La vieja casa de los vascos

La arqueóloga Teresa Campos López en una visita al caserío Besoitaormatexea de Berriz. (Foto: Juan Lazkano)

La arqueóloga Teresa Campos López narra el nacimiento y evolución de los caseríos, que muestran cómo los euskaldunes realizaron un trabajo “altamente especializado”

Un reportaje de Araitz Garmendia - Lunes, 23 de Julio de 2018 - Actualizado a las 06:02h.

hace más de cinco siglos que los caseríos vascos invadieron las laderas de los montes. De piedra, con su “sombrero” rojo y arropados por un manto verde, se convirtieron en hogares que cubrían todas las necesidades para el autoabastecimiento de sus inquilinos: vivienda, cuadra, granero, lagar... Una estructura que ha sabido adaptarse a los nuevos tiempos pero que todavía hoy sigue siendo objeto de investigación, aportando numerosos datos sobre las formas de vida de nuestros antepasados.

Esa es precisamente la labor de la arqueóloga Teresa Campos López, que ha estudiado en profundidad estructuras como la del caserío Besoitaormaetxea, situado en Berriz. A pesar de que es difuso el origen de esta tipología, los investigadores establecen hace 500 años el nacimiento del caserío tal y como se conoce hoy en día. No obstante, “si a lo que atendemos es a la forma o modelo de producción y de vida, podemos retrasarlo hasta la Baja Edad Media, entre los siglos XII y XIII”, ya que en aquella época ya existían sencillas cabañas de madera para los labradores. Entonces estaban recubiertas con argamasa de cal y arena y eran mucho más simples que los imponentes caseríos de piedra.

“El caserío que surge en el siglo XV tiene como objetivo autoabastecerse gracias a toda la tierra de alrededor. Todo ello se complementa con una forma de vida basada en la explotación de las tierras y del ganado, un modo de manutención que venía de siglos atrás”, explica Campos. En ese sentido, la arqueóloga destaca la importancia del descubrimiento de Besoitaormaetxea. Gracias a los restos que se han podido datar, se sabe que en el siglo XII había en ese mismo lugar una edificación anterior, una cabaña de planta rectangular. Según agrega Campos, los elementos encontrados que han dado pie a esta constatación son agujeros de poste, un silo, evidencias de lo que fue el firme de la cabaña, restos de la cuadra y el lagar. “Tuvimos mucha suerte a la hora de recoger las muestras, ya que habitualmente el suelo está muy alterado y solo encontramos indicios, pero nunca las certezas que nos permitan asegurar algo al 100%”, afirma la arqueóloga.

La estructura de estos hogares cambió “cuando llegaron los productos de América”. “El maíz propicio una gran modificación, y entonces mucha gente vio en los caseríos la posibilidad de, por lo menos, subsistir. Trabajaba toda la familia en las labores, e incluso a veces gente que venía de fuera buscando el sustento”, señala Campos. Así, “estos edificios tuvieron que adaptarse”, dándose numerosos cambios, como “cuando el ganado se instaló dentro del caserío o adaptaron la parte de arriba para secar el maíz”.

La profesora también indica que estas construcciones “muestran un trabajo altamente especializado, ya que en ellos se están dando soluciones estéticas y arquitectónicas de alto nivel de cantería”, aunque también hay grandes trabajos realizados en madera, “puesto que el primer paso hacia ese caserío de piedra son las edificaciones en este material”.

Arrendamiento y declive Teresa Campos cuenta que “los señores de la tierra se dieron cuenta que los caseríos eran una apuesta segura en cuanto a inversión se refiere”, y por eso durante los siglos XVII y XVIII se dio “un proceso de compra”.

A consecuencia de ello, “estos hogares terminaron perteneciendo a unos pocos propietarios, que los arriendan a los trabajadores”. Comienza así un proceso en el que “estos hogares empiezan a dividirse, aunque los habitantes adquieren una serie de derechos a lo largo del tiempo”. “Por ejemplo, una familia que ha servido allí durante generaciones puede, en un momento determinado, recibir una parte o una habitación cedida por el dueño”, aclara la arqueóloga, que además recuerda que esto “todavía hoy en día genera problemas para determinar su propiedad”.

Tal y como cuenta Campos López, “en el siglo XIX hay un declive en estas construcciones”, ya que la industria reclamaba mano de obra, algo que llamó a los habitantes a trasladarse a la ciudad. Actualmente, los dueños de los caseríos optan por diversos usos, entre ellos su adecuación como casas rurales, algo que la experta califica como “una apuesta segura para mantenerlos”.

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