Las obras de Marc Chagall tiñen de color el Museo Guggenheim

La comisaria Lucía Agirre, explicando al público la obra ‘Homenaje a Apollinare’ (1913) en el Museo Guggenheim Bilbao. (J.M. Martinez)

La muestra ‘Chagall. Los años decisivos, 1911-1919’ exhibe 80 pinturas y dibujos del artista judío

Araitz Garmendia - Viernes, 1 de Junio de 2018 - Actualizado a las 06:03h.

bilbao - Esta es la historia de Los años decisivos de un pintor que supo marcar la diferencia en su época, y convertirse en uno de los artistas fundamentales del siglo XX. Judío, ruso -y también algo francés por su adoración por París-, Marc Chagall (Vítebsk, Bielorrusia, 1887-1985) viajó a la capital gala en 1911, donde creó un conjunto de obras que combinaban sus recuerdos en la comunidad jasídica de su ciudad natal con los nuevos movimientos e iconos que descubrió en la gran ciudad. Esa miscelánea es lo que lo hizo un virtuoso inclasificable, siempre caracterizado por un uso del color muy personal y unas formas expresionistas y cubistas. Este periodo de ocho años es el que recorre el Museo Guggenheim Bilbao en la muestra Chagall. Los años decisivos, 1911-1919, comisariada por Lucía Agirre, y que reúne 80 pinturas y dibujos del autor nacido en la aldea de Vítebsk, vinculada entonces a la Rusia de los zares. “Son ocho años en los que vemos a diferentes tipos de Chagall, pero todos son la misma persona”, explica la comisaria en referencia al carácter especial de esta muestra.

Nacido en una familia muy humilde, Chagall venció todas las dificultades para acceder al arte, ya que en aquel tiempo se marginaba en guetos a los judíos y se les privaba de numerosos derechos. Pero el artista logró estudiar en San Petersburgo, una urbe a la que los judíos solo podían acceder con un permiso especial. No obstante, su gran salto lo realizó en 1911, cuando hizo las maletas y se instaló en París, comenzando una de las aventuras artísticas más intensas de la historia del arte. Allí se codeó con creadores de la talla de Pablo Picasso, Robert y Sonia Delaunay, o Jacques Lipchitz. Sin embargo, Agirre subraya que “lo que presenta Chagall en su obra es su propia realidad”. Ese mundo interior “se niega a explicarlo, porque cree que es algo que queda entre el espectador y el autor”.

La pinacoteca ha estructurado la muestra en tres salas que albergan las 80 piezas del autor vanguardista. La primera ilustra su época en París, a la que pertenecen composiciones como Yo y mi aldea, El vendedor de ganado, La habitación amarilla, El carro volador y Homenaje a Apollinaire, en el que rinde tributo al poeta francés Apollinaire, quien descubrió la potencialidad del artista.

La aventura francesa finalizó en 1914, cuando regresó a su casa de Vítebsk para asistir a la boda de su hermana y reencontrarse con su prometida, Bella Rosenfeld, a la que “consideraba el amor de su vida”, según la comisaria. “La familia de Bella -que era escritora y una mujer muy adelantada en su tiempo- tenía una posición más acomodada y a su regreso de París, Chagall estaba convencido de que por fin le iban a aceptar como pretendiente”, agregó Agirre. Lo que iba a ser una estancia de tres meses se convirtió en una visita de varios años, ya que el estallido de la primera Guerra Mundial sorprendió a Chagall junto a su familia. Se casó con Bella y en 1916 nació su hija, Ida. Allí arrancó una nueva etapa, un periodo en el que, como narró Agirre, “el creador va a replantearse todo lo que ha aprendido durante sus años en París”, y en el que los autorretratos y las representaciones cotidianas de su familia tomaron sus pinturas y dibujos, reflejando los estragos de la guerra y la nueva Rusia surgida tras la Revolución de Octubre. Este particular periodo es el que alberga la segunda sala, con obras como Estudio para Adán y Eva, El vendedor de periódicos o Bella al violín.

retratos La tercera estancia alberga los trabajos realizados hasta 1919, fecha en la que el autor retoma los temas relacionados con la identidad judío-jasídica, el folclore, la cultura y las costumbre de su pueblo. Este último espacio de exposición está protagonizado, especialmente, por varios cuadros erróneamente conocidos como Cuatro grandes rabinos, en los que retrató a judíos pintados en los colores blanco, negro, verde y rojo, que se ha logrado reunir en esta muestra de forma excepcional, ya que el Museo ha conseguido sumar a los tres “judíos” depositados en el Kunstmuseum de Basilea (Suiza) el Judío rojo, que forma parte de las colecciones del Museo Estatal Ruso de San Petersburgo. “Es una exposición muy especial porque se centra en un periodo muy concreto de la vida del autor. Chagall quiere que el color salga de las formas, porque la tonalidad tiene para él un sentido emocional”, destacó la comisaria. Vidarte, director del Guggenheim Bilbao, apostilló que “aunque algunas de sus obras han formado parte de exposiciones en este museo, puesto que varias forman parte de la colección de Nueva York, esta es la primera vez que se le dedica una muestra individual”.

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