Carlos Totorika Alcalde de Ermua

“Que yo sea un liberticida y que el señor que sale de la cárcel por haber pegado unos tiros sea un héroe me parece una basura peligrosa”

Carlos Totorika.

Totorika (Ermua, 1956) ha anunciado que deja la Alcaldía tras 27 años, casi tres décadas en las que aflora el recuerdo del asesinato de Miguel Ángel Blanco por parte de ETA

Jurdan Arretxe Javi Colmenero - Domingo, 24 de Junio de 2018 - Actualizado a las 07:34h.

Ermua - Carlos Totorika ha sido alcalde de Ermua desde 1991 y con la experiencia de esos años, en los que ha sido candidato a diputado general de Bizkaia y se enfrentó en 2002 a Patxi López para liderar el PSE, reflexiona sobre estos 27 años que llegan marcados por el asesinato de Miguel Ángel Blanco en julio de 1997.

¿Esperaba llegar aquí cuando se afilió al PSE en 1974?

-No, por supuesto que no, pero me ha ido siempre la actividad pública, el intentar cambiar las cosas… Era una forma de vida cuando me apunté a la actividad institucional, pero en el día a día he estado metido desde los 15 años, con los movimientos juveniles.

¿Qué supone para alguien ser alcalde de su municipio durante 27 años?

-Un esfuerzo personal importantísimo que solo se justifica por la convicción de que la sociedad se puede cambiar, se pueden hacer VPO en vez de vivienda libre, se pueden cambiar las calles ganando plazas públicas, infraestructuras deportivas… Son objetivos alcanzables y resulta muy gratificante conseguirlos. Le encuentro tanto sentido como tener una actividad laboral relacionada con la generación de riqueza, por ejemplo, en un banco, como hacía antes.

Con su trayectoria dentro del partido, ¿cómo ha cambiado, si es que ha cambiado, el PSE en estos 27 años?

-Ha ido evolucionando. El perfil humano no ha cambiado demasiado, veo gente con ganas de cambiar el mundo, el partido sigue basado en objetivos realizables, no cosas inalcanzables o populistas, y adaptado a los tiempos, en las políticas sectoriales y generales. No tanto el PSE sino el conjunto del PSOE, y la socialdemocracia me gustaría que se adaptaran más. Creo que estamos descolocados tras los últimos cambios con la globalización y las nuevas tecnologías. Espero que la socialdemocracia resuelva las claves de la globalización.

¿Qué supone que el nombre de uno quede ligado a una tragedia como la de Miguel Ángel Blanco?

-En esa enorme tragedia hay dos aspectos. Que a una persona del entorno alguien la secuestre, la amenace y la ejecute es un puñetero drama y es doloroso. No tiene otro nombre. Hubo otra circunstancia: la gestión de lo que sucedió en ese momento dramático pone en valor a ciudadanos que supieron superar lo que había detrás de ese asesinato. A aquel mecanismo utilizado por ETA para paralizarnos y tenernos bien asustaditos a todos para vendernos su proyecto se le dio la vuelta. Se convirtió en defensa de la libertad dándole la vuelta a la lógica del terrorismo. El ser humano es capaz de lo mejor y de lo peor, también entonces con aquella respuesta social y políticamente realista: a ETA se le podía echar un pulso, y se lo echamos.

¿En qué momento es consciente de lo que se enfrenta ese julio de 1997?

-Diría que hay dos aspectos relevantes que me tocaron gestionar. Por un lado, en lo que pasaba con Miguel Ángel, desde el principio tuve la impresión de que lo iban a asesinar. Lo que no tuve conciencia, como es lógico, era de que se podía convertir en aquel “hasta aquí hemos llegado”, de que se superara el miedo y, en lugar de estar en silencio, se gritara “ETA, no”, con la esperanza de que a ETA se le podía derrotar. De eso tuve conciencia a la semana. Habíamos dado fuego a una gran mecha.

¿Qué puede hacer un alcalde para canalizar los sentimientos ante semejante acontecimiento?

-Desde el minuto cero tuve la sensación de que el drama era fortísimo. Cuando le dieron fuego a la herriko (taberna) o paseando nosotros, uno le dio un puñetazo a un compañero mío socialista pensando que era otro de HB, vi que la violencia podía surgir también por nuestra parte. Me parecía absolutamente inaceptable y mientras tuviera responsabilidades, no me iba a mantener indiferente ante actos de violencia de cualquier signo. Cuando anunciamos el asesinato de Miguel Ángel y vi aquellas caras de terror, horror, rabia y no sé qué cosas más, no sabíamos qué hacer. Ni siquiera tenía un discurso preparado. Intenté pedir calma, decir que no éramos violentos, pero me di cuenta de que no me oían. Arrancar una manifestación (hasta Eibar) para que no saliera un grupo que diera fuego a un local de HB, a un bar, una paliza… pues salimos. Igual que cuando el incendio. No pensé en nada, cogí un extintor porque creía que no podía permitir que en mi pueblo se pegara fuego a las cosas. Tenía conciencia de ese grave riesgo.

Ha lamentado la manipulación del ‘espíritu de Ermua’. ¿Vale hoy?

-Ha sido un concepto con varias versiones. La básica funcionó muy bien: revelarnos contra ETA, que no nos quedáramos paralizados y echáramos un pulso. Los que participamos en ello creíamos que era un ataque a la libertad y a las personas. No tenía por qué ser nacionalista ni lo contrario, ni del PP ni del PNV, podía ser lo que quisiera, pero veíamos que era un ataque a la libertad. Decir que no íbamos a ceder fue muy importante. Las movilizaciones que hubo durante unos años fueron decisivas para que ETA recibiera el mensaje de que se había acabado el tiempo de que la violencia fuera útil. Tras aquellas movilizaciones, la lectura era que no había una pelea por el conflicto sino una defensa de los derechos humanos como elemento principal, y fue decisivo para ganar la batalla en Europa, la opinión pública española e incluso frente a los terroristas, que se dieron cuenta de que lo tenían complicado con excusas. El PP utilizó más de una ocasión el tema y entiendo que esas movilizaciones que en su momento tenían sentido, hoy no lo tienen.

¿Qué ha cambiado en este país, en Ermua, desde 1997?

-Nos sentimos más libres. Ha cambiado mucho a mejor;no lo suficiente, porque hay pancartas defendiendo a los presos, palabras de homenaje… Me parece problemático y grave. Vivimos mucho mejor, pero dependiendo de lo que hagamos hoy, construiremos un futuro u otro. Si los presos que vienen de las cárceles son héroes, los que estamos aquí, ¿somos carceleros franquistas como han dicho de mí esta semana en las redes sociales? Que yo sea un liberticida y que el señor que sale de la cárcel por haber pegado unos tiros sea un héroe me parece una basura peligrosa. Lo noto en algunos jóvenes y es inadmisible.

Jesús Eguiguren y usted acudieron por parte del PSE a la Conferencia de Aiete. ¿Dudó en ir Kanbo?

-No. En Aiete tenía sentido porque podíamos acelerar el proceso de abandono de armas por parte de ETA. En Kanbo, no. Me pareció una escenificación de ETA para decir que dejaba las armas, cuando las habían dejado antes. Era un intento de capitalización y cierre, creo que en falso. Eran dos momentos y dos mensajes muy distintos.

¿Por qué defiende que en falso?

-Porque ETA no condenó su pasado y me parece problemático. No hay un reconocimiento del papel histórico de ETA con la más mínima autocrítica. Ese paso, aunque muchos creen que no, lo van a acabar dando, porque la crítica a su propia historia es un elemento necesario para que Euskadi llegue realmente a un periodo de convivencia. Mientras tanto, habrá problemas en la sociedad, porque hay jóvenes que hacen la lectura que acabo de decir. Si eso es así, la tensión y la división seguirán. Son hitos importantes y en Euskadi falta el hito histórico de que ETA, igual que el franquismo, se reconozca que fue una basura para este pueblo y un grave perjuicio que no ayudó en nada ni a la libertad de Euskadi, ni los vascos ni nada, sino que fue un retroceso.

ETA se ha disuelto. ¿De quién espera esa autocrítica? ¿De los presos?

-En este momento, de Sortu, de Bildu, de HB… Los nombres han ido evolucionando. Sé que Bildu incorpora a gente totalmente distinta de EA o de Alternatiba que repudiaba la violencia, pero quienes participaron jaleando, animando, teniendo entornos donde ETA crecía, las herrikos… tienen una deuda histórica que la tendrán que pagar. Recuerdo muchos plenos durante años para exigir a los que se les llamó herederos del franquismo, del PP, que condenaran el franquismo. Esto va a seguir sucediendo, más mientras se hagan homenajes a los presos, porque los que no vemos a ETA como algo positivo tenemos que seguir reivindicando que esos señores no son héroes, porque sobre esas mentiras históricas pueden producirse consecuencias reales. ¡No es discutir por discutir! No podemos dar por bueno el franquismo porque hubo una auténtica barbaridad de declarar una guerra civil y asesinar a cientos de miles de personas. Con ETA, lo mismo, más pequeño, pero no puede ser.

Hemos oído a Pedro Sánchez y al ministro Grande-Marlaska proclives a estudiar el final de la política de dispersión. ¿Lo comparte?

-Siempre he creído que la política penitenciaria tenía que ver con una herramienta frente a ETA, no para perjudicar o hacer sufrir a los presos o sus familias. Esta política ha intentado que ETA no se fortaleciera también en las cárceles, donde el frente de makos era una parte muy importante de la organización. La dispersión tenía todo el sentido. No existiendo ETA, ese carácter de herramienta contra ETA, que era la parte principal, carece de sentido. Dicho esto, no voy a olvidar -porque a mi manera he sido víctima y he convivido con personas a las que se les ha arrancado un ser querido- que esas personas tienen derecho a que se les respete, a que si hay asesinatos pendientes, se les ayude a resolver. La democracia les debe una, ¿vale? Hay que tener muy en cuenta cómo viven este proceso las víctimas, las familias y sus entornos.

¿Cómo combinar estas posiciones?

-La democracia les debe una de respeto, evolucionar y compartir con ellos. Las aproximaciones de presos hechas de forma individualizada, ordenadamente y con rechazo del pasado tienen sentido. No veo la imagen de todos los presos a Euskadi porque es un triunfo del entorno abertzale que le ha echado un pulso a la democracia española con el PP, el PSOE o C’s. No lo veo, sería negativo para la democracia y no nos beneficiaría. Hechos de forma individualizada pueden tener un sentido y seguir avanzando en disminuir las tensiones sociales.

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