Verbomanía

Superviviente Mcgregor

POR Pablo Orlando - Jueves, 21 de Junio de 2018 - Actualizado a las 09:13h.

Domingo de sol y viento de poniente. Me reúno con Gregorio en uno de los chiringuitos de la playa de la Malvarrosa, a la hora en que un grupo de escandalosas guiris extienden sus toallas sobre la arena.

Gregorio las examina con su ojo verdoso de cowboy nocturno. Sesenta y siete kilos y medio para un hombre con aires de comedia que, sin embargo, exhibe la seriedad de un ruiseñor caído por los excesos de la vida pendenciera.

Criado en las aceras del barrio de la Aguja, en plena Ruta del Bakalao, se marchó a cumplir el servicio como legionario en Melilla, y a partir de ahí su vida se fue fraguando en un tango racheado de alcohol, hachís y barullo quinqui.

El consumo le llevó a enredos, trapicheos, pequeños robos que acabaron en noches de calabozos (y sus gafas tantas veces rotas) o buscando, desesperado, algún lugar donde poder echar una tumbada y sobar la mona. Vivir sin dormir, el estallido de aquellos garitos y la mala vida. Tan lejanos los recuerdos, cuando de muchacho iba con su primo a cazar jabalíes a la sierra donde nace el río Cuervo.

“Mira, nano, esta es mi última bala. Promesa de tigre. Al carajo con esta mierda de adicciones, que para eso soy uno de los cien mejores soldadores de la costa levantina”.

Gregorio, que además de golfillo es un tipo sobradamente querido, da un sorbo a la Coca cola, y vuelve a volcar su ojo verdoso (de tigre, insiste) sobre las guiris serranas que toman helado sobre la calurosa arena. Entonces me sorprende con un codazo en el costado, y sentencia:

“¡A tomar por culo! Ya me he cansado de ser un maldito cowboy nocturno. Ha llegado la hora de ponerme las pilas para ascender a sheriff del barrio”.

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