Tribuna abierta

La izquierda ante un dilema llamado Nicaragua

Daniel Ortega.

La izquierda latinoamericana ha tolerado la supresión de la libertad en nombre de la libertad. Y ha tolerado la corrupción y despotismo de algunos de sus líderes, por ejemplo de Daniel Ortega, en nombre de la necesidad urgente de acceder o mantenerse en el poder

Por Iosu Perales - Domingo, 22 de Julio de 2018 - Actualizado a las 06:02h.

si lo dijera yo tendría poco valor. Pero lo ha dicho José Múgica, expresidente de Uruguay: “En Nicaragua gobierna una autocracia”. Como se sabe, es el régimen político en el que una sola persona gobierna sin someterse a ningún tipo de limitación. Es sinónimo de dictadura. También ha dicho Múgica que los que fueron revolucionarios han perdido el sentido de la vida, y refiriéndose a Daniel Ortega: hay momentos en los que hay que decir “me voy”. Mucho antes, en agosto de 2008, el escritor Eduardo Galeano, también uruguayo, a propósito del juicio promovido por el gobierno de Daniel Ortega contra el monje y poeta Ernesto Cardenal, escribió: “Toda mi solidaridad para Ernesto Cardenal, gran poeta, espléndida persona, hermano mío del alma, contra esta infame condena de un juez infame al servicio de un infame gobierno”. En esos mismos días, José Saramago, calificó a Ortega de indigno de su propio pasado, y desde La Habana Celia Hart, hija del exministro de Cultura Armando Hart y de la heroína revolucionaria Haydée Santamaría, denunció la persecución contra Cardenal, al que denominó “una celebridad de América”. También expresó su apoyo a Cardenal el escritor chileno Antonio Skármeta, quien en un mensaje advirtió al mandatario nicaragüense de que “no se atreva a tocarlo”.

Ese año 2008 le llovieron a Daniel Ortega numerosas críticas -había vuelto a ser presidente de Nicaragua al ganar las discutidas elecciones de finales de 2006, en medio de denuncias de fraude- por su ataque a la división de poderes y el acelerado proceso de limpieza del Frente Sandinista (FSLN), deshaciéndose de muchos dirigentes y cuadros que pudieran hacerle sombra y jugar un papel de contrapeso. Inició asimismo entonces una política sostenida para silenciar a la oposición, principalmente de izquierdas, y de apropiación de los medios de comunicación más influyentes. Para lo cual depuró también a los poderes armados del Estado y los pasó a controlar directamente. Entre tanto, su esposa y vicepresidenta desde las últimas elecciones de finales de 2016, Rosario Murillo, organizó un cinturón de hierro del régimen, bajo la cobertura de participación ciudadana de lo que en realidad eran y son comandos.

Pero el divorcio de muchos intelectuales, escritores, artistas, y veteranos de la solidaridad internacional con Daniel Ortega y con el sandinismo oficial había comenzado 18 años antes. Justo cuando la Unión Nacional Opositora ganó las elecciones de 1990, y un buen número de los gobernantes salientes se apropiaron de bienes del Estado para titularlos a su nombre y hacer negocios en su beneficio. Es lo que se llamó la piñata. Aquel robo marcó un antes y un después. Eduardo Galeano, como respuesta, prometió no volver nunca más a Nicaragua, y no lo hizo.

Luego vino el escándalo de la denuncia por violación que hizo su hijastra Zoilamérica Narváez contra Daniel Ortega. También entonces, como ahora, el régimen apuntó a un montaje de la CIA. Pero Zoilamérica, que tuvo que marchar a Estados Unidos empujada por la presión, siguió adelante con la denuncia. Ortega esquivó el juicio y cuando por fin, pasados unos años, una jueza sandinista revisó el caso, lo dio por sobreseído. Este hecho reforzó el alejamiento definitivo de los movimientos de mujeres del sandinismo oficial.

Más tarde vendría el pacto Ortega-Alemán para repartirse los poderes del Estado. Alemán, jefe del Partido Liberal, había sido presidente de la República, catalogado por Ética y Transparencia como uno de los presidentes más corruptos del mundo. Enseguida Ortega pactó con el recientemente fallecido cardenal Obando y Bravo, lo que le llevaría a ganar las dudosas elecciones de 2006, dando a cambio al cardenal, como regalo, la supresión de la ley de aborto terapéutico que Nicaragua tenía desde ¡1837!, pasando a ser junto con el Vaticano, Malta, Honduras y El Salvador, uno de los poquísimos países del mundo que prohiben el aborto en cualquier circunstancia.

Podemos citar otros muchos factores que explican la crisis actual: la aventura del canal interoceánico concedido a una empresa china;la venta de territorios a industrias madereras en contra de la voluntad de las comunidades campesinas e indígenas que los habitan;las políticas económicas guiadas por el Fondo Monetario Internacional, que llevaron a Ortega a intentar una reforma antisocial del Instituto de la Seguridad Social, factor más inmediato de la crisis desatada…

La pregunta es: ¿Cómo es posible que la izquierda latinoamericana, en su mayor parte, siga apoyando a Ortega?

Con frecuencia la izquierda latinoamericana ha caído en un pragmatismo funcional para defender causas indefendibles sin explorar en explicaciones sin trampas que permitan alcanzar el conocimiento objetivo de la realidad. Por esa razón, ha tolerado la supresión de la libertad en nombre de la libertad. Y ha tolerado la corrupción y despotismo de algunos de sus líderes, por ejemplo de Ortega, en nombre de la necesidad urgente de acceder o mantenerse en el poder.

El espíritu conservador en la izquierda se manifiesta habitualmente en la incapacidad de cultivar un sentido de la crisis, una atención crítica continuada a lo que sucede en la vida real. Se prefiere obviar los hechos, enmarcarlos en todo caso en un cuadro explicativo unilateral y acrítico, con tal de salvar unas categorías ideológicas y políticas ya obsoletas. Este espíritu conservador no está preparado para depurar legados ideológicos y producir ideas e imágenes más ricas y adecuadas a nuevas situaciones. Convierte lo revolucionario en una pieza arqueológica en lugar de hacer de ello una palanca para, si hace falta, recomenzar de nuevo. Por cierto que Podemos ha hecho un magnífico comunicado que analiza muy bien la crisis de Nicaragua y denuncia sin tapujos a la pareja Ortega-Murillo.

Para quienes defienden a Ortega y Murillo, hagan lo que hagan, una formulación recurrente es la siguiente: “No hay duda que el hecho de criticar a los nuestros no puede sino favorecer el proyecto imperial sobre la región”. Es una formulación descorazonadora y, lo que es peor, reflejo de un viejo lenguaje y de un pensamiento que ha hecho mucho daño a las izquierdas en su historia. Este espíritu inquisitorial, amenazante al decir “quien actúa fuera de lo nuestro es ya parte del enemigo”, debe ser dejado atrás, en ese oscuro pasado a veces fronterizo con el dogmatismo más perverso. Al contrario, en América Latina, como en cualquier parte del mundo, el pensamiento crítico necesita fundarse sobre una visión realista de la sociedad sobre la que se desea actuar. Una visión que incluye el diagnóstico de lo que somos y la crítica de nuestros errores, como condición para reconstruir. Precisamente, el mejor servicio a los avances de una derecha radical es vivir en la mentira, en la adulteración de la realidad, en el ocultamiento de los errores propios, en la negativa a una autocrítica, en creer de forma errática que defender a Daniel Ortega es salvaguardar el campo propio.

Muchas voces de izquierda tienen una opinión anticuada sobre la realidad de Nicaragua. Anticuada porque pertenece a lo que fue, no a lo que es en la actualidad. Es una construcción ideológica la que expresan esas voces, no parten de los datos, más bien los obvia porque sólo así la ideología puede prevalecer. Me da pena, pues el proyecto de una nueva sociedad deseable necesita más que nunca construirse desde los datos de la realidad, sea la que sea.

Unas palabras como final. La crisis actual de Nicaragua necesita de un apoyo internacional indudable. Las fuerzas en el terreno, por sí mismas, no podrán poner fin al complejo problema. De seguir igual seguiremos contando muertos y más muertos.

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