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“Para cuando salí de la cárcel todo había cambiado”

La psicóloga Amaia Lasheras, coordinadora del programa de pisos de inserción social, junto al educador Miguel Ruiz.

Años después de vivir entre rejas, no es fácil adaptarse a una sociedad “en la que te sientes tan raro”. Las calles ya no son las mismas, la gente no deja de usar el móvil.
“No hay pisos ni empleos dignos”, relata este donostiarra tras cumplir condena.

Un reportaje de Jorge Napal. Fotografía Ruben Plaza - Domingo, 22 de Julio de 2018 - Actualizado a las 06:02h.

puede parecer una anécdota menor, pero ilustra el abismo entre la vida en prisión y la que aguarda más allá de las rejas. Tras cumplir condena, siete años de presidio, fue uno de los hermanos de Roberto quien le propuso el plan. Fue a recogerle a la cárcel alavesa de Zaballa y le dijo que podían irse de compras. Así lo hicieron. Al donostiarra siempre le ha gustado el deporte y se dirigieron a un centro comercial para hacerse con alguna prenda. “Fuimos nada más salir de la cárcel, pero me tuve que dar la vuelta porque me aterró. Aquello era demasiado. No estaba acostumbrado a tanta gente”.

Quizá no fue la decisión más acertada para este donostiarra condenado a diez años y medio de prisión por varios delitos relacionados con el consumo de drogas. Intuye, en todo caso, que cualquier otro plan habría despertado los mismos fantasmas: “Es que sales de la cárcel después de tanto tiempo y todo ha cambiado: las calles ya no son las mismas, la tecnología, la vestimenta... La gente no hace más que usar móviles y asistes a todo ese cambio con sorpresa. Es algo que casi te paraliza. Es muy difícil cogerle el ritmo a la nueva vida”, dice este hombre de 47 años.

Consumo de cocaína, delincuencia, prisión… términos suficientes para que buena parte de la sociedad se haga su composición de lugar: un drogadicto más que no interesa, un estorbo que conviene relegar. Bastan, sin embargo, unos minutos de conversación para descubrir en Roberto a “una persona de carne y hueso”, con experiencia penitenciaria en Fontcalent (Alicante), en la cárcel de Logroño y Zaballa.

Una “persona” que, por circunstancias de la vida, ha tropezado más veces de las que quisiera, y que siente inmensa gratitud hacia aquellos que han estado a su lado.

“Tras salir de esa vida irreal que siempre es la cárcel, necesitas ayuda para sentar las bases de la nueva andadura. Uno no puede hacerlo por sí solo, por eso quiero dar las gracias a las personas que me han ayudado”. Entre ellas figura Miguel Ruiz, educador social del programa de pisos de inserción social. Estas viviendas son algo así como un puente entre la salida de la cárcel y esa vida normalizada que tanto añoran. “A Roberto lo conocimos en abril. Hacemos visitas en Zaballa a las personas encarceladas con arraigo en Gipuzkoa, sean extranjeras o no. Y él nos contó su caso”, explica este educador de Arrats, la asociación que les ofrece recursos sociales y jurídicos.

Roberto les contó entonces que tenía familia pero que no quería seguir dando trabajo y convertirse en ninguna carga. Les dijo que durante años había sometido “a mucho estrés” a sus seres queridos, y que necesitaba ayuda. “Mi aita muestra ya síntomas de alzhéimer avanzado. Mis nueve hermanos me han ayudado, pero volver a casa se me hacía muy duro. El aita lo pasaba mal, y yo con él”. El educador escuchó su relato, y tras su salida de la cárcel, este donostiarra pasó a ocupar una de las plazas de los dos pisos que gestiona Arrats.

Hacia una vida autónoma

El proceso de cada usuario varía, pero la asociación se muestra exigente y trata de que las estancias en los pisos no se demoren más de la cuenta. “No es más que un paso para que aprendan a ser autónomos”, detalla Ruiz.

Disponer de estas viviendas es, en todo caso, crucial para las personas que han vivido la experiencia penitenciaria. Arrats gestiona dos pisos repartidos por la geografía guipuzcoana. Uno de ellos ofrece más autonomía que el otro. La psicóloga Amaia Lasheras, coordinadora del programa, asegura que siempre se parte de la confianza hacia el usuario. De hecho, no hay educadores de noche. “Siempre hemos dicho que necesitan un apoyo para tirar hacia adelante, aunque es verdad que si hay incumplimientos reiterados de normativa ponemos unas reglas más estrictas”, reconoce.

Cada piso dispone de seis plazas, cinco fijas y una de permisos para personas que todavía no gozan de plena libertad. No ha sido fácil conseguir este último recurso. Si una persona no disfruta de permisos y no le dan un voto de confianza, raramente obtendrá un tercer grado. Además, estas plazas permiten a los educadores ir viendo cómo se desenvuelven en la vida real esos presos a los que han entrevistado en prisión. De ahí que esas plazas temporales -Arrats es de las pocas asociaciones que las ofrece- sean tan necesarias. “Nos costó mucho convencer a las instituciones de la necesidad de ese recurso, hasta que al final dieron el visto bueno”, cuenta la psicóloga. El programa está actualmente conveniado con la Diputación Foral de Gipuzkoa.

La vivienda y el empleo

Pero residir en el piso no sale gratis. Los usuarios tienen que hacer las tareas del hogar, cocinar, limpiar… La convivencia no siempre es fácil entre compañeros a los que uno no conoce, algunos muy medicados, con los contratiempos que eso supone. “A mí me molesta que haya compañeros que no sean capaces de agradecer la ayuda que se les está prestando”, se indigna Roberto, quien muestra su gratitud hacia entidades como Arrats, Loiola Etxea y Proyecto Hombre.

Estas asociaciones saben mejor que nadie que salir de la cárcel no es fácil, y menos frente a dos muros infranqueables como son el mercado laboral y la vivienda. Roberto ha estado trabajando en la construcción hasta hace cuatro días. “Me han explotado, y me daba miedo recaer. Me había dado de alta como autónomo a cambio de una miseria. Trabajaba de diez a doce horas diarias, y había dejado de ver a mi familia”.

Sus ingresos se limitan actualmente a los 426 euros del subsidio de excarcelación, al que tienen derecho las personas que han cumplido más de seis meses en prisión. “Ha sido mi opción: cobrar menos pero ganar en calidad de vida. Veía que iba a estallar. Últimamente me he tenido que volver a medicar para estar tranquilo. Soy una persona inquieta, de las que le gusta hacer muchas cosas a la vez, pero tengo que tener mucho cuidado porque no quiero darme un tortazo de nuevo”. Roberto no se olvida de la recaída que sufrió hace un tiempo cuando gozaba de libertad condicional. “Me da miedo volver a tropezar, y no tanto por mí como por mi familia. Ellos me quieren, y no puedo fallarles de nuevo”. La psicóloga le mira. “Es que la cárcel es dura, pero la calle también”. “Quiero vivir de mi trabajo, pero de un trabajo digno y no cobrando diez pavos la hora”, maldice el donostiarra, que cursó estudios de auxiliar de Geriatría y quiere probar ahora con los de Enfermería.

El acceso a la vivienda es el otro caballo de batalla. “Te piden tres meses por adelantado, y te deniegan el alquiler aunque tengas un empleo si es que no llegas a los 1.100 euros mensuales”. El educador cuenta todo ello mientras Amaia habla de la burbuja inmobiliaria del mercado de alquiler. “Hace falta parque de vivienda social. Sería una forma de que bajaran los precios”, apunta.

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