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Al suelo, que vienen los nuestros

La nefasta idea de Martínez-Maillo de dar el voto decisivo a los compromisarios en el proceso de designación del sustituto de Rajoy dejará un PP roto en su momento más débil

Juan Mari Gastaca - Sábado, 7 de Julio de 2018 - Actualizado a las 06:03h.

fernando Martínez- Maillo nunca imaginó que su abigarrada propuesta para proteger al núcleo duro dirigente del PP en una primarias por medio del voto decisivo de los compromisarios oficialistas arrastraría al partido a una descarnada lucha intestina. Maillo, en realidad, solo quería ensombrecer la propuesta aperturista de Cristina Cifuentes en favor de las bases, sobre todo para desinflar las ínfulas de una lideresa de quien nunca se fio. El fatídico error de los principiantes que se asoman a una exigencia democrática que saldrá muy caro porque la ruptura y las reticencias entre compañeros se han inoculado para demasiado tiempo.

En su búsqueda inesperada de sustituir precipitadamente a Mariano Rajoy, los populares se han dado un tiro en el pie. Basta una rápida lectura del estrecho margen entre los dos candidatos preferidos de la afiliación para que las especulaciones sobre la suerte final de un congreso proyecten un contubernio de luchas intestinas. El escenario propicio para llevarse por delante el mínimo debate sobre la regeneración democrática, la actualización ideológica y el posicionamiento estratégico, precisamente cuando el partido más necesita rearmarse en plena sacudida moral por el descalabro de la corrupción y la pérdida de poder. Nunca mejor ocasión ante semejante refriega para convertir en carne mortal la sabia advertencia de Pío Cabanillas “al suelo, que vienen los nuestros”, incluido el uso del fuego amigo.

Soraya Sáenz de Santamaría digiere una victoria amarga. Pablo Casado apura una coalición de intereses para voltear su meliflua derrota. María Dolores de Cospedal quiere morir matando. Un escaparate desalentador que garantiza la falsedad de una apuesta renovadora y, sobre todo, acrecienta el desánimo en un amplio sector cualificado del partido que ve imposible una imprescindible rehabilitación sostenible siquiera a medio plazo. Pedro Sánchez sonríe al fondo.

Quedan demasiados días para el congreso popular. Dos semanas para enredar son un exceso como se ha demostrado en la tediosa negociación de RTVE. Todo un mundo, por tanto, para agitar interesadamente la especulación y el juego sucio sobre una elección tan crucial y no solo para el PP. Es el momento propicio para asistir al minuto a minuto sobre el máster de Casado, para diseccionar las interminables ganas de venganza de la desahuciada Cospedal y, cómo no, las escaramuzas del grupo de los Aranzadi alimentados a los pechos de Moncloa. Madrid en estado puro, en la pura salsa de la insidia y del bulo interesado. Pero también la ocasión propicia para el fino estratega de cuello blanco. Un apuro demasiado desagradable para buena parte del establishment, sobre todo mediático, que asiste a esta pelea con el corazón dividido entre el agradecimiento por los favores recibidos en los últimos años y la incertidumbre de una elección plagada de incógnitas.

Paradójicamente, la duda hamletiana se ha apoderado de rebote de un partido acostumbrado a clamar contra la indecencia de esos pactos entre derrotados que le privaban de su éxito en las urnas (Javier Maroto, principal valedor de Casado, sirve de muestra). El dilema les quema ahora en las manos. Una alianza para descabalgar a la exvicepresidenta -la más alejada y menos contaminada del aparato, su cara y su cruz- ningunearía a los afiliados, evidenciaría amargamente la dependencia orgánica de los compromisarios y, desde luego, abortaría para siempre la legitimidad del berrinche de los populares para criticar, por ejemplo, la abrupta llegada del PSOE al actual gobierno. Más allá de que constituiría en sí mismo un hecho democrático incuestionable que admite la propia reglamentación de las primarias del PP, reflejaría una misma sensibilidad nada ficticia. Casado y Cospedal hablan el mismo lenguaje aunque les diferencie la edad. Pertenecen a un PP de discurso implacable con los nacionalismos, inflexibles con la veleidades sociales, difíciles de imaginar favoreciendo un día nacional del Orgullo Gay si un día vuelven a gobernar, el cordón umbilical con el aznarismo, la mejor opción para la continuidad de Sánchez en La Moncloa y el punto de partida para consolidar un bloque de centro-derecha junto a Ciudadanos. Es decir, claro que hay diferencias entre las dos opciones que se juegan la presidencia de un partido con responsabilidad de Estado.

Eso sí, Soraya debe saber que más de 60% de la afiliación está en su contra porque ahí hay que hablar de filias y fobias para prever el desenlace. Lo propio de una familia desunida.