Editorial

Refugiados y migrantes, o el hogar o la vida

La permanente crisis humanitaria de los refugiados por todo el mundo retrata la egoísta desidia de la comunidad internacional y el fracaso global de las instituciones creadas el pasado siglo para evitar la repetición de estos desastres

Domingo, 24 de Junio de 2018 - Actualizado a las 07:34h.

en pleno debate político internacional sobre las políticas de acoso a las personas refugiadas y migrantes y cuando se cumple una semana de la crisis abierta por la decisión de Italia de cerrar sus puertos al barco Aquarius con más de 600 personas a bordo u otro día como el de ayer, con 700 inmigrantes rescatados en la zona del Gribraltar a bordo de treinta pateras, la UE sigue debatiendo fórmulas -y van tres años en esa indigna subasta de cuotas de seres humanos-, para buscar acuerdos que frenen el auge de los discursos xenófobos y ultraderechistas en el propio seno de la Unión azuzados por las políticas extremistas de Trump en EEUU. Las organizaciones internacionales de defensa de los Derechos Humanos denuncian la hipocresía de los países occidentales, que conmemoran la jornada anual dedicada a los refugiados, pero incumplen la legalidad internacional y sus propios compromisos de respetar y proteger los derechos de esas personas solicitantes de asilo. El número total de personas desplazadas de sus hogares por causas políticas, religiosas, étnicas, bélicas, etcétera buscando una vida mejor alcanza un año más un récord histórico, la mayoría hacinadas y abandonadas a su suerte en campos improvisados, sin saneamiento, alimentos o atención sanitaria. En todos los territorios del planeta Tierra hay millones de personas y familias obligadas a huir para garantizar su derecho a la vida. Los informes de organizaciones de solidaridad y defensa de los derechos humanos como Amnistía Internacional, Oxfam, Unicef, Unesco, Médicos del Mundo, Médicos sin Fronteras, Acnur, Cruz Roja y colectivos sociales y religiosos de solidaridad con las personas sobre la situación de los desplazados en el mundo sitúa a la comunidad internacional y a sus instituciones, pero también a los estados, ante la imagen de su propia y egoísta desidia, cuando no ante el absoluto fracaso de la organización y el derecho internacionales. La creciente influencia de discursos políticos contra los diferentes o los de fuera junto a la presión de los intereses políticos y económicos en amplias zonas del mundo buscando los rendimientos financieros en la explotación de personas y recursos naturales no solo significa que el mundo no ha avanzado nada en 75 años, también revela que las instituciones y estructuras que se crearon para impedir que el desastre humanitario se repitiera son impotentes.