La horquilla de Christophe

Por Miguel Usabiaga - Lunes, 30 de Julio de 2018 - Actualizado a las 06:02h.

La justicia poética no se torció y Thomas, "el guerrillero", por el que tomaba partido en nombre de todos los románticos, los soñadores, los sacrificados, los perdedores habituales, tuvo su merecida recompensa. No fue obligado por el Sky a doblar la rodilla para ganara su jefe, quizá porque Froome flaqueó y eso arriesgaba el triunfo del equipo;así que nos congratulamos porque venció el más fuerte. Su pedaleo profundo, al que se veía que aún le sobraba energía cuando el resto de contrarios se mostraba agónico, volvió a ser el más poderoso en los Pirineos y en la contrarreloj. En ésta hubiera vencido, llevaba el mejor registro en cada paso hasta 2 kilómetros de la meta, pero aflojó el ritmo;quizá para no arriesgar, pero más probablemente para beneficiar la victoria de etapa de su compañero Froome, al que un equívoco en el cronometraje había dado el mejor tiempo en la meta, cuando sólo quedaba Thomas por llegar. Viendo la contrarreloj pensaba en un tema biomecánico que no alcanzo a entender, el del pedaleo de Froome. En los puertos lleva mucha cadencia, un pedaleo "a molinillo", como suele decirse, y sin embargo, en la contrarreloj su pedaleo es largo, poderoso, con gran desarrollo. No entiendo este cambio. Armstrong, que puso de moda la cadencia muy elevada como más eficaz, la usaba siempre, en la montaña y en la contrarreloj, Froome no. Y creo que en ese desajuste radica algo de su fragilidad última. Roglic ha aparecido como el candidato del futuro. Pero viene del Este y es una incógnita. Su pedaleo impasible, hierático, parece de acero. Me recuerda a otros grandes campeones del campo socialista, o formados en la herencia de aquella escuela. Se parece al Berzin que derrotó a Indurain, pero que se desvaneció de pronto. Y como no, al gran Souko, el soviético que dominaba con facilidad el Tour del Porvenir mientras Hinault imponía su ley en los profesionales. En mi generación se soñó con una disputa abierta entre los dos, Hinault y Souko, que en aquel mundo separado en dos bloques nunca se produjo, y ya sólo podrá ser imaginaria.

iendo a los corredores descender el Tourmalet, rememoraba la que es para mí la mejor anécdota de todas las del Tour. Es conocida, pero vale la pena repetirla, porque nos habla de aquel tiempo en el que la carrera más que una competición deportiva era casi una expedición, como una ascensión al Everest o una incursión en los polos. En el Tour de 1913, bajando el Tourmalet, entrando en Sainte Marie de Campan, a Eugene Christophe se le rompió la horquilla de la bicicleta. Las estrictas reglas impedían que nadie fuera ayudado, ni fuera sustituida ninguna pieza, el corredor debía repararlo todo por sí solo. Un niño vio el accidente y fue el que indicó a Christophe la situación de la única fragua del pueblo. El herrero prestó la forja al corredor para que éste soldara su horquilla, bajo la vigilancia de un comisario de la prueba que velaba para que el herrero no le ayudara. Cuatro horas después Christophe reanudó la carrera. Allí comprobé en mis carnes la certeza de la sentencia de Marx, aquella que dice que "la historia sólo se repite como tragedia o como farsa". En el mismo lugar que a Christophe, se le rompió la horquilla a mi bicicleta cuando acababa el descenso del Tourmalet. Por suerte en mi caso no fue como tragedia, pues no me pasó nada, sino como farsa, porque jugaba a ser corredor en una marcha ciclodeportiva.

El escenario de las montañas vascas para la contrarreloj fue precioso. Recorrido nervioso, entre árboles, prados, caseríos, con el pico Larrún al fondo, tras el que podían divisarse las Peñas de Aia. Ese panorama de montes sobre la frontera, me evocó la obra de un arquitecto, Aldo Rossi, en un monumento a los partisanos italianos en Cuneo.

Es un cubo elevado, sin techo, cuya única ventana rasgada permite ver sólo las montañas donde tuvieron lugar los combates, con el cielo arriba. Una máquina para la memoria. En Cuneo, en los mismos puertos donde Coppi escribió su mayor hazaña, triunfando tras 192 kilómetros escapado camino de Pinerolo, distanciando al gran Bartali en 12 minutos. Bartali, el héroe anónimo que salvó a cientos de judíos italianos de los fascistas, provisionándoles de documentación falsificada, que llevaba escondida en el tubo del sillín durante sus entrenamientos. Así veía yo la frontera, como ese panorama de batallas, batallas pirenaicas. Y para terminar con un final feliz, ya que Thomas venció, pero los guerrilleros no ganaron aquel combate contra los nazis en el Plateau de Gliéres, recordé cómo, otro Bartali local, un ciclista irunés, ayudaba a los fugitivos de la aplastada revolución asturiana de 1934, a estudiantes izquierdistas portugueses que huían del dictador Salazar. Tomaba su bicicleta, se vestía de corredor para despistar a la policía, y subía el puerto de Erlaitz, en la falda de las Peñas de Aia, hasta el caserío Mantecas, donde recibían la información y los pasaban a Francia, a Boucau, cerca de la contrarreloj. Escapaban de las cárceles gracias a ese ciclista irunés.

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