Mar de fondo

Vasquista, a mi pesar

Por Xabi Larrañaga - Sábado, 2 de Junio de 2018 - Actualizado a las 06:03h.

Yo respeto la preocupación de algunos que hoy critican la política lingüística navarra. Y entiendo su afán por derribar al Gobierno. Para toda oposición cualquier discrepancia es tomatazo. Ahora bien, ¿de verdad son más dañinos para la cohesión social los contados casos de discriminación positiva que los abundantes ejemplos de vascofobia? ¿El fomento del euskara, sin la ojeriza contraria, reducido a mero asunto administrativo, supone un problema de tal calibre que merezca una concentración en Pamplona?

Mucha gente desprecia el vascuence, que es despreciar a quien lo usa, desde antes de que se plantearan medidas para protegerlo. Lo odia, y notamos su odio, desde antes de que se manchara de ideología. Lo considera no el idioma de sus convecinos, sino un pariente lejano y molesto que se resiste a morir. Por supuesto, no todos los manifestantes piensan así, pero sin el apoyo de quienes así piensan la protesta sería muy distinta. Ese odio, y ese desprecio, son más graves que una ley matizable como todas. Una norma se quita con los votos. Un prejuicio, no.

Decía el ateo Iliá Ehrenburg que seguiría siendo judío mientras quedase un solo antisemita en el mundo. El apego a esa identidad era, pues, una respuesta obligada ante la ofensa, no el fruto de un orgullo grupal ni religioso. Salvando las obvias diferencias, algo similar me sucede con esto. Aunque intento debatir, empatizar, incluso evitar por puro tedio el conflicto, rara vez encuentro al otro lado una actitud serena e incluyente. Si difícil es acordar la política lingüística con quien rechaza tu política, resulta imposible hacerlo con quien rechaza una lengua. O sea, a sus hablantes.