Opinión

El legado de Setién

Por Joxan Rekondo - Lunes, 16 de Julio de 2018 - Actualizado a las 06:02h.

1. A la Iglesia vasca se le han atribuido complicidades con el terrorismo de ETA. En una desafortunada nota, los actuales obispos vascos han admitido el reproche y han pedido perdón por ello. Aunque, si nos ajustamos a los hechos, veremos que la acusación no se corresponde con la verdad. La Iglesia vasca ha acreditado ampliamente su compromiso por la paz y ha sido además la principal institución que ha transmitido sentido ético, lo que debería ser destacado entre lo más positivo que podemos encontrar en medio de la convulsión terrorista que hemos vivido en el pasado reciente.

Esta valoración se hace especialmente pertinente con motivo de la muerte de don José María Setién, hernaniarra que fue obispo de Donostia durante los años de mayor actividad violenta. Del obispo Setién se han dicho muchas cosas. Durante años, ha sido sometido al pimpampum por medios y políticos matritenses. En alguno de sus obituarios, todavía se pueden leer maldades de todo tipo. Como muestra, basta un botón. “El obispo que consoló a ETA”, ha sido el perverso titular que ha utilizado estos días un importante medio digital español.

Frente a imputaciones de esa calaña, no somos pocos los que reconocemos el valor del magisterio ético de Setién, que ha contribuido a llenar de contenido la expresión suelo ético y ha ayudado con ello a la generación de una opinión pública cada vez más activa contra las violencias injustas. Un posicionamiento social que ha resultado decisivo al empujar a ETA al escenario de su disolución orgánica, cosa que hasta hace muy poco era totalmente inverosímil.

2. En las declaraciones y textos del obispo Setién, es imposible encontrar complicidades con el terrorismo ni posiciones equidistantes. De acuerdo con su opinión, se hacía preciso conocer la naturaleza del fenómeno terrorista para arrancar las raíces socio-políticas en las que se sostenía y poder trazar así una lucha antiterrorista eficaz.

Setién, en este sentido, llamó a distinguir entre la causa final marxista revolucionaria de ETA y el papel puramente estratégico que cumpliría su demanda de liberación para Euskadi. En algunos medios se ha escrito estos días que, al elevar a ETA al “rango de revolucionarios”, Setién solo buscaría justificar sus crímenes. Para el obispo, sin embargo, negarse a saber la verdad que subyace al terrorismo solo beneficiaba al engaño y conseguía obstaculizar el mutuo entendimiento que necesitamos para poder vivir juntos y en paz.

Además, esa falta de distinción entre objetivos finales revolucionarios y posiciones táctico-estratégicas nacionales “no dejaría de tener graves consecuencias en el planteamiento mismo de la lucha contra el terrorismo” (cfr. JM Setién. Bases éticas para la paz, 2003). Consecuencias que todavía se presentan, en su mayor nivel de gravedad, cuando llega el momento de llevar la crítica hasta cuestionar la validez de los planteamientos ideológicos que justificaron el uso de todos los medios de lucha, pero se acusa injustamente al nacionalismo vasco de estar el origen de una violencia que fue desde el inicio revolucionaria con lo que se proporciona al terrorismo una cortina de humo infalible para su camuflaje ideológico.

3. En todos sus documentos, el obispo Setién diferencia con claridad la fuerza legítima que corresponde ejercer al orden legal democrático de la violencia ilegítima e injusta que practican los terrorismos. En el contexto de una lucha antiterrorista necesaria para preservar la libertad y la seguridad de las personas, Setién consideraba que la actuación de la fuerza pública está éticamente justificada, siempre que se produjera en el marco de la legitimidad democrática y no vulnerase los derechos fundamentales de las personas.

Ciertamente, la constante del obispo fue un rechazo radical a las prácticas sucias y también injustas (GAL, torturas, …) de un antiterrorismo que buscaba una ‘eficacia’ no sujeta a restricciones ético-democráticas, aunque fuera justificándolas como un mal menor ante el embate terrorista. De ahí que proclamase que “la lucha antiterrorista no autoriza la utilización de cualquier medio que pueda parecer útil para eliminar el mal social del terrorismo” (cfr. JM Setién. Bases éticas para la paz, 2003).

4. Arrancar las raíces socio-políticas del terrorismo debía conllevar la búsqueda permanente de nuevas fórmulas de integración política, que consiguieran ampliar la base social que respalda el sistema. Eso podía hacerse perfectamente sin estar condicionados a lo que hiciera o dejara de hacer ETA, porque de esta organización “hay que decir que es un mal que debe desaparecer, incluso para buscar la justa solución al llamado conflicto vasco” (cfr. José María Setién. Un obispo ante ETA, 2007). ETA no representó nunca a los vascos.

Invariablemente, Setién planteó el valor de la verdad como clave para el acceso a los valores de la justicia, la libertad y la solidaridad, imprescindibles para construir dinámicamente la paz y la convivencia socio-política. No obstante, la persistencia de una estrategia de doble verdad, llevaría a desfigurar la realidad en función de los intereses políticos o económicos en conflicto y podía convertir a la ética en una dimensión subordinada, tras la que se parapetarían dichos intereses. Es imposible reconstruir la sociedad vasca desde el faccionalismo ético. Por ello, de manera incansable, el obispo había llamado a la renuncia a estas estrategias de doble rasero que buscaban someter la dignidad humana a su exclusivo provecho.

5. Setién no es solo el obispo que ha destacado por la promoción de la paz y la reconciliación vascas. Otros artículos han reseñado fielmente otros aspectos destacados de su obra como pastor de la iglesia guipuzcoana. En mi caso, solo puedo remitirme al ámbito en el que nos hemos relacionado y le he conocido, a través de infinidad de conversaciones que hemos tenido, los dos solos o en grupo, desde hace casi 25 años. He de decir que siempre encontré en él una disposición abierta a la escucha y al diálogo.

Fue un obispo entregado a su misión, en un periodo trágico que la inmensa mayoría de los vascos no hubiéramos querido vivir. Si tuviera que resumir en una frase su legado, diría que postuló la vigencia de una ética insobornable ante el empuje de filosofías que apostaban por la eficacia y legitimaban el engaño como valores supremos. Como conclusión final, a nosotros nos corresponde no bajar la guardia, porque en este país todavía es fuerte la influencia de esas concepciones que Setién combatió.