Miguel Mari Larburu Misionero zumaiarra de los Padres blancos

“He tenido una suerte bárbara y todo lo que soy es gracias a la experiencia que viví durante 40 años en Argelia”

Miguel Mari Larburu (Zumaia, 1944) pasó más de 40 años como misionero en Argelia, y acaba de publicar su experiencia en el libro ‘De mar y arena’

Ane Roteta - Martes, 3 de Julio de 2018 - Actualizado a las 06:03h.

Zumaia - ¿Qué se encuentra el lector en el libro ‘De mar y arena’?

-El libro relata mi experiencia en Argelia, mi vocación una vez dentro de la Sociedad Misioneros de África, más conocida como los Padres Blancos. El título también incluye el mar, porque soy de una familia de marinos y esa era mi primera vocación. No obstante, con 18 años entré en los Padres Blancos, porque tenía claro que quería ser sacerdote obrero, es decir, no quería ser párroco de un pueblo, sino que quería estar con la gente. Así, después de realizar mis estudios en el seminario de Saturraran, Logroño, Francia y Canadá, con 25 años me fui a Argelia. Aquello me encantó y me dije esto es lo mío.

¿Qué trabajo desempeñó allí?

-Realicé mi trabajo como profesor en las escuelas profesionales de Argelia, sobre todo, en el desierto. Los Padres Blancos creamos una cadena de escuelas profesionales en todo el desierto. Hice un curso de soldadura mientras estaba allí y después me especialicé en dibujo de petróleo, así que seguí en esa área. Estuve en Adrar, una provincia al sur de Argelia cerca de la frontera de Mali, donde aún estaba todo por hacer cuando fui. Así que tuve muchísima suerte de estar allí, pero sobre todo fue una gran suerte para los chavales, porque ahora están muy bien formados. La situación ahora es mucho mejor. Además, Adrar tiene ahora al menos cinco facultades en el desierto y habrá entre doce y quince universidades.

¿Y cuándo puso fin a esa etapa?

-Volví en 2009 por un problema de corazón y fue cuando me metí en un proyecto a nivel europeo para seguir las evoluciones del Islam en Europa. Fue muy interesante pero al cabo de año y medio me dio un ictus y tuve que parar, así que comencé a trabajar en el ámbito de justicia y paz.

¿Y cómo surgió la idea de escribir este libro sobre su vida?

-La génesis del libro está en que tengo una amiga argelina que conocí allí pero que vive en Bilbao. Pensamos que quizá podríamos hacer una publicación con su experiencia de inserción en Euskadi, y de manera paralela, con la mía en Argelia. Finalmente el proyecto aún no ha salido, aunque tengo esperanzas de que podamos hacerlo en un futuro. Sin embargo, de ahí salió la oportunidad del libro, y para ello he contado con la ayuda de Koldo Aldai y Joseba Ossa.

¿Qué le ha dado como persona trabajar en Argelia durante 40 años?

-Todo lo que soy es gracias a esa experiencia. He tenido la suerte de haber vivido en una gran interculturalidad, de aprender lenguas y de estar con gente en una cercanía total. La gente de allí me acogió de una manera fabulosa. He tenido una suerte bárbara, y soy lo que soy gracias a ellos. Por otro lado, tengo el compromiso de proclamar aquí lo que he vivido allí.

¿Y cuál sería su mensaje a la sociedad vasca?

-Que por mucho que se diga que son sucios y que se aprovechan de las ayudas sociales, son personas encantadoras y que, además, también aportan a la sociedad. Son personas que han vivido momentos duros y para las que la situación no es fácil cuando llegan aquí. Mi trabajo es decir a la gente que son personas que han venido por necesidad y que todas las personas que llegan desde el Mediterráneo tienen el deseo de tener una vida mejor. Por último, diría que no olvidemos tan pronto, que no olvidemos nuestras emigraciones, y que se trata de una cuestión humanitaria.