Tribuna abierta

De Ekin a ETA

Por Joxan Rekondo - Martes, 10 de Julio de 2018 - Actualizado a las 06:02h.

durante años, ETA respondía a una épica que consideraba posible el fracaso, pero no la cesión o el abandono. Se podía fracasar, nunca ceder. Ceder era desaparecer, y desaparecer implicaría ceder. Ahora, sin embargo, ETA se ha visto forzada a disolverse.

En una entrevista publicada hace casi dos meses, la última dirección de ETA asegura que sus siglas seguirán ahí “como testigo de una larga fase del movimiento y el proceso de liberación”, porque ETA es más que una organización (Gara). Puede concluirse que el legado de ETA a la izquierda abertzale pretende evitar la cesión más dolorosa, la desaparición de sus atributos más emblemáticos, por cuanto puede significar la destrucción de su trayectoria histórica, depósito principal de la experiencia revolucionaria vasca.

Disuelta ETA, su último combate se prepara en el escenario del relato. Ciertamente, cada vez es más difícil encontrar, fuera del núcleo duro de la izquierda abertzale, a quienes defiendan a la organización en su ejecutoria completa, desde el inicio de su recorrido criminal (1968) hasta su reciente final. Pero no faltan quienes sostienen que ETA sí representó en algún momento las aspiraciones de los vascos más consecuentes.

La deslegitimación del terrorismo hará necesario que esas opiniones sean públicamente contrastadas.

Pero también habrá que analizar en qué medida la ETA criminal llegó como consecuencia de los marcos subjetivos y objetivos bajo los que se organizaron y movieron los impulsores de la ETA original. Colocados en ese punto, cabe preguntarse si la evolución que siguió a la crisis del Eusko Gaztedi de finales de los 50 del siglo XX llevaba ya en germen la ETA que buscó combinar el crimen y la política.

Sin embargo, esta lectura de los hechos es tendenciosa. Por encima de todo, Agirre se volcó en mantener la Unión vasca en torno al Gobierno, objetivo que consideró imprescindible para la estrategia de resistencia y reconstrucción que sostenía en el interior, evitando siempre la violencia. Sobre esa base, que el Gobierno no hubiera respaldado la reorganización del Eusko Gaztedi de aquellos años sería completamente inconsecuente.

En este contexto, el Organismo Nacional de Eusko Gaztedi fue la materialización de la idea de Unión vasca proclamada por Agirre en un ámbito juvenil nacionalista que amenazaba con dispersarse. La participación en la nueva estructura ofrecía a los que se integraran un cauce autónomo para la acción, aunque sus militantes se vinculaban al partido través de la aceptación de sus “normas fundamentales”.

El impulso que la unión de los jóvenes vascos nacionalistas en una Eusko Gaztedi reconstruida (1956) recibió de la Lehendakaritza del Gobierno Vasco hay que entenderlo en este contexto, en el que se pretendía desactivar la tentación de acudir a las vías armadas y al mismo tiempo unificar a la juventud en una estrategia de reconstrucción del país a través de la movilización de la sociedad civil. Lo que se buscaba con esta estrategia era transformar progresivamente las bases de la convivencia social cotidiana, neutralizado la desnacionalización que estaba sufriendo el país a través de iniciativas que buscaban emprender proyectos patrióticos en los ámbitos de la educación, la cultura, la economía y otros.

Sin embargo, en el seno de la Eusko Gaztedi de Murua, renovada en 1956, la organización Ekin no llegaba a comprometerse con la plena integración interna. La reconstrucción social podía parecerles una vía lenta, por lo que sus miembros más representativos nunca abandonaron la atracción por la violencia y su disposición a practicarla, como forma de lucha prevalente. Además, funcionaron como una “sociedad secreta” (cfr. Jon Nicolás, nota en Documentos Y. Volumen 1) que quiso aprovechar su relación con las conexiones del PNV para captar prosélitos y no para la acción, lo que acarreó el incremento de la desconfianza por parte de la organización del Partido en el interior (cfr. Jon de Rekondo, A los 75 años de Gernika).

Fue esta actitud de los componentes de Ekin, y el enroque que provocó entre los dirigentes nacionalistas del interior, la que cebó el conflicto y terminó rompiendo el proyecto nacional de Eusko Gaztedi. Al poco de consumarse la ruptura, Ekin se transformó en ETA (fines de 1958), manifestándose como organización apolítica, definición que tendría consecuencias en su evolución futura.

En todo caso, con un origen marcado por su apoliticidad voluntarista y recelosos de la cultura política dominante entre las generaciones con mayor veteranía, el nuevo itinerario que siguieron los promotores de la nueva formación fue la tabla rasa, el corte con el pasado. No es, por lo tanto, extraño que ETA se viera abocada a una inestabilidad estratégica que la llevó a la imitación de las experiencias revolucionarias y a la postulación abierta de la guerra popular teorizada por el chino Mao Zedong.

Esta situación solo podía llevar al erratismo político o, alternativamente, a que la nueva organización violenta fuera atrapada por un ideario socialista revolucionario, que en aquella época mostraba un gran dinamismo y reputación (Argelia, Cuba, Indochina, …). Finalmente, la balanza se inclinó hacia esta última opción a través de un proceso de decantación casi natural, aunque ello supusiera la importación de un modelo extraño a la cultura del país. Fue el maoísmo vasco el que dirigió el debate y fijó los términos en los que habría de desplegarse la violencia revolucionaria de ETA, decidiéndose en 1968 por llevarla hasta su punto más agudo. Así, cuando ETA completó su maduración táctico-estratégica, se había naturalizado ya como una Organización Socialista Revolucionaria.

La reconstrucción social, el desarrollo de proyectos en los ámbitos más sensibles (educación, cultura, economía) para la supervivencia del país, podía parecerles una vía lenta, y sostenían además que hacer estas cosas contribuía a disfrazar el perfil duro del franquismo y retrasar su hundimiento. La arrogancia juvenista y la ilusión por una victoria rápida, la confianza en el poder mágico de una violencia con la que creían poder acelerar los acontecimientos, llevaban latentes los gérmenes de la degeneración.

ETA surgió en el marco de la lucha contra la dictadura, pero quiso deshacer el escenario de Unión vasca. Por eso, no tardó en obstruir la actividad del Gobierno en el exilio, legítimo representante de la Unión. De esta confrontación derivó la sima estratégica que separó a ambos. Los sucesores de Ekin se empeñaron en el choque frontal con el régimen para lograr su derribo por la vía rápida. El Gobierno, con los sucesores de Aguirre al frente, siguió apostando por revertir la desnacionalización y reconstruir día a día la infraestructura básica del país.

Llegará un tiempo en el que la crítica histórica pueda abordar con suficiente profundidad y detalle cuáles fueron los elementos más relevantes que, durante todo este tiempo, han movido a nuestro país en una línea de progreso y cuáles lo han lastrado. De ahí el valor de la transmisión social de la memoria, para distinguir las acciones generativas que nos han conducido a un resurgimiento político, educativo-cultural y socio-económico de las actuaciones de los agentes que nos llevaron a la tragedia del terrorismo.