familia de refugiados sirio

De la destrucción de Alepo a la salvación de Zarautz

Fatima y Mousa caminan junto a su bebé Zahra, de seis meses y nacida en Donostia, por una calle de Zarautz.

Llegaron a la localidad guipuzcoana hace casi un año, huyendo de las bombas en Siria, de las torturas en Líbano y buscando un tratamiento para su hija mayor. Ahora en Zarautz viven felices y en paz.

Un reportaje de Ruth Gabilondo. Fotografía Ruben Plaza - Lunes, 23 de Julio de 2018 - Actualizado a las 06:02h.

A 4.400 kilómetros de su casa han encontrado la paz y la salvación. Zarautz se ha convertido en el último año en el cobijo de una familia de refugiados sirios, que huyeron de las bombas y la destrucción en Alepo. Y, además, es el lugar donde su hija mayor, con una grave discapacidad auditiva, ha encontrado el tratamiento que precisaba. Mousa, Fatima, y las pequeñas Rama, Maram y Zahra viven felices en la localidad guipuzcoana, aunque siempre tienen a Siria en sus pensamientos. “Ojalá vuelva la paz”.

Mousa y Fatima se conocieron en Alepo, donde eran vecinos y tenían una vida “normal y tranquila”. Él trabajaba como electricista, y solía viajar a Damasco. Se movían con libertad en un país donde la falta de servicios públicos ya era notable. “Al menos, no había guerra”, afirma el matrimonio.

La vida en esta ciudad comenzó a complicarse en abril de 2011, cuando el pueblo empezó a manifestarse y se inició “alguna revolución” contra el régimen de Bachar al Asad. Su barrio se mantuvo “más o menos tranquilo” y, pese a que sabían que la situación se iba agravando, continuaron viviendo al margen de las revueltas.

Pero llegó 2012 y con él “empezaron los verdaderos problemas en Alepo”. Gente armada contraria al régimen sirio tomó las calles, pero “ellos no entraban en guerra con los civiles”. El verdadero infierno, recuerda esta familia, lo trajeron los bombardeos del propio Gobierno.

Las bombas caían en viviendas de civiles, destrozándolo todo, arrasando con la ciudad y segando decenas de vidas. “Bombardearon la casa de mi hermana. Ella resultó gravemente herida en una pierna y mi sobrina de tres años murió”, explica Mousa.

Dos semanas después del fallecimiento de su sobrina y 18 días después de contraer matrimonio, Mousa y Fatima se despidieron de sus familias y tomaron un autobús rumbo a Líbano. Era 23 de diciembre de 2013 y hacía “mucho, mucho frío”. El trayecto que normalmente dura cuatro horas, se prolongó durante quince.

“Fuimos sorteando los controles policiales, las zonas que podían estar vigiladas. Si nos pillaban intentando huir de Siria, podían matarnos. Podíamos haber muerto antes de llegar a Líbano”, afirma Mousa, que reconoce que este viaje lo hicieron llorando, “muy tristes al dejar a la familia atrás”. “Es un sentimiento que no se puede describir”.

“Volví a nacer”

En Líbano, Mousa tenía a su hermano, que trabajaba como electricista. Fue él quien les consiguió un techo bajo el que dormir. “Era un piso sin nada, ningún mueble, ni cocina, absolutamente nada”, rememora este matrimonio. A los tres días de su llegada, les dieron algo de comida.

Al cabo de un tiempo, Mousa regresó a su empleo de electricista junto a su hermano. No todos los días tenían faena, pero sí la suficiente para ir tirando. “Vivíamos más o menos tranquilos”, afirma. En Líbano, el matrimonio tuvo dos hijas, Rama, de tres años y con una grave discapacidad auditiva, y Maram, de dos años.

Un día de 2017, al salir del trabajo, varios policías pararon en plena calle a Mousa. Le pidieron los papeles, pero no los llevaba encima. “Ser un refugiado sirio sin papeles en Líbano es como matar al presidente”, afirma. Los policías le condujeron a una especie de calabozo. “Me pegaron y torturaron durante tres días”. Tres días eternos para él, y también para su mujer, que desconocía completamente su paradero.

“Me dejaron en una habitación de cuatro por cuatro metros. Éramos más de 40 personas. A los tres días me liberaron porque, como electricista, trabajé para gente importante que se enteraron dónde estaba, fueron a mi casa, cogieron los papeles y vinieron a entregarlos a comisaría. Salir de ahí fue volver a nacer. En ese calabozo había gente que llevaba seis meses, sin que nadie supiera nada de ellos”, relata.

La persecución policial a la que eran sometidos los refugiados sirios, sumada al grave problema auditivo que padecía su hija, cuyo tratamiento no podían costear, fue lo que impulsó a esta familia a intentar abandonar Líbano.

En Beirut, todos los martes, recuerda Mousa, abría la oficina de Naciones Unidas, que daba apoyo a los refugiados. “Fui con los papeles de mi hija, mostrando que aquí no podía recibir tratamiento. Tres o cuatro meses después recibí la llamada y nos dijeron que igual nos mandaban a EEUU o Francia”, señala Mousa.

Pánico en el avión

Sin embargo, acabaron entrando en los cupos que España se comprometió a acoger, y cuyas cifras está muy lejos de cumplir. “No supimos muy bien lo que nos iba a deparar el destino, porque a nuestro alrededor no había nadie que hubiera viajado a España. Para nosotros era un sitio totalmente desconocido”, afirma.

Un grupo importante de refugiados sirios subió a ese avión rumbo a Madrid. Lo que se presupone un viaje para escapar de la pesadilla hacia un país en paz, para Mousa fue “el peor” de su vida. “Tuve más miedo que nunca. Los únicos aviones que había visto en mi vida eran los que nos bombardeaban. Estaba muerto de miedo, pensaba que iba a morir y que este era mi último viaje”, indica.

El avión aterrizó en Barajas y el corazón de Mousa empezó a palpitar con normalidad. De ahí, Mousa, Fatima, entonces embarazada de cuatro meses, Rama y Maram se subieron a un autobús rumbo a Zarautz. Apoyados por la Comisión de Ayuda al Refugiado de Euskadi (CEAR), llegaron a un piso, que aún comparten con otra familia de refugiados sirios.

En Zarautz, Rama logró su tratamiento y su aparato para la audición y empezó la ikastola, donde cuenta con la ayuda de una logopeda. Maram fue inscrita en la Haurreskola y Fatima y Mousa dieron la bienvenida a su nueva hija, Zahra. “Cuando estaba embarazada en Líbano solo tuve derecho a dos revisiones y pagando. Después de parir fui andando a la habitación y como mucho a las tres horas te mandaban a casa. Aquí en el hospital todo fue distinto. Los médicos y las matronas me trataron como si fuera su hermana. Me gustó muchísimo”, señala Fatima.

Ella y su marido acuden diariamente a clases de castellano desde el pasado mes de septiembre. Todavía no consiguen comunicarse muy bien (para esta entrevista se requirió la presencia de una traductora), pero esperan soltarse pronto para empezar a relacionarse más con los zarauztarras. “Lo que más nos gusta de Zarautz es la gente, que es muy educada. Y el mar”, afirma Mousa. Lo que menos, “la lluvia”.

“Ojalá podamos volver”

Ellos son felices en Zarautz y esperan vivir aquí durante mucho tiempo, pero no pueden evitar tener el sueño de regresar algún día a su querida tierra. “Mi patria está destruida”, llora Fatima, mientras amamanta a su hija de seis meses. No puede reprimir las lágrimas al recordar que allí ya no le queda nada. Su casa es un amasijo de escombros y la mayor parte de su familia vive en Turquía, a donde huyeron en marzo de 2014 pagando un alto precio a las mafias. “Tuvieron que vender todas las casas que tenían, dar todo el dinero ahorrado y pedir dinero a conocidos”, indica esta mujer.

Dos hermanos de Mousa y sus padres continúan en Siria. Se mudaron de Alepo a otra ciudad, donde viven en un campamento de refugiados. De vez en cuando consigue tener información sobre ellos, aunque la comunicación con Siria es muy complicada. “Allí, lo han perdido todo”, lamenta Fatima.

Quiere que sus hijas tengan una infancia feliz en Zarautz, que jamás tengan que escuchar bombardeos, ni verse obligadas a huir. Pero también quiere reencontrarse con su familia, volver a abrazarles y ver a su querida Siria lograr la paz. “Mi país era el mejor país del mundo. Ojalá podamos hablar de una Siria en paz. Ojalá podamos volver algún día”, afirma esta mujer.

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