Tribuna abierta

A vueltas con la soberanía y la capacidad de decidir



Los que tenemos a Euskal Herria en la cabeza y en el corazón debemos trabajar por una Euskadi competente, convivial y con algo que aportar al planeta. La fórmula geopolítica que tendrá Euskal Herria, digamos en 2050, dependerá en gran medida de ello.

Por Javier Elzo - Viernes, 29 de Junio de 2018 - Actualizado a las 06:03h.

Hace unos días, al menos dos ministras del nuevo gobierno de Madrid declararon que la soberanía reside en el Parlamento español y que “el derecho a decidir” no forma parte de su agenda, mientras que, bien al contrario, 175.000 personas unieron las tres capitales de la CAV, convocadas por la plataforma Gure Esku Dago afirmando, aun con acentos distintos, que se abre un nuevo ciclo sobre el derecho de los vascos a decidir su futuro. Mis demonios particulares me llevan, una vez más, a darle vueltas al tema de las soberanías que, a la postre, no es otra cosa que dilucidar donde está el sujeto político con capacidad real de decidir, y de decidir qué. Una reciente lectura me ha impulsado, también, a escribir estas líneas.

En el número 273 de la Revista Iglesia Viva, de enero-marzo de 2018, hay una larga conversación de 24 páginas entre la directora de la revista, Teresa Forcades, y un exjuez, durante doce años, del Tribunal Constitucional Federal de Alemania, Dieter Grimm. Reflexiona sobre las relaciones entre la justicia de cada estado miembro y el Tribunal de Justicia Europeo, convertido en instancia superior en la actual Unión Europea en construcción. De ahí que, en la conversación, se aborde la cuestión de la soberanía, más allá del solo ámbito jurídico. Parafraseo algunas de las ideas centrales del juez Grimm.

Soberanía y derechos de soberanía. El juez alemán hace una distinción entre la "soberanía" y los "derechos de soberanía" particulares. Los Estados han transferido una serie de derechos de soberanía a la UE, pero no la soberanía que reside en cada uno de los Estados miembros. Ante una cuestión de carácter social, afirma que una Europa social presupondría una mayor transferencia de derechos soberanos a la UE, pero no necesariamente suspendería su soberanía. Aunque lo que obstaculiza una unión social no es tanto la soberanía nacional cuanto la dificultad práctica. Los sistemas de seguridad social de los Estados miembros son tan diferentes que la unificación es casi imposible. Y, añade el juez, que transformar los ejércitos nacionales en un ejército europeo supondría un impacto mucho mayor en la soberanía nacional que la instauración de una unión social. En este momento, no ve ninguna disposición en los Estados miembros a renunciar a su soberanía. Es ahí, precisamente ahí, donde se da de bruces el presidente Macron cuando, en varias ocasiones el presente año (en febrero en la Sorbona, en mayo al recibir en Aquisgrán el Premio Carlomagno) propugna la soberanía europea.

Cuando la cantidad deviene calidad. Volvamos al juez alemán. Afirma que, en el futuro de la UE, se producirán otras transferencias de soberanía, pues el número de problemas que ya no se pueden solucionar de manera efectiva en el marco de los Estados no disminuye, sino que crece. Y añade una precisión que juzgo capital: "Uno no debe olvidar que hay un límite detrás del cual la cantidad da un vuelco en calidad. Los Estados miembros siguen teniendo la mayoría de los derechos de soberanía. Pero puede suceder que cedan tantos derechos soberanos que la parte restante ya no merece el nombre de soberanía". Y pone como ejemplo que, en la actualidad, se discute si la unión monetaria podrá tener éxito, si no se produce también una unión de la política financiera y económica. "Eso sería un nuevo desplazamiento de competencias de gran alcance. Lo mismo vale decir de la ampliación de la UE a una comunidad de defensa. Está en discusión una unificación del derecho de asilo", subraya. Si esos desplazamientos de competencias se llevan a cabo, la pregunta se impone: ¿no sería más exacto decir, siguiendo la terminología del juez Grimm que, entonces, la "soberanía" residiría en el Parlamento europeo, y que los parlamentos de los Estados miembros se limitarían a los, cada día, más menguantes "derechos de soberanía"? Pensando en Euskadi respecto de España, y si tuviéramos, ¡al fin!, las plenas competencias asignadas al Estatuto de Gernika, ¿qué sujeto político, Euskadi o España, sería "soberano" y cual ejecutor de "derechos de soberanía", siguiendo la distinción del juez alemán?

Subsidiariedad no aplicada. Al abordar las cuestiones de las naciones sin Estado en una Europa de los Estados, nuestro juez echa mano del principio de subsidiariedad, que está en los Tratados de la UE desde 1992, recuerda, pero se ha quedado en letra muerta pues no ha sido nunca aplicado. Lamentablemente, puntualiza, pues las cuestiones que puedan ser resueltas a un nivel más cercano a los ciudadanos, deben mantenerse ahí y que el nivel superior solamente se ocupe de lo que el nivel inferior no pueda asumir. Y añade, "deberíamos hacer a nivel europeo lo que hacen todos los Estados federales: distinguir de forma selectiva lo que puede ser legislado a cada nivel, es decir, crear un sistema escalonado de competencias legislativas" aunque en Alemania es más fácil pues "Alemania es mucho más homogénea que España".

Sentimiento de pertenencia. Pero, trasladar el debate sobre las soberanías (o sobre los derechos de soberanía, lo que viene a ser soberanía compartida) a un debate sobre las competencias legislativas, ¿supone, en la práctica un avance? Tiendo a contestar afirmativamente. Considero que el concepto de soberanía que, en principio, o es absoluta o no es soberanía, está ya, de facto, superado e, incluso, sostengo que es polemógeno. Claro que más de uno me argüirá, con razón, si la cuestión de la nación, de la nacionalidad, se limita, entonces, a una mera descentralización administrativa (poco importa que sea en el marco español, francés o europeo), a la postre a una distribución de competencias a nivel local, autonómico (de Territorios Históricos, además, en Euskadi), estatal, europeo y planetario. Mi respuesta es negativa, por supuesto. Pues falta un ingrediente capital, central, para muchos incuestionable: su sentimiento de pertenencia que es tanto más importante a medida que la sociedad, el mundo de nuestros días, es más global, más plural. Pero el sentimiento de pertenencia no tiene por qué circunscribirse al ámbito territorial competencial en el que, administrativamente, esté inscrito cada ciudadano. Los tres millones de vascos europeos estamos repartidos en la CAV, en Navarra, o en Iparralde. La CAV y Navarra están en España e Iparralde en Francia. Y los vascos de la CAV, Navarra e Iparralde, no tenemos sentimientos de pertenencia homogéneos sino, a menudo, fuertemente encontrados, mientras que muchos "pasan" de estos temas. 

Es desde estos mimbres que los que tenemos a Euskal Herria en la cabeza y en el corazón debemos mirar al futuro para que haya una mayoría de vascos, de habitantes en toda Vasconia (o ¿Baskonia?), autóctonos y los que vengan de fuera (ahora los 63 refugiados del Aquarius), que afirmen, con tranquilo y acogedor orgullo, “ni euskalduna naiz”. Lo que exige trabajar por una Euskadi competente, convivial, con algo que aportar al planeta. Esto me parece prioritario. La fórmula geopolítica que tendrá Euskal Herria, digamos en 2050, dependerá, en gran medida, de ello.