600 kilómetros por el desierto, en bicicleta y solo

El donostiarra afincado en Zumarraga Asier Lertxundi es un enamorado del desierto y llegó a hacer de guía para los turistas. Recientemente ha hecho 600 kilómetros en bicicleta por el Sáhara: desde Erfoud a Foum Zguid.

Un reportaje de Asier Zaldua - Viernes, 1 de Junio de 2018 - Actualizado a las 06:03h.

El donostiarra afincado en Zumarraga Asier Lertxundi ha completado 600 kilómetros por el desierto de Marruecos, en bicicleta de montaña y solo. Es un enamorado del desierto y ha ido decenas de veces. Allí ha aprendido a hablar francés y a chapurrear en árabe y amazigh. Y ha hecho de guía para los turistas… siguiendo el consejo de los autóctonos.

Hace años que tenía en mente ir con la bicicleta. “Siempre he pensado que pedalear por el desierto tenía que estar muy bien. Además, me apetecía ir solo. Este año, por fin, me he animado. Han sido dos semanas, en las que he hecho 600 kilómetros: de Erfoud a Foum Zguid. He ido pegado a la frontera con Argelia, lo más alejado posible de las rutas de los raids. En una zona tuve que desviarme a la carretera, porque los militares no me dejaron pasar por donde tenía previsto. De todos modos, me pusieron menos pegas de lo que pensaba. En los controles me preguntaban por el coche y cuando les decía que iba solo se quedaban flipados”.

Si todo ha salido bien es porque tiene una gran experiencia en el desierto y preparó bien el viaje. “Cuando planeas ir allí, en lo primero en lo que piensas es en el agua. Si vas en bici, no puedes llevar toda la que quisieras. Sabía dónde encontrarla, pero no cuánto iba a tardar de un punto a otro: depende del terreno. Hay sitios donde puedes ir rápido y sitios donde incluso te tienes que bajar de la bici. Para solucionar el tema del agua, tenía tres posibilidades: ir con un coche de apoyo, ir primero en coche y enterrar depósitos de agua y buscarme la vida”.

El viento Como era de esperar, se inclinó por la tercera opción. “Decidí buscarme la vida. Lo que pasa es que mis cálculos se fueron a tomar por saco el primer día, por el viento. Empezaba desde por la mañana y, poco a poco, iba a más. Por la tarde era ya un vendaval. Y además, me daba de frente. Avanzaba más despacio de lo que había previsto”.

El viento condicionó mucho el viaje. “Cogía agua siempre que podía. Iba siempre con diez litros de agua encima. Por la noche no podía ni montar la tienda. Mi plan era dormir todas las noches en un sitio bonito, pero con aquel vendaval tenía que buscar lugares cobijados. Procuraba acabar las etapas en aldeas. Algunas noches las pasé en casas o albergues, otras contra un muro…”.

En el desierto, otro enemigo implacable es el calor. “A las 10.00 horas comenzaba a hacer calorcillo y para las 15.00 era insoportable: 38-40°C. Empezaba a pedalear cuando salía el sol, hacia las 7.00, y hasta las 10.00 consumía dos litros de agua. Pero cuando comenzaba a hacer calor y a soplar el viento, en dos horas avanzaba 15 kilómetros y me chupaba cuatro litros de agua. Y así no me salían las cuentas. En esas condiciones no me merecía la pena pedalear y para las 15.00 paraba. Los últimos días, en los que ya era imposible pedalear contra el viento y estaba encima de un lago seco, pedaleé de noche. Para las 4.00 horas estaba ya pedaleando. Hubo días en los que incluso apagué el frontal, porque el terreno era liso”.

La bicicleta respondió. Lertxundi quiere dar las gracias a Mikel Plazaola, de la tienda de bicicletas Mikel Cycle de Urretxu. “Cuando le conté que tenía intención de ir al desierto, me preparó una fat bike con todo lo necesario (parrillas, herramientas…). Me ha hecho un gran favor. Con una bici normal no hubiera podido hacerlo, por el peso que llevaba encima”.

Quiere dejar claro que no se trataba de ningún reto, sino de unas vacaciones. “He bajado muchos veces y eso me ha permitido hacer esto con relativa tranquilidad. Conozco aquella zona y llevé GPS por si acaso. Sabía dónde estaba, dónde había agua… Nunca llegué a angustiarme. En viajes así el aspecto psicológico es importante. En soledad, la cabeza es lo peor que hay. Si la bici empieza a sacar un ruido, puedes comerte la cabeza y acabar deseando salir de allí. Pero en ningún momento me sentí así. Tampoco me aburrí, pues tenía que ir muy concentrado en la ruta, en las piedras, en el consumo de agua, en evitar el calor lo máximo posible… Para cuando me daba cuenta, llevaba ocho horas encima de la bici”.

No perdió los nervios ni cuando llegó a un pozo y se encontró con que no podía sacar agua. “Me tumbé debajo de una palmera a echar la siesta. Allí tumbado, me acordé de que cerca había otro pozo”.

Tenía que hervir el agua de los pozos para evitar una diarrea, pero hervir el agua a 38°C y dentro de una tienda para protegerse del viento… “Tenía que hervir el agua por la noche, por lo que llevaba agua hervida y no hervida. También cogía agua en las aldeas. Supermercados no hay, pero en todas hay tiendas pequeñas. Y a los pocos coches que pasaban, les pedía agua”.

En cuanto a la alimentación, llevó comida liofilizada y barritas. “En las aldeas compraba lo poco que podía conseguir: galletas, latas de atún, quesito y pan. Con eso, los liofilizados y las barritas, iba de cine”.

Está claro que te tiene que gustar mucho el desierto para hacer algo así. Lertxundi habla con pasión de su relación con el desierto. “De niño veía pasar por Donostia los todoterrenos de los franceses y me llamaban mucho la atención. Con veintipico años me compré un coche viejo y me fui al desierto con tres amigos. Nos metimos con un mapa Michelin, el depósito lleno, agua y comida. Solo sabíamos que al sur, en la frontera con Argelia, íbamos a tener problemas. En los cruces, hacíamos votación. En el siguiente viaje crucé el Sáhara. Como todo el que va en coche allí, te crees Carlos Sainz. La sensación es impresionante. Vas a jugar”.

Después, cambió el chip. “Me di cuenta de que nos estábamos perdiendo muchas cosas por ir rápido. Empecé a bajar despacio, a perderme y a hablar con la gente. Me hablaban de oasis, pinturas rupestres, aldeas abandonadas… Vas aprendiendo y te vas enamorando. Para los que hemos bajado muchas veces y nos hemos enamorado del desierto, cuando nos mencionan esta palabra sentimos nostalgia. Lo llevamos dentro. Es un sitio en el que me siento a gusto. Los paisajes y la sensación de soledad, me gustan mucho”.

Pero allí hay que ser humilde. “Las condiciones las pone el desierto. Todo es precioso, pero tiene trampas. Lo que eres aquí, allí no te vale. Estás solo y lo único que tienes es lo que llevas encima y lo que sabes hacer. Si no conoces bien tus límites, te metes en un lío”.