Alarde con sabor a estreno y despedida

Antzuola representó ayer bajo la lluvia su Mairuaren Alardea, en un día en el que Lander Domínguez se metió por primera vez en la piel del general y José Ángel Arbulu dijo adiós a su papel como oficial de las tropas.

Un reportaje de Anabel Dominguez f Fotografía Gorka Estrada - Domingo, 15 de Julio de 2018 - Actualizado a las 09:43h.

Antzuola volvió ayer a dar una lección de historia. Cercana para sus vecinos. Propia. El califa Abderramán III y el rey Sancho I Garcés resucitaron un año más por estas fechas para repasar los hechos acontecidos durante la batalla de Valdejunquera el 26 de julio del año 920. Lo hicieron en el marco del Alarde del Moro, una celebración que ensalza el sentimiento, la identidad y el orgullo de los antzuolarras.

La intervención del capitán y el rey árabe que desfila desde 1881, se aderezó con los dantzaris, txistularis, los bertsos de Iparragirre, los fusiles y cañones envueltos en su olor a pólvora… Cada elemento y detalle de la puesta en escena se entrelazaron en un día en el que la lluvia condicionó la representación. De principio a fin.

 Gran parte de las miradas del público las acaparó la persona encargada de meterse en la piel del general del ejército de Antzuola, Lander Domínguez, que cogió el testigo de Joseba Iparragirre tras su retirada el año pasado, cuando cumplía la mayoría de edad dando vida a este personaje.Domínguez se estrenaba así en uno de los papeles principales, el de liderar las tropas antzuolarras. Los nervios que afloraron en las jornadas previas a la cita de ayer se fueron atemperando a medida que entraron en faena. Para las 19.00 horas ya estaba toda la formación reunida, dispuesta a recorrer las calles con los txistularis al compás de la Marcha de fusileros. Llegados a la Plaza, el mando pasó revista a los batallones, y acto seguido, el coro cantó los bertsos que el urretxuarra José María Iparragirre dedicó a la localidad. A continuación, arrancó la representación, que plantó cara al mal tiempo. Mairuaren Alardea aguantó estoicamente bajo los fuertes chaparrones y cumplió con la tradición.

Desde su montura, Domínguez abrió la arenga que a partir de 2011 suena en euskera antzuolarra, fruto del proceso iniciado dos años antes por el que esta vieja exaltación local se renovó y rejuveneció la escenografía bajo criterios del siglo XXI. En los alrededores, numerosas personas asistían como público a esta función en la que participan más de 180 vecinos, entre hombres y mujeres.

pase del bastón “Para quienes vivimos el Alarde es un honor ser el general”, afirmaba Domínguez, que recibió la vara de mando de manos de su antecesor, Joseba Iparragirre, que ayer se enroló en la formación de txistularis. El acto tuvo lugar después de la rendición del califa Abderramán III, dentro de una escena que toma cariz de hermanamiento, de respeto entre culturas y religiones, más que de orgullo vencedor y humillación.

Y del estreno a la despedida. El Alarde del Moro tuvo un cierre emotivo. José Ángel Arbulu ejerció por última vez como oficial de las tropas, y su dedicación y compromiso durante 35 años fueron aplaudidos en un afectuoso homenaje. El alcalde, Beñardo Kortabarria, entregó a Arbulu un sable en nombre del Consistorio y Mairuaren Alardea Elkartea. También se le agasajó con el sonoro reconocimiento de una salva conjunta de cañones y fusilería.

Ayer, el principal rito de autoafirmación de la comunidad antzuolarra se renovó un año más. l