El reino del hombre cohete

El líder norcoreano, Kim Jong-un (centro-dch), y el ministro de Exteriores de Singapur, Vivian Balakrishnan (centro-izq), se toman selfis en el puente Jubilee en la Esplanade, en Singapur. (EFE)

Corea del Norte impulsó su programa nuclear para evitar un derrocamiento de su régimen y ahora ofrece renunciar a él para conseguir el mismo objetivo: su continuidad.

Un reportaje de Jon Artabe - Martes, 12 de Junio de 2018 - Actualizado a las 06:03h.

Nikita Jrushchov, máximo dirigente de la URSS durante la guerra fría, decía que “Berlín son los testículos de Occidente. Cuando quiero que Occidente grite, aprieto a Berlín”. Tras la desaparición del bloque soviético, la frontera entre las dos Coreas ha heredado el papel de Berlín, convirtiéndose en el escenario de constantes conatos de una nueva guerra mundial, llevando al planeta a contener la respiración cada cierto tiempo ante un nuevo incidente. La reunión entre Kim Jong-un y Donald Trump parece que puede poner paz, por fin, en una de las zonas más militarizadas y más conflictivas del mundo. Kim Jong-un puede lograr lo que su abuelo y su padre no consiguieron, firmar la paz con los Estados Unidos y descartar, definitivamente, una guerra a escala mundial. Y Donald Trump parece que podrá hacer honor a la supuesta candidatura al premio Nobel de la paz que están promoviendo algunos senadores republicanos. Pero detrás de la euforia y el alivio internacional, surgen cuestiones que ya muchos expertos están comenzando a plantear, y que pueden influir en el equilibrio geopolítico de los próximos años.

La frontera entre las dos Coreas, ubicada en el famoso paralelo 38, no sólo parte a una nación en dos, sino que divide dos mundos completamente distintos. Por un lado, el último régimen estalinista del mundo, por el otro, uno de los países capitalistas más pujantes dentro de Asia. Uno apoyado por China, el otro por los Estados Unidos. Comunismo contra capitalismo, el último reducto de la guerra fría. La partición se dio durante la II Guerra Mundial, dividiéndose entre soviéticos y norteamericanos la península coreana al ser liberada de la invasión japonesa;y siguiendo el modelo europeo, instaurándose un gobierno comunista en el norte bajo órbita soviética, y un régimen pro-occidental en el sur bajo influencia norteamericana. Los problemas comenzaron en 1950, cuando el norte comunista trató de reunificar la península a través de una invasión, dándose una guerra civil brutal. Cuando el norte estaba a punto de lograr la victoria, EE.UU. y otras naciones bajo mandato de la ONU realizaron una contraofensiva que llevó a los norcoreanos a retroceder y estar a punto de perder, si no es por la participación de la China de Mao, que paró el avance occidental. Ante el peligro de una escalada a nivel internacional, se decidió la firma de un armisticio temporal en 1953, que devolvió a ambos contendientes a las demarcaciones del paralelo 38, y que aún sigue en vigor, por lo que técnicamente podría decirse que las dos Coreas aún están en guerra.

Tras una guerra civil con unos tres millones de muertos según algunas estadísticas, las relaciones entre ambos países han continuado siendo una pequeña guerra de baja intensidad, con escaramuzas militares puntuales, atentados, secuestros, y continuos conatos de vuelta a una situación de guerra abierta, evitada por el conflicto a escala mundial que supondría debido a los aliados de cada bando. Fue el abuelo de Kim Jong-un, Kim Il-sung, el primer líder del norte y el fundador de la única dinastía hereditaria comunista de la historia. Tras su muerte, fue su hijo, Kim Jong-il, el que heredó la máxima autoridad del país, dominando con mano férrea el país. Este fue el que comenzó el programa nuclear del país en los noventa, que fue acelerado tras la intervención de Irak, como medida de protección ante una intervención de EE.UU. que derrocase el régimen. Comenzó así la continua escalada de momentos de tensión con pruebas de cohetes balísticos que podrían llegar incluso a suelo norteamericano, junto a pruebas nucleares en la montaña Mantap. Con la nuclearización, además de ejercer presión al mundo, el régimen de Pyongyang lograba evitar su mayor miedo, la intervención exterior. Su férreo régimen comunista, evita cualquier tipo de disidencia o posibilidad de derrocamiento desde dentro, por lo que el único temor se refiere a una intervención norteamericana, acrecentado por la intervención en Irak y, más recientemente, el derrocamiento de Gadafi en Libia. Pero en 2011 murió Kim Jong-il y fue su hijo, Kim Jong-un el que heredó el país. En un principio, se le vio como un títere del régimen, pero junto a su hermana ha sido capaz de conseguir los mayores éxitos diplomáticos de la historia del país, y su reunión con Trump puede certificar el anhelo que tanto su abuelo y su padre no lograron, asegurar la no intervención de EE.UU. en un posible derrocamiento del régimen.

Para ello, Kim Jong-un siguió la estrategia de su padre, comenzando por varios lanzamientos de cohetes balísticos que podrían llegar hasta California, despertando las iras de Donald Trump, que bautizó en la ONU a Kim Jong-un como hombre cohete. La escalada continuó durante meses, en los que Trump amenazó varias veces con una intervención directa en Corea del Norte. Pero tras meses al borde de la guerra nuclear, Kim Jong-un ha sabido dar la vuelta a la situación.

Comenzando con la participación de ambas Coreas en un mismo equipo olímpico en los JJ.OO. de invierno en Corea del Sur, el régimen norcoreano ha sabido ir abriendo caminos de diálogo con el sur, que han fructificado en los acuerdos de abril entre ambos líderes en el paralelo 38. A la vez, en pocos meses, Kim Jong-un ha sido capaz de reunirse con el presidente chino Xi Jingpin, el presidente surcoreano, e incluso el entonces director de la CIA, Mike Pompeo, que viajó a Pyongyang en una visita inédita. La reunión con Trump será el colofón a unos meses en los que Kim Jong-un ha pasado de ser el hombre cohete a ser uno de los líderes que más han marcado la agenda diplomática.

Incertidumbres Pero a pesar de las expectativas que se han creado respecto a lo histórico de la reunión, existen también ciertas incertidumbres. Durante meses se lleva escuchando en los medios internacionales y desde los gabinetes de prensa de países implicados en la zona que el compromiso de Corea del Norte de deshacerse de su capacidad nuclear se dará a cambio de la seguridad de que no sufrirá ningún tipo de ataque en su territorio. Esto implica la desnuclearización a cambio de la seguridad de la estabilidad del régimen. El reciente desmantelamiento de la zona de ensayo de armas nucleares, el monte Mantap, por parte del régimen norcoreano, implica que Kim Jong-un está cumpliendo su parte del trato. Ahora vendría la segunda parte del compromiso que sería el respeto a la integridad del régimen norcoreano, que debería llevarlo a la práctica Trump a través de algún pacto bilateral de no agresión que se firmaría en la histórica reunión del 12 de junio. Pero este pacto puede traer mayores problemas, según muchos expertos. Por un lado, daría la razón al régimen norcoreano, que lograría asegurar su régimen respecto al exterior en base al logro de armas nucleares. Se confirmaría la estrategia de Kim Jong-il ideada tras el ejemplo de Irak. Primero la amenaza nuclear, y después la desnuclearización a cambio de la garantía de no agresión. Esto podría significar enviar el mensaje a otros gobiernos del mundo para que siguieran el mismo camino.

Por otro lado, significa el reconocimiento y la legitimación de un régimen en el que se dan flagrantes vulneraciones de los derechos humanos, y que a través de este pacto, no sólo aseguraría su estabilidad frente al exterior, sino que vería legitimado su gobierno, olvidándose de la necesidad de su democratización y de una apertura del régimen que respete los derechos humanos de sus ciudadanos.

Por último, se daría un cambio sustancial en la política internacional norteamericana, ya que a través de este acuerdo quedaría claro que la administración Trump no tiene más interés geopolítico que el de su propia seguridad. Las vulneraciones de derechos humanos, o la falta de democracia del régimen, pasarían a un segundo plano, en el que primaría la seguridad territorial de EE.UU.

Corea del Norte podría dejar de ser los testículos del mundo y el hombre cohete se puede convertir en el nuevo amigo del pueblo americano, pasando de ser el dictador de uno de los regímenes más totalitarios del mundo a ser el nuevo aliado de Trump. Un alivio para la seguridad mundial, pero que puede significar renunciar a cualquier cambio democratizador dentro del régimen norcoreano. Una nueva vuelta de tuerca geopolítica de Trump que habrá que ver sus consecuencias.

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