Verbomanía

La carretera

POR Pablo Orlando - Jueves, 28 de Junio de 2018 - Actualizado a las 09:23h.

Castilla y León, la historia de los siglos y el calor de finales de junio que ensordece hasta los pasos.

El encargado de la gasolinera me recibe alegre y sudoroso, mientras sirve los cafés a una pareja de extranjeros que despliegan un mapa sobre la mesa. “España es genial. Adoro su geografía y todas sus culturas”, dice ella con una marcado acento británico.

Yo pido otro café y, tras saludarnos amigablemente, me dicen que se dirigen hacia Tordesillas, pues él es un estudioso de los Reyes Católicos, y allí tuvieron cautiva durante casi cincuenta años a Juana la Loca.

Al arrancar nuestros respectivos coches nos despedimos como si nos conociésemos de toda la vida;sin embargo, nada más incorporarnos a la carretera en seguida pierdo de vista su descapotable rojo.

Yo voy hacia Toro (provincia de Zamora). En la radio suena una canción que me hace recordar a Jack Kerouac, aquel escritor errante que en las décadas de los años cincuenta y sesenta se curtió recorriendo los Estados Unidos de cabo a rabo.

Para poder amar es necesario conocer lo profundo. Salir del caparazón que nos ciega y nos enfría el alma.

Llego a mi destino cuando las campanadas de la iglesia dan las ocho de la tarde. Camino hacia las afueras para contemplar el Duero, pero mis pies terminan hundiéndose en el suelo arcilloso. No me cruzo con ningún lugareño hasta que llego a la Plaza Mayor, y una mujer me recomienda cenar en La Viuda Rica.

Después leo un rato y me acuesto con las ventanas abiertas escuchando el canto de las ranas. Pienso en la pareja de extranjeros que me encontré en la gasolinera;en mi hogar. Marchar para regresar. Regresar para, quizás, otro día volver a marchar. Aunque sabiendo que la verdadera libertad es la que uno lleva dentro.