Colaboración

Tanto por hacer

Por Nerea González - Jueves, 28 de Junio de 2018 - Actualizado a las 06:03h.

Cuando leo un artículo en cualquier medio informativo sobre deporte femenino, siento la necesidad de dar voz a muchas deportistas y de abrir los ojos y mente a muchas personas. Es comprensible que el desconocimiento pueda hacer que mucha gente confunda las cosas, pero lo que no es comprensible es que la sociedad no alce la voz para visibilizar a las deportistas, sus deportistas.

Llevamos toda la vida escuchando que el deporte es salud;nos inculcan las virtudes de practicarlo;y nos bombardean con noticias de ejemplos de hombres que alcanzan éxito deportivo como motivación, para ver que el esfuerzo trae sus frutos. No voy a negar que últimamente leemos noticias sobre mujeres deportistas que también son ganadoras -en Gipuzkoa somos un ejemplo de ello-, y quiero centrarme, precisamente, en el camino realizado por esas mujeres.

Cualquier mujer que practica un deporte ha atravesado diferentes situaciones que discurren desde la ofensa hasta los halagos, pero siempre con un gran esfuerzo y poco reconocimiento. Entrenan duro, con un sacrificio que sólo ellas saben y con una gran invisibilidad mediática de sus campeonatos, torneos, ligas, exhibiciones… Alguna vez, algún medio se digna a relatarnos algo de sus proezas, de sus triunfos y de sus éxitos. Pero, ¿qué han ganado? Muchas veces poco más que una mención o una foto hasta que llegue la siguiente gesta, salvo contadas excepciones como este periódico.

Hay marcas comerciales que nos venden hoy en día su implicación con el deporte femenino, sin duda porque consideran que, desde un punto de vista del marketing, les resulta interesante vincular su nombre, su marca, con el deporte practicado por mujeres. Y les resulta interesante porque, aunque saben que estos equipos no tienen la visibilidad pública que merecen, sí son conocedoras de la situación de desigualdad presupuestaria que éstos sufren y de que, a efectos de marca, es positivo apoyar a quien padece la desigualdad.

Y así, en una acción legítima para todas las partes, solemos conocer a través de una fotonoticia y poco más que determinado equipo femenino ha firmado un patrocinio con una marca

Las administraciones públicas, por su parte, llevan años tratando de adaptarse a un escenario en el que nuevamente la sociedad y los movimientos feministas van por delante, exigiendo que se adopten medidas que contribuyan a equiparar, al alza, el apoyo al deporte femenino. La Diputación Foral de Gipuzkoa, por ejemplo, cuenta desde hace años con varios estudios que evidencian machaconamente la tendencia al abandono del deporte por parte de las jóvenes cuando estas alcanzan los 14-16 años. Pese a ello, aún no se han diseñado medidas eficaces para acabar con ese primer gran cribado de las jóvenes en el mundo del deporte. Y esto, en la medida en que afecta a la base del deporte, sí que es una realidad preocupante, más allá de lo que sucede a niveles deportivos de rendimiento o elite como los que seguidamente abordaré.

Ante este panorama, es necesario elaborar leyes y normas que reviertan la situación, de manera que nos comprometamos como sociedad en el diseño de una realidad más justa para todas, que trascienda la foto bonita o el buen rollo institucional con el equipo ganador de turno. Eso no es suficiente.

Y la muestra de que no es suficiente es la inexistencia prácticamente absoluta de mujeres deportistas profesionales -que contrasta con la realidad de los hombres- o los recurrentes problemas que tienen equipazos femeninos como el balonmano Bera Bera o el IDK Gipuzkoa de baloncesto para disputar competiciones continentales.

Sin cambios de raíz, desde la base, difícilmente se puede hablar de apoyo al deporte femenino. Primero, por ese abandono del deporte en la adolescencia al que no se ha buscado solución;y segundo, porque una mujer, en realidad, tiene infinitamente más complicado que un hombre dedicarse profesionalmente al deporte, ya que para entrenar, competir y vivir con dignidad se necesita dinero. Hoy por hoy, a diferencia de lo que pasa con ellos, el deporte no es una profesión para la mujer, sino una carga adicional o una gozosa vocación.

Y si ni el reconocimiento profesional ni las remuneraciones son las mismas, qué decir también de la diferencia abismal que existe entre los premios que perciben las mujeres y los de los hombres. El mero hecho de que sea noticia que en 2018, en pleno siglo XXI, los premios de la Bandera de La Concha vayan a ser de la misma cuantía tanto en categoría masculina como femenina nos señala lo interiorizada que está la desigualdad de género. Da la sensación, francamente, de que estas correcciones se hacen más por vergüenza que por convencimiento, aunque bienvenidas sean.

Para erradicar esta desigualdad, hay que hacer una apuesta clara por la visibilización del deporte femenino también en los medios de comunicación. Eso no es gratis, pero quizá es algo en lo que deberían implicarse las administraciones públicas, así como en mejorar las condiciones al patrocinio deportivo de equipos femeninos, que es clave para aquellos equipos que piensan en competir al máximo nivel. De esta revisión no escapan tampoco las federaciones deportivas, que deben desarrollarse más en materia de igualdad. Tanto para ellas como para la administración pública, la perspectiva de igualdad debe aplicarse de forma transversal en todas las acciones, planes y programas. De lo contrario, dentro de unos años nos veremos de nuevo celebrando que se igualan los premios de categoría masculina y femenina en otra regata. Y eso sería realmente bochornoso.

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