Fidel Ernesto Narváez y Jessica Cisneros activistas nicaragüenses

“Vimos una llama de esperanza en las protestas, que rápidamente fueron respondidas con violencia y muerte”

Los nicaragüenses Jessica Cisneros y Fidel Ernesto Narváez visitan estos días Euskadi para dar a conocer “el estado de terror” que vive el país tras las protestas de abril

Alex Zubiria - Miércoles, 27 de Junio de 2018 - Actualizado a las 06:03h.

donostia - El pasado 18 de abril, Nicaragua inició a una serie de manifestaciones en contra del Gobierno de Daniel Ortega. Estas protestas fueron respondidas con violencia, dejando un reguero de 200 fallecidos que hoy en día continúa aumentando. Los activistas Jessica Cisneros y Fidel Ernesto Narváez, que participaron en las marchas, se encuentran estos días en Euskadi bajo la iniciativaCaravana Informativa de la Solidaridad Internacional con Nicaragua.

Los problemas en Nicaragua no comienzan en abril, sino que vienen de tiempo atrás.

-Fidel Ernesto Narváez: Claro. Con la revolución sandinista en los años 80 -la guerra civil que se dio en el país entre el bando sandinista, apoyado por la URSS, y los leales al presidente Somoza, defendidos por EEUU- se dio una apertura hacia unas leyes de participación política más plurales. No obstante, desde los 90 se están dando una serie de reducciones por parte del Estado, que se conocen como neoliberales y que no solo afectan a Nicaragua. Vimos sus devastadores efectos en Argentina con el corralito. Son reducciones de los derechos sociales argumentando que con ellos se creará más empleo, que reducirá la brecha social. Sin embargo, lo que se estaba haciendo era una reformulación de la constitución que permitía a los partidos liberales ir construyendo su poder desde abajo. Gracias a ellos y con la complicidad del gran capital, la Iglesia católica y Estados Unidos, consiguieron volver al poder en 2006. Una vez en él, repartieron los poderes constitucionales entre los liberales y los sandinistas, desplazando a la oposición con la fuerza.

Así, hasta las reformas al sistema de seguridad social que dieron pie a las revueltas en abril.

-Jessica Cisneros: Sí, fue el detonante final a todo lo que estábamos cargando los nicaragüenses desde hace once años. Primero, hubo una protesta por la quema de una zona de protección medioambiental que fue respondida con violencia de las fuerzas parapoliciales. Ese mismo día se anunciaron las reformas en la seguridad social, que afectaban directamente a pensionistas y jubilados y que aumentaban las cuotas de todos los ciudadanos para tener acceso a ella. En apoyo a los ancianos, salieron los estudiantes en Camino de Oriente y en la Universidad Centroamericana. Yo estaba en la primera y Fidel en la segunda, y en ambas nos respondieron con golpes. En consecuencia, se creó un efecto llamada en barrios populares protestando, que a su vez tuvo una nueva respuesta del Gobierno aún más represiva con asesinatos, torturados, uso de francotiradores y secuestrados. Así, hasta llegar al estado de terror que tenemos hoy en día.

En esa primera manifestación, ¿se imaginaban que el Gobierno pudiera llegar a esta represión?

-F.E.N.: Ambos ya teníamos un papel activo antes de las protestas. Sabíamos que cada vez era más difícil ejercer una oposición política, por lo que yo apostaba por una transformación más radical y no solo a pedazos. Esta no podía darse solo en una parte del Estado, sino que debía de darse en toda la sociedad. Había que cambiar la cultura política, las instituciones y las leyes. El 18 de abril vimos que las protestas no solo eran por la quema de las hectáreas o por la reforma social, sino que tomaban una nueva dimensión. Todos veíamos una llama de esperanza, que rápidamente fue respondida con violencia y muerte.

El papel de los jóvenes ha sido fundamental en las revueltas, pero también hay universidades que se han mostrado a favor del Gobierno. ¿Cómo se vive esa situación en la que un compañero puede estar en el otro lado?

-J.C.: Creo que en general hay una implicación política, por lo que si un joven no está en la calle en las protestas es porque está instaurado en el miedo. Tener un pensamiento crítico con el Gobierno significa la muerte y los principales asesinados son los jóvenes. Por este motivo, la única forma de hacer una oposición es mediante la clandestinidad.

¿Cómo es el día a día allí para los nicaragüenses? ¿Es posible llevar una vida más o menos normal?

-F.E.N.: Existe una crisis humanitaria precisamente porque no es posible llevar una vida normal. Todo lo que tiene que ver con la alimentación, la seguridad, el trabajo, ... ha sido mermados por el Estado con las armas. La vida en comunidad se ha reducido hasta tal punto, que tenemos una crisis alimentaria, de medicinas y de seguridad. El Gobierno trata de recordar esta situación para que la gente se olvide de la revolución. No obstante, históricamente siempre nos hemos encontrado en los índices de pobreza más bajos, por lo que no hay una necesidad de recordarnos cómo estamos. También es importante recalcar que a diferencia de lo que dicen los medios de comunicación de allí, la población no está armada.

Los propios medios de comunicación nicaragüenses no informaron de las protestas. ¿Cómo es posible estar así enterado de lo que ocurre?

-J.C.: Los medios generalistas comparten hasta los mismos titulares, no tienen una opinión propia. Pero también están los medios independientes que han sido críticos con el Gobierno desde antes de la reforma y que se han reforzado gracias a las redes sociales. Estas han sido un arma fundamental para documentar los actos de violencia y hacerlos públicos a nivel internacional.

Desde que comenzaron las protestas, ha habido dos mesas de diálogo que han acabado en nada. ¿Se lo esperaban?

-F.E.N.: Hablamos de una población que ya conoció la guerra, por lo que hubo cierta esperanza. Lo que no esperaban era que el Gobierno no tuviera ninguna intención de ceder en nada. Ni siquiera fue capaz de cumplir uno de los prerrequisitos para el diálogo: el del cese de la represión.

Sin embargo, la Conferencia Episcopal, que actuó como mediadora en las mesas, llegó a asegurar que los planteamientos civiles buscaban un golpe de Estado.

-J.C.: Hay que entender que dentro de la Iglesia hay dos vertientes: una que tiene lazos con el frente sandinista y otra que apoya en las calles al pueblo. Existe una balanza en ella que no se termina de inclinar.

F.E.N.: Además, fue el mismo Gobierno el que invitó a la Conferencia Episcopal a las mesas de diálogo a hacer de mediadores. Como tales, deberían presentar una agenda y que no se imponga la de ninguna de las otras partes. Fue un instrumento mediático que utilizó el Gobierno para llamar golpistas a los mismos que él llamó a sentarse a la mesa.

¿Han echado en falta una mayor implicación internacional?

-F.E.N.: A nivel latinoamericano la reacción ha sido muy tibia, salvo Costa Rica y Perú que han tomado acciones contundentes y han recibido a inmigrantes nicaragüenses. A nivel internacional, la izquierda ha estado muy dividida entre el carácter romántico del sandinismo o el apoyo al pueblo nicaragüense.

¿Qué Nicaragua les gustaría conocer en unos años?

-J.C.: Yo sueño con una Nicaragua con democracia horizontal, inclusiva y que tenga espacios de participación. Que la mayoría representativa esté en los barrios y en los pueblos. Pero sobre todo, una Nicaragua con justicia, porque no hubo en los años 80 y no la estamos viendo ahora.

FE.N.: Tenemos la oportunidad de aplicar la gestión de otros países como Colombia y Argentina que han sufrido dictaduras. Pienso que la revolución va a triunfar y que vamos a poder exportar también nuestro modelo a otros países centroamericanos.