Tribuna abierta

La demografía, ‘arma de destrucción masiva’

Por Jon Leonardo - Jueves, 5 de Julio de 2018 - Actualizado a las 06:03h.

los recientes informes relativos a la evolución demográfica del Estado español hechos por el INE en los que se muestra cómo el volumen de muertes supera al de nacimientos, confirmándose así la tendencia ya mostrada en el año 2015, han encendido todas las alarmas tanto a nivel del Estado como en Euskadi. Cuantitativamente, no cabe duda que la recesión demográfica que estamos viviendo representa la mayor amenaza a la que se enfrentan los países desarrollados desde hace muchísimos años. El último informe del INE no hace sino corroborar la magnitud de esta “sima”. Euskadi no es una excepción, como recoge un medio de comunicación: “Con los datos de los nacimientos y las defunciones, el año pasado se dio en el País Vasco un saldo vegetativo negativo de 4.563 personas. Este es el mayor descenso entre todas las comunidades solo por detrás de Galicia (-13.522), Castilla y León (-13.446) y Asturias (-7.140)” (Efe, 2018).

Cualitativamente, la cosa todavía es más preocupante. La tasa de natalidad es la más baja de los últimos 19 años, esto significa que hemos decidido generacionalmente no tener hijos. Suena muy fuerte pero así es, cuanto más se habla de solidaridad intergeneracional para enfatizar la responsabilidad frente a futuras generaciones, la sociedad del bienestar actual ha entronizado el carpe diem como leit motiv cultural de tal modo que el individuo moderno ha decidido que tener y cuidar hijos choca frontalmente con otros proyectos vitales más interesantes. Lo cierto es que si, por ejemplo, en Euskadi, la población menor de 19 años alcanzaba en el año 1976 la cifra de 754.000 y representaba el 36% de la población vasca, en el año 2016 ha descendido a la mitad: 394.000 jóvenes (18%).

¿Cómo explicar esta caída tan brutal de la tasa de natalidad? Se han intentado todas las explicaciones posibles, aunque, desde mi punto de vista, la mayoría de ellas han intentado exorcizar el demonio de la propia responsabilidad generacional. Se ha dicho de todo: falta de tiempo, desigualdad de roles, situación económica, falta de medidas políticas adecuadas…;todas estas respuestas y otras posibles no dudo de que son parcialmente ciertas, pero no explican el hecho (que no opinión) fundamental: “Existe una correlación inversa significativa entre grado de desarrollo económico y social y la tasa de natalidad”. Dicho de otra forma, cuanto mayor es el nivel de riqueza de los países, menor es la disposición a tener hijos. Es por ello que si el no tener hijos fuera, en sentido estricto, un problema estrictamente económico sería esperable que aquellos sectores de mayor riqueza tendrían una tasa de natalidad muy superior, y no solo no se da, sino que es todo lo contrario.

El contrapunto a lo anterior lo constituye la inversión producida en la pirámide de población, me estoy refiriendo al problema del envejecimiento. No cabe duda de que la modernidad ha supuesto un incremento notable de la esperanza de vida, en Euskadi desde 1976 (hace solo 40 años) la esperanza de vida ha aumentado en 9,3 años en el caso de las mujeres y 10,7 en el de los hombres;siendo en la actualidad de 80 y 86 años, lo que representa que cada cuatro años ganamos aproximadamente un año de vida. Este cambio es espectacular y parece que imparable, los expertos están hablando de que más del 50% de los nacidos a partir de 2010 vivirán por encima de los 100 años. No lo sé, pero lo que sí sé es que el “revolcón” demográfico es de tal magnitud que las sociedades modernas actuales “condenan” al más absoluto ostracismo a la población durante aproximadamente un tercio de su vida. Dicho de otra forma, si en los años 70 aproximadamente la población mayor de 65 años disfrutaba de una media de cinco años de esa jubilación, en la actualidad le falta muy poco para llegar a los 30 años. Podemos decirlo de otra forma, 1/3 de la vida de una persona (gran parte de ella perfectamente preparada y con una capacidad mental y funcional en buen estado) es totalmente disfuncional para el sistema, fundamentalmente porque este no tiene nada que ofrecerle excepto ser un espectador dedicado al consumo pasivo.

Si la calidad de vida se define fundamentalmente por la existencia de un impulso vital que posibilita desarrollar las potencialidades creadoras de los individuos y que la demografía ha ensanchado hasta límites poco menos que insospechados tan solo una generación atrás, la sociedad expulsa a esas mismas personas “condenándolas” a labores meramente residuales (viaje, ocio… siempre y cuando tenga medios, claro), a edades cada vez más tempranas, en un proceso de obsolescencia programado, negándoles una función social dentro del propio sistema.

Pero, si lo anterior ya de por sí es preocupante, qué decir de la variable migratoria que constituye el verdadero quebradero de cabeza de los responsables políticos actuales, y que concentra todos los “dolores de cabeza” de las sociedades desarrolladas actuales. He titulado este artículo: La demografía, un ‘arma de destrucción masiva’, no oculto que tiene un aire provocativo, pero no es menos cierto que si en el año 2003 la invasión de Irak se produjo bajo el temor manipulado de la opinión pública a las armas de destrucción masiva que supuestamente estaban en manos de esos países “malvados”, algo parecido pasa con el supuesto “potencial destructor” que se atribuye a los procesos migratorios actuales. En este sentido, no creo que sea una exageración decir que la incapacidad de Occidente para dar una repuesta a los procesos migratorios amenaza con llevarse por delante al propio sistema democrático tal y como lo hemos conocido desde finales de la Segunda Guerra Mundial. Los principios universales con los que la Carta de San Francisco de 1945 alumbraron el nuevo orden mundial hoy son poco menos que un brindis al sol;todas las sociedades occidentales han levantado muros, concertinas, espacios de excepcionalidad jurídica y demás, para evitar el “asalto a la fortaleza”, en definitiva, un agostamiento y cierre de Occidente sobre sí mismo, quebrando la universalidad en la que se sustentaba el orden democrático desde mediados del siglo XX en adelante y haciendo de este espacio la expresión de un egoísmo colectivo que hay que mantener a cualquier precio, no importa a quién haya que sacrificar.

Termino. Todo lo anterior quiere expresar algo que es obvio cuando se trata de tener respuestas que expliquen los comportamientos demográficos actuales. La demografía no es una ciencia explicativa que sobre la base de extrapolar el pasado nos explique el futuro, sino la condensación externa de profundos cambios sociales cuyas causas se sitúan en otro orden de cosas. Es en el ámbito de los modos de vida, de los valores vigentes en la sociedad donde hay que encontrar las explicaciones a lo que está sucediendo. No decidimos tener o no tener hijos porque el Estado nos lo imponga, o porque tenga o deje de tener una red de recursos;ni decidimos vivir solos o acompañados en función de las directrices de los políticos de turno…, de ahí el rotundo fracaso que determinadas políticas están teniendo. Esto no es óbice para reconocer la importancia que determinados recursos económicos y sociales puedan tener, pero el hecho decisivo es que la demografía es la variable inducida a través de nuestros sistemas de elección en torno a lo que consideramos deseable, a nuestras opciones de valor, a los proyectos vitales que llaman nuestra atención porque les otorgamos una cierta superioridad moral y demás. Y lo cierto es que en el momento actual la demografía ha entrado en colisión con nuestras aspiraciones individuales y colectivas. Hemos decidido no tener hijos, suena muy fuerte, pero es así cuando se analiza el problema desde la perspectiva generacional;tenemos otras cosas más “importantes” a las que dedicarnos. Idénticamente, hemos apostado deliberadamente por defender la privacidad al precio que sea, y para ello expulsamos a familiares y la soledad se ha apoderado de nuestra vida y los niveles de compromiso que establecemos con nuestro entorno se han debilitado enormemente. Utilizamos conceptos como: vecindario, comunidad, voluntariado…, como forma de expiación de nuestra ausencia, ¿por qué?, quizás porque como dice Bauman, la sociedad líquida necesita vínculos que puedan disolverse fácilmente sin comprometernos. Por último, hemos decidido no compartir el botín y tenemos a todos los “desheredados del reino” y “desposeídos” por nuestro egoísmo colectivo a las puertas de la fortaleza mendigando nuestras migajas, como Lázaro frente a Epulón. ¿Cuál es el futuro?, no lo sé, pero de lo que estoy seguro es que en el modo de resolución del problema migratorio está el Ser o No Ser de Occidente como proyecto emancipador.

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