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Casado se crece

La creciente guerra de nervios en el PP eleva la expectación ante la previsible llamada a la unidad de Rajoy en su discurso previo a las votaciones

Juan Mari Gastaca - Miércoles, 18 de Julio de 2018 - Actualizado a las 06:02h.

en medio del vodevil Corinna-Juan Carlos I que enmudece en la Corte a los poderes reales del Estado español temerosos de la suerte final de estas escalofriantes escuchas, las elecciones del PP caminan presas del desasosiego. La pugna descarnada entre Pablo Casado y Soraya Sáenz de Santamaría supone mucho más que una carrera personal por presidir al partido político todavía más votado. Se ha convertido en una guerra obscena de artimañas provocadoras, en la resurrección de los valores de una derecha hasta ahora agazapada, en la admonición de rencillas incurables, en una lucha tan igualada que aborta todo pronóstico descarado, en el rechazo fatídico al entendimiento. Vaya, la antesala propia de un enfrentamiento a pecho descubierto que augura un inmediato ajuste de cuentas al más puro estilo estalinista. La tópica guadaña de la izquierda extiende ahora su salsa de txipiron al bando enemigo. Un escarnio que solo podría evitar Mariano Rajoy, a quienes las voces más sensatas del PP imploran para que su discurso previo a las votaciones del sábado eviten la escabechina que asoma mediante una llamada desesperada a la unidad. Los populares se sienten desquiciados con sus primarias porque la lógica se ha esfumado. La inesperada irrupción del outsider Casado con unos apoyos harto significativos por la base -suficientes para apear a Dolores de Cospedal y acercarse a la favorita- y la altura del partido -Arias Cañete, ayer mismo, o FAES- han pulverizado las previsiones de una transición cómoda hacia Soraya. El candidato más próximo al aznarismo y alabado por el fraguismo está crecido y con razón. Solo le valdría que fueran ciertos los apoyos prometidos en los dos últimos días para convertirse en inesperado presidente del PP con una holgura suficiente que acabaría posiblemente con el futuro político de ese clan Aranzadi de abogados de Estado que protege a la exvicepresidenta. Casado se ha hecho con el balón. Ahí se encuentra la poderosa razón para que ayer renunciara a propiciar un acuerdo de base con su rival. Asistido de una permanente sonrisa, se siente favorito con aplomo tras romper con la vuelta a los orígenes de la derecha enérgica todos los pronósticos adversos y, de paso, el mal fario de los editoriales hostiles. Todo lo contrario que Soraya, encerrada en su propia suficiencia, casi siempre al rebote en el discurso ideológico que abre su enemigo, aislada de los focos, hasta quizá prisionera de una campaña mediática errónea. Ante semejante riesgo solvente de sorpasso contra el

poder interno establecido cobra sentido el rumor sobre la invocación desesperada al efecto Rajoy. Quizá ya no sea suficiente. El retrato de todos los perdedores -incluido Suárez Illana- deseando mediante una cuidada escenografía la derrota de Soraya resultaba estremecedor el pasado lunes entre los manteles de un lujoso hotel. Ahora bien, tampoco merece menos escalofrío imaginarse su suerte bajo los cuchillos afilados si no consiguen su propósito. Lo presagió Rajoy en su día: ¡vaya tropa!

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