Tribuna abierta

Contratiempo

Por Elvira C. García Vidales - Miércoles, 4 de Julio de 2018 - Actualizado a las 06:02h.

últimamente anda el patio sociopolítico muy revuelto. Como el tiempo. Tanto que una no sabe con qué panorama va a encontrarse cada día, o incluso a cada rato. Lo cierto es que por inercia sapiens-sapiens generamos expectativas. Más catastróficas o esperanzadoras (cada quien ya sabe de qué pie cojea), proyectamos en lo presente un futuro a la imagen y semejanza del foco desde el que miramos y, en consecuencia, desde el que decidimos y actuamos.

Desde que oficialmente diéramos paso a la primavera y, hace unos días, al verano, la mayoría subimos las persianas deseando que, por fin, salga el sol… Pero según las previsiones nos espera un estío con “tiempo catastrófico”. ¿Y cuál no lo es? Si el año pasado tuvimos uno de grandes sequías y anhelábamos la lluvia… El pobre nunca sabe cómo acertar con los humanos.

En las últimas semanas este “contratiempo” ocupa nuestras conversaciones de ascensor, los preludios de las reuniones de trabajo, la decisión de los planes familiares… Nada nuevo bajo la txapela. Ya lo viene haciendo desde que, más nuestro instinto que el consciente, entreviera el impacto que este factor tiene en los procesos biológicos, en el estado de ánimo, en la organización social, en el entorno físico, en la economía… Una red retroalimentativa que Ernst Haeckel acuñó en el siglo XIX como Ecología.

Estamos ligados a los elementos del clima, que englobamos coloquialmente en el “tiempo” , como el aguijón al veneno. La presión atmosférica, la presencia del sol, la temperatura, la humedad, las precipitaciones, la fuerza del viento, la densidad de la niebla… ¿A quién no le condicionan en su día a día? Afortunadamente, aún no podemos controlarlos… ¡Y menos mal!

Según la hipótesis Gaia, el planeta se autorregula. Es decir: es un ente vivo y coherente en sí mismo que domina sus condicionantes esenciales, para asegurar un equilibrio que genere un entorno hospitalario para las especies que lo habitamos. No obstante, me da la sensación de que somos muy desagradecidos con este bello y generoso gesto planetario. Desde que en 1972 se constituyera el PNUMA (Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente) sus informes sobre la situación medioambiental nos alertan, cada vez con mayor apremio, que el cambio climático enseña algo más que la patita. Y si cada cual desde su ámbito de actuación no hace autocrítica y transforma definitivamente sus erróneas pautas cotidianas, pronto será irreversible.

Organismos institucionales y a pie de trinchera apuestan por proyectos e iniciativas que nos hagan concienciarnos y cambiar el eje de nuestra política glolocal hacia el verdadero, y no propagandístico, desarrollo sostenible (nacido al amparo de la Ética del Desarrollo en 1987). Lo que se traduce en el hecho de poner la Ecología, en vez de la Economía, en el ojo del huracán. Pero volvamos a pie de calle.

Oigo constantemente ese argumento fatalista que dicta que por mucho que cada cual haga, eso no va a cambiar nada y que, por tanto, ¿para qué? Una excusa que esconde pereza, ignorancia, comodidad, irresponsabilidad, soberbia o la incapacidad de concebir la magnitud de un monstruo “abstracto” cuyas consecuencias serán más catastróficas que esperanzadoras. Una excusa que niega lo evidente: que la temperatura del planeta sube, que los polos se derriten, que los cambios meteorológicos son más frecuentes, bruscos e intensos, que se transforman los ecosistemas y las formas de vida, que hay especies en riesgo que agonizan y se extinguen, tan imprescindibles como las abejas… “Yo no puedo hacer todo el bien que el planeta necesita, pero el planeta necesita todo el bien que yo pueda hacer”, clama uno de los arrolladores lemas de Greenpeace. Cada esfuerzo cuenta. Cada detalle cotidiano reduce nuestra huella ecológica como individuos, como sociedad, como especie. Y daré un par de ejemplos recientes más allá de la indispensable regla de “Reduce, Reutiliza, Recicla”.

Con la primavera llegó también a la agenda mediática un problema latente de consecuencias terribles: el llamado océano de plástico (recomiendo el documental de Graig Lesson). Según The Daily Prosper, el 80% de los residuos plásticos que termina en el mar proviene de prácticas inapropiadas en tierra, habitualmente de zonas costeras (cuanto más pobladas y turísticas, mayor la cantidad de estos desechos). Estos tardan más tiempo en biodegradarse y, lo que es peor, a causa de la erosión, el plástico se desmenuza en diminutas partículas. Las consecuencias de su acumulación son nefastas para las especies marinas y para la salud de los fondos oceánicos;así como para las personas, ya que a través de la cadena alimenticia sus químicos acaban en nuestros estómagos… Por no hablar de la reducción de la pesca y, por tanto, el perjuicio a este sector de la economía. Solo en Europa se destinan 630 millones anuales a la limpieza de costas y playas. ¡Imaginen a cuántas cuestiones esenciales se podría destinar ese dinero si no fuéramos tan... marranos! Se me ocurre, por ejemplo, otro problema terrible relacionado con el mar en estos momentos… ¿A ustedes no?

Ahora rebobinen unos días atrás y recuerden cómo amanecieron las playas tras la noche de San Juan. La bochornosa imagen se repite año a año en nuestras costas (también en plazas y parques). Y no solo esta noche, sino cada fin de semana y con especial mención en fiestas patronales… Solo hay que pasearse por el Nervión en la Aste Nagusia de Bilbo. Una conducta asociada a la pereza, ignorancia, comodidad, irresponsabilidad o soberbia que no solo nos cuesta miles de euros limpiar, sino un impacto irreparable. En este sentido, y aunque la educación medioambiental juegue un pilar fundamental que me gusta concentrar en la máxima “Pensemos qué hijos vamos a dejarle al planeta”, me pregunto dónde están las políticas a distintos niveles que incidan sobre esta cuestión.

¿Dónde la gestión eficaz de residuos? ¿Dónde el gravamen de impuestos a los productos desechables, altamente contaminantes y no provenientes de material reciclado? ¿Dónde la prohibición a los bares, txoznas y organizadores de eventos de todo tipo en la distribución de vasos y cubiertos de un solo uso? ¿Dónde las sanciones a la ciudadanía por prácticas inapropiadas? ¿Dónde las multas a quienes por pereza, ignorancia, comodidad, irresponsabilidad o soberbia pasan de la repercusión de sus actos, o lo que es peor, se regocijan de ellos?

Mi segundo ejemplo tiene nombre propio: Rebajas. Sin duda, una de las herramientas estrella del capitalismo. ¿Sabían que ponerse una prenda 50 veces en vez de 5 (la media de la fast fashion) reduce las emisiones de dióxido de carbono (encargadas del calentamiento global y del agujero en la capa de ozono) un 400% por prenda al año? Según el portal EcoWatch, la producción de moda es la segunda industria más contaminante del planeta después de la del petróleo y sus derivados (otra vez el plástico…). La fabricación y elaboración de los materiales con los que se hace nuestra ropa y calzado supone la explotación agraria intensiva (en el caso del algodón) y el uso de componentes altamente contaminantes y no renovables (en el caso de los sintéticos como el nailon y el poliéster). Y en sendos casos, el consumo de grandes cantidades de agua para su producción y de tóxicos para tintar los productos que vestiremos y calzaremos según nos dicten los dogmas de las y los influencers del momento.

Para evitar las limitaciones que los gobiernos de países desarrollados ponen a esta industria, la mayoría de las empresas textiles y de calzado han desplazado su producción a países del sudeste asiático. Lo que conlleva un plus en las emisiones de CO2 asociadas al transporte. Por no hablar de la situación de absoluta desprotección laboral que sufren las personas (sobre todo mujeres y menores) que las confeccionan.

Y aunque cada vez proliferan más las tiendas de segunda mano donde se adquieren estos y otros productos en perfecto estado y que, además, pertenecen a entidades sin ánimo de lucro con fines sociales (Emaús, Koopera, Oldberri, REMAR, Humana, etc.), la cantidad de ropa y calzado que se desecha y, por tanto, se sigue produciendo alcanza las miles de toneladas al año. Por un momento repasen su armario: ¿de verdad con todo lo que tenemos no es suficiente para combinar nuestros looks según los caprichosos gustos que se marcan en cada temporada? ¡Todo vuelve! ¡Hasta las katiuskas!

Quizás (mi naturaleza esperanzada así lo espera), va siendo hora de que venzamos la pereza, la ignorancia, la comodidad, la irresponsabilidad o la soberbia de una vez, dejemos de ir a contratiempo y nos pongamos a su favor. Aunque durante este verano al subir las persianas no nos encontremos el sol tantas veces como nos gustaría (sí, también soy un poco catastrofista…). Y es que, no lo olvidemos, se lo debemos a él y a su capacidad de regular un entorno protector para nosotros… Ya lo cantaba Armstrong: ¡What a wonderful world!