La anécdota

Sábado, 26 de Mayo de 2018 - Actualizado a las 06:03h.

donostia - Año 1995, mediados de septiembre. Egipto, concretamente en su capital, El Cairo. Necesitamos un taxista que hable español o inglés, mejor lo primero, que conozca los entresijos de la ciudad y que sea de fiar. El complaciente guía que la agencia de viajes había puesto a nuestra disposición en la ciudad para los cuatro días que pasaríamos en ella, antes de embarcarnos en el crucero por el Nilo, nos presenta a un tipo pequeño, algo rechonchete, amable y poco hablador, pero atento y eficaz como el que más. Y junto a él, un enorme Peugeot 504 familiar blanco, de gasolina, con tres filas de asientos, exquisitamente conservado y con unas horribles fundas de asiento tipo piel de leopardo que daban miedo por el calor que nos iban a hacer pasar incluso antes de abrir las puertas del coche.

Como soy el de mayor volumen de las seis personas que haremos uso del taxi, me conceden el honor de viajar en el asiento delantero, y de paso el placer de conversar con el callado taxista. Me cuenta que el prefiere el motor de gasolina al diésel porque la diferencia de precio apenas es significativa en su país, “además los gasolina dan menos problemas, el coche te lo arregla cualquier mecánico y el 504 es indestructible”.

Pasan las horas, los días y los kilómetros, y el 504 responde como un reloj suizo: refinado, preciso, cómodo, silencioso, con espacio de sobra y dando una confianza inquebrantable. Sentí envidia: aquel coche era maravilloso y además había encontrado al dueño perfecto. - T.P.