Tribuna abierta

Los hijos, las otras víctimas del machismo

Por Carmen. Torres Ripa - Miércoles, 20 de Junio de 2018 - Actualizado a las 06:03h.

recuerdo coincidir hace muchos años en un suceso escabroso periodísticamente, con Margarita Landi -una redactora de El Caso que siempre fumaba en pipa-, que al ver que el asunto era más político que criminal, se marchó enfadada: “Aquí no hay sangre, yo me marcho”.

La sra. Landi disfrutaría mucho en este tiempo en que hasta los vídeos parecen chorrear sangre.

Después de los temas políticos candentes de este caliente -no en clima- mes de junio, la segunda parte de los noticiarios es ver y escuchar una serie de perversiones enfermizas que se repiten a primera hora de la mañana, al mediodía y a la noche. De tanto oír nos sabemos los nombres y continuamente volvemos a ver vídeos que demuestran el grado de degradación de la persona humana. Las noticias se han convertido en monotemas de principio a fin, con distintas versiones de los transeúntes o los vecinos que opinan libremente de violadores, pedófilos, asesinos de género, jueces, víctimas y políticos. Todos los temas caben en ese saber popular que distorsiona -muchas veces por pura ignorancia- la realidad.

En el disco duro de nuestra cabeza se va almacenando la brutalidad humana. Del último mes de mayo recuerdo con emoción una cara que llenó toda la pantalla. “Caso de violencia machista ponía debajo”. Un chico, como cualquiera de sus hijos, estaba en el estrado. Parecía un universitario que va a leer la tesina doctoral, temeroso de hacerlo bien o mal. El tribunal que le escucha era todo el Senado. Josua Alonso empezó a hablar y el silencio fue total. Su padre prendió fuego a su casa con bombonas de butano y gasolina para asesinar a su madre. La quemó viva. Su historia es interminable, no sabía ni por dónde empezar. Con 26 años y era el tutor de su hermano de 10. “La ayuda prometida nunca llegó. En el momento que pasó vinieron muchos políticos para ayudarme, pero ahora nada. Me ha tocado hacer todo solo. No son solo los problemas económicos sino muchas dificultades administrativas. Si no hubiera sido por el pueblo nos hubiéramos muerto. Me siento abandonado”.

A los senadores les brillan los ojos y más de uno no puede contener las lágrimas. “Me siento abandonado”, quedó como grito final. Después aplausos y muchos abrazos.

Josua es uno de muchos.

Estoy leyendo la autobiografía -durísima- de James Rhodes, un pianista genial de 37 años. Fue violado por su profesor de gimnasia a los 6 años y por el miedo a decirlo en casa el suplicio siguió durante años. “Me destrozaron por dentro y por fuera, me manipularon. Ahora pienso utilizar mis antecedentes y mi infinito talento para promocionar discos, ayudar a asociaciones benéficas, hacer giras, salir más en la tele e intentar cambiar en algo las vidas de aquellos que no tienen voz, de quienes se enfrentan a los síntomas y circunstancias más oscuros y desesperados, de aquellos a quienes nadie presta atención: los ignorados, ninguneados, solos, aislados, perdidos. Aquellos a quienes veis arrastrando los pies por la calle. Inmersos en su pequeño mundo, con la cabeza gacha, la mirada perdida, despreciados y arrinconados en una esquina terrible y muda”.

En este colectivo de noticias monótonas y casi iguales, los años de cárcel oscilan como un termómetro con fiebre, que puede subir la temperatura de acuerdo con el estado del enfermo y la decisión de la sociedad cuando no está de acuerdo con la sentencia judicial. El problema es que, sin saber gran cosa, vemos que entran y salen de la prisión políticos inmorales de todas las condiciones, como si ese lugar fuera un sitio común, una especie de casita enrejada donde va la escoria del mundo y de pronto están fuera como si se tratara del hogar temporal de Hansel y Gretel. En estos días el desfile carcelario ha sido digno de Vanity Fair más que de El Caso. Banqueros y políticos trajeados y con una bolsita de deportes que hasta les llevaba un amigo. Los violadores -menos glamurosos y acompañados de chillidos- también entran y salen sin saber cómo sucedió. Mientras, en la calle se pide más años de encierro como si vivir dentro de una cárcel fuera jugar al escondite. Muchos de los manifestantes -sin concretar, por supuesto, el motivo, generalmente muy digno, de las protestas- a estas alturas habrían condenado a cadena perpetua a más de uno al que la justicia -con todos los errores humanos, igualitos que el resto de ciudadanos de a pie- termina indultando, porque se habían equivocado.

No saber perdonar El nuevo gobierno felizmente serena los comentarios, porque en este extraño circo colectivo ha entrado también el fin de ETA. Son tantas las interpretaciones, las sesudas opiniones, los desacuerdos, la poca bonhomía de tanta gente, que descorazona la falta de criterio y, sobre todo, la falta de sensibilidad, ante una situación que lo único que nos tiene que producir es paz, descanso y serenidad. Durante años, hemos vivido con el corazón en un puño. Parece que una nube ha cegado colectivamente la memoria. Creo que el final de ETA, ha sido la gran noticia. Un logro silencioso de todos por el rechazo que nos producía la violencia. Pero, hasta en este tema, se dividen las opiniones:

“Así no…”.

“Tendrían que…”.

“El perdón selectivo es…”.

Hay personajes que no saben ni qué es eso del perdón selectivo, pero opinan, sin darse cuenta de que ya vale. La historia felizmente se terminó. Es como una insatisfacción continua.

¡Basta ya!

Para mí el fin de ETA ha sido como un ramo de flores que con la salida de Mariano Rajoy del Gobierno nos prepara con emoción a la llegada del solsticio de verano.