Crítica

Quemar antes de leer

Por Harri Fernández - Domingo, 3 de Junio de 2018 - Actualizado a las 06:03h.

En una de las primeras escenas de la nueva versión de Fahrenheit 451, estrenada en el festival Crossover, el personaje al que interpreta Michael Shannon, el jefe de Bomberos Beatty, afirma que todo lo que tiene vida tiende a volver a aparecer. Es, sin duda, un guiño que la HBO hace al público para decirle que ya era hora de actualizar el clásico de Bradbury y adaptarlo a la era de las redes sociales y la posverdad. Los bomberos ya no solo prenden fuego a los libros, también lo hacen a discos duros, VHS, cintas de metraje y cualquier otro soporte que pueda ser subido de forma ilegal a Internet, -renombrado como The nineen el filme de Bahrani y donde solo se pueden leer La Biblia, Al faro de Virginia Woolf y Moby Dickde Herman Melville- un contenedor dedicado a reproducir el pensamiento único del estado y a ser posible desde un lenguaje único y simplificado. Es ese pensamiento el que motiva la combustión de todas las obras. Los libros -y ahora ya derivados digitales- generan contradición en la sociedad, agravios e impiden la felicidad. “No nacimos iguales, lo somos gracias al fuego”, dice Beatty, al nuevo Guy Montag, interpretado por Michael B. Jordan. Esta nueva versión parece que nace también de un pensamiento único más bien, idea única: la de actualizar por actualizar, que no es otra que la idea de perpetuar el negocio. El de Bahrani es un filme sin corazón -en ningún lado asoma un brizna de loa a la literatura- que corre de un lado al otro sin ofrecer nada, un pastiche con tantas ideas distintas que no consigue transmitir la esencia misma de la obra: el autoritarismo -tampoco tengan esperanza de ver aquí nada de lo que se parezca a la versión de Truffaut- y el poder de la lectura en una sociedad que se aísla en la tecnología. Los personajes deambulan por la pantalla sin ningún objetivo claro. El de Shannon es capaz de citar El mito de la Cavernade Platón, o de despertarse en medio de la noche para escribir poesía en papel de liar cigarros, mientras es el mayor defensor de la doctrina del estado hasta sus últimas consecuencias. El de Jordan ha sido reconvertido en un personaje traumatizado por los crímenes de su padre, y que es capaz de cambiar sus convicciones en menos de un minuto después de robar Memorias del subsuelo de Dostoyevski en una redada. Pero no se engañen porque esta película no va de novelas. Es Bahrani quien parece que le ha pegado fuego a la obra de Bradbury antes de leerla, intentando hacer un capítulo de Black Mirror, mientras busca a través de la estética que alguien relacione su trabajo con Blade Runner. Tan poca importancia tienen los libros en esta nueva versión, que la salvación de todo depende un pajaro con ADN modificado en el que se ha incrustado el conocimiento de la humanidad. Demencial.