De cumbre en cumbre

La algarabía en torno a la reunión de donald Trump con el líder norcoreano ha debilitado el apoyo a Kim en su país y en China

Domingo, 29 de Julio de 2018 - Actualizado a las 06:03h.

Una mirada superficial al historial del diálogo ruso-estadounidense obliga a hablar del rosario de las cumbres, porque desde los encuentros multilaterales de Teherán y Yalta durante la II Guerra Mundial hasta los últimos de Trump con Putin, pasando por las siempre híper valoradas cumbres de Potsdam, Ginebra, Reikiavik etc., todas estas conversaciones sirvieron a la corta de muy poco… más que de conmover a la prensa de todo el mundo.

A la larga tampoco han servido de mucho más porque, incluso con dirigentes histriónicos como Donald Trump, la política exterior de estas dos grandes potencias se ha ido fraguando poco a poco en el marco de una concepción realista que tiene objetivos a largo plazo y conciencia de las posibilidades del momento. En este contexto, las cumbres son meras piezas de comprobación: ratificar -o rectificar, de ser necesario- los objetivos a largo plazo y comprobar, en la medida de lo posible, los aciertos o errores del momento en la estrategia propia, así como del otro país.

Este planteamiento es y ha sido válido para el escenario de las grandes potencias. Incluso con naciones menores -como, por ejemplo, el Irán de los ayatolás o la Arabia Saudí actual- se puede aplicar esta norma porque las decisiones a máximo nivel son gremiales y los saltos de humor de un dictador resultan impensables.

Una excepción en este escenario la constituye el encuentro de Donald Trump con el norcoreano Kim Jong-un. Y lo excepcional del caso no es tanto el carácter dictatorial de la jefatura norcoreana, como el planteamiento que ha hecho Kim del problema que enfrenta a la primera potencia mundial con un Estado que va de hambruna en hambruna.

Kim Jong-un ejerce una dictadura del más puro estilo absolutista y, consecuentemente, sus decisiones tienen un buen porcentaje de imprevisibilidad. Pero lo que es evidente para los pocos amigos de Kim como para la multitud de sus rivales es que está practicando hoy en Asia la política que aplicó en los años 30 Hitler para engrandecer el III Reich… hasta provocar la II Guerra Mundial.

Este juego del todo o nada, de la amenaza de romper la baraja, lo ha querido abortar Trump haciéndole a Kim concesiones aparatosas pero tan huecas como las de su interlocutor.

Tras el encuentros de estos dos dirigentes todo el mundo vio que Corea del Norte ni cumplía con sus promesas de desarme nuclear ni los EEUU tenían después del encuentro más medios que antes para forzar tal desarme. Pero la algarabía armada en torno a los logros de Kim ha debilitado grandemente el apoyo que había tenido hasta entonces en su propio país y en el Gobierno chino para el chantaje nuclear. Con un poco de optimismo, se puede decir que en la “cumbre de los engaños” el que salió más trasquilado fue el jugador asiático… claro que este tampoco es un habitual de las cumbres.