Antton Longarón Última generación al frente de la tienda Confecciones Longarón

“Me entristece saber que voy a ver el cierre de la tienda familiar, un comercio fundado en el año 1886”

Antton Longarón nos recibe en Confecciones Longarón, una de las tiendas con más solera de Tolosa. Recuerda los avatares de toda una vida detrás del mostrador

Marta San Sebastián - Martes, 10 de Julio de 2018 - Actualizado a las 06:03h.

Tolosa - Las horas y los días pasan despacio para Antton Longarón. Le emociona recordar cómo su bisabuela Eduvigis llegó a Tolosa desde el Valle del Pas (Cantabria) con su madre viuda en un carro con un caballo en busca de una vida mejor para fundar en 1886 Confecciones Longarón. Acompañado siempre por su perra Lutxi, Longarón se conmueve al constatar que está viendo el fin del negocio familiar.

Los fundadores de la tienda, sus bisabuelos, no eran de Tolosa, ¿cómo llegaron aquí?

-Mi bisabuela Eduvigis Blanco partió con su madre, que se quedó viuda muy joven, del Valle del Pas recorriendo toda la costa cantábrica para llegar a Tolosa, donde se instalaron. Salieron a buscarse la vida e iban a los pueblos haciendo venta ambulante. A mi bisabuelo, Antonio Longarón, que era de Zaragoza, le tocó hacer la mili en Loiola y conoció a mi bisabuela, con la que se casó. Siguieron vendiendo en las ferias, pero decidieron asentarse y compraron todo un bloque en la calle Mayor de Tolosa y en el bajo abrieron la tienda.

Entonces empezó la historia de Confecciones Longarón.

-Sí, pero en Tolosa se la conocía popularmente como “Pasiego Denda”, porque la gente los conocía como los pasiegos. Vendían ropa para los baserritarras, para los trabajadores de los oficios, el azul de Bergara... En aquellos tiempos la ropa no venía confeccionada como ahora, y había dos sastres que trabajaban aquí.

Pero la época dorada del negocio llegó con sus abuelos, ¿no es así?

-Sí, venían muchos baserritarras de los pueblos y se convirtió en un referente. Recuerdo anécdotas que contaba mi abuelo. Muchos baserritarras de la zona de Leitza y Berastegi iban a Francia a trabajar como leñadores y cuando volvían a casa pasaban por aquí. La ropa sucia la metían en una bolsa y en la misma tienda se vestían la nueva para volver al pueblo “decentemente”.

Inundaciones, la guerra... ¿la tienda ha vivido momentos duros?

-La guerra fue terrible. Robaban en la tienda, los dejaban arruinados... pero la tienda nunca cerró. Entonces mi padre tenía 13 años y todavía dice tener pesadillas con aquellos momentos. Al tener una tienda mi abuelo era considerado burgués, y tuvo que esconderse para que los rojos no lo fusilaran. Al entrar los franquistas en Tolosa, varios amigos de mi abuelo tuvieron que escaparse a Francia y mi abuelo se ocupó de sus negocios, haciendo ver ante los franquistas que eran suyos. Cuando regresaron devolvió a cada uno lo suyo. Me emociono al recordarlo.

Años más tarde sus padres tomaron las riendas del negocio...

-También les tocaron buenos años de trabajo. Las fábricas y papeleras de Tolosa hacían muchos pedidos de ropa para sus trabajadores, llegamos a tener pedidos de hasta 80 empresas para toda su plantilla. Recuerdo que cada uno venía a la tienda a por sus prendas con el vale que les daban en el taller.

¿Y usted siempre ha estado vinculado al negocio familiar?

-No... Yo estudié Bellas Artes, después Arte y Decoración, y estuve muchos años fuera de Tolosa, pasando temporadas en Barcelona, Ibiza y Formentera con una vida un poco hippy. Con 37 decidí volver a Tolosa, porque veía que mis padres estaban agobiados con la tienda. Desde entonces he estado detrás del mostrador, al principio con ellos y los últimos años solo.

¿Siempre le ha gustado el trato con la gente?

-Sí, eso es lo más bonito. Yo no tenía ni idea de euskera, y he aprendido tarde en la tienda. Me encanta que me cuenten historias.

¿Cómo ha cambiado el comercio?

-Totalmente. Antes, por ejemplo, un lunes, que había feria de ganado en Tolosa, no parábamos de vender. Si abríamos un poco tarde, solíamos tener cola en la puerta. Ahora puede pasar un día entero sin que entre nadie en la tienda.

¿Cómo ve el futuro?

-Negrísimo. Tengo 62 años y no sé si podré jubilarme a los 65. Me da tristeza ver que esto se acaba conmigo.