, aunque la incorporación del arco de la mano de Patitucci dio un barniz nuevo y revitalizó la sonoridad del show. Consiguieron que el seguimiento por parte del público fuera absoluto. Lifeline despertó al recinto con toques latinos a un ritmo muy vivaz, nos trasladó a la época de Return to Forever, el trío se sintió más cómodo, todos disfrutaron y el show fuemontando.

La música clásica barroca también tuvo su espacio con un acercamiento a Prelude,de Domenico Scarlatti. Dimos un salto en el tiempo y disfrutamos de esa fusión entre la música cortesana del XVIII y el jazz actual. You and The Night and The Music cerró el set list, de inspiración repetitiva y con un solo de batería de Weckl, no especialmente imaginativo. En la propina sonó del clásico de Corea Spain, basado en el Concierto de Aranjuezdel maestro Rodrigo, que derivó en un diálogo entre el pianista y el público, repitiendo y tarareando las cortas escalas que llegaban desde el escenario. Entusiasmo y nuevo triunfo para Corea, que a sus 77 años convence con sus diferentes apuestas y en cada una de sus muchas visitas a esta ciudad.

Le pareció una bendición tocar después de Corea y ofreció un repertorio repleto de versiones de clásicos del pop, del jazz o el rock. En todo momento manteniendo un tono muy jovial, bromeando con el público. Recordó I’ll be home, de Randy Newman, y presentó un tema que dijo que era tan triste que igual hasta llorábamos. La trompeta, casi siempre con sordina, daba un lustre más que interesante a las canciones. Canta bien Stigers aunque, claro, después de la nueva demostración de Gregory Porter unas horas antes, se aprecia alguna limitación. Recuperó a Tom Waits en San Diego Serenade, preciosa canción en la que incluso imitó a su manera esa cadencia vocal propia de Waits. Mathew Fries al piano fue un sustento importante a lo largo de toda la noche. Willie Dixon también pasó por el filtro de Stigers, muy animado y con solos de cada uno de los componentes de la banda que mantenían un tono muy ameno. Una balada rotunda demostró que Curtis Stigers suple sus carencias vocales con mucha actitud. Se atrevió con el clásico de John Lennon Jealous Guy, muy reconocible pero con mucho sabor soul y muy bailable. La lista de clásicos siguió con Things have changed, de Bob Dylan, siempre acercándose a los registros musicales de su banda. Dijo Stigers que era un viejo sueño para él tocar en Donostia ya que vive en Boise (Idaho) y conoce bien a la amplia comunidad vasca allí residente. Por supuesto, ha aprovechado su estancia en Donostia para dar buena cuenta de la gastronomía vasca. Fueron cortos pero frecuentes sus acercamientos al saxo, aunque siempre con potencia y seguridad. Un standard como Bye Bye Blackbird nos destapó el lado crooner de este músico que con mucho oficio y sobrado de actitud, salió airoso de una Plaza de la Trinidad que le despidió con una cerrada ovación y que, efectivamente, dejó un gran sabor de boca. Happy End.

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