Adiós a Philip Roth, el gigante de la literatura de EEUU

Fotografía de archivo del 23 de octubre de 2012 que muestra al escritor estadounidense Philip Roth (efe)

Falleció ayer a los 85 años tras una vida dedicado a retratar la sociedad de su país

Alicia García de Francisco - Jueves, 24 de Mayo de 2018 - Actualizado a las 06:03h.

madrid - Philip Roth tuvo una única obsesión en toda su carrera: retratar a su país, Estados Unidos, en toda su extensión y con todas sus contradicciones, y por eso, pese a saber que era un autor leído en todo el mundo, escribió siempre por y para los lectores estadounidenses.

“La historia de los Estados Unidos, las vidas estadounidenses, la sociedad estadounidense, los lugares estadounidenses, los dilemas estadounidenses -la confusión, las expectativas, el desconcierto y la angustia estadounidenses- constituyen mi temática, como lo fueron para mis predecesores estadounidenses durante más de dos siglos”, dijo Roth en su discurso de aceptación del Premio Príncipe de Asturias de las Letras en 2012.

Estaba convaleciente de una operación y no viajó a Oviedo a recogerlo, pero se mostró agradecido y, sobre todo, sorprendido, porque los lectores de otros países, en ese caso España, pudieran identificarse con su obra y comparar así su visión con “la representación estereotipada, excesivamente simplificada de Estados Unidos”.

Una obsesión que apareció desde su primera obra, Goodbye, Columbus (1959), cinco relatos cortos en los que sentó las bases de toda su trayectoria posterior. Y que quedó aún más clara cuando en 1973 publicó The Great American Novel (La gran novela americana), un desafío ya desde el título para el mundo literario estadounidense, siempre a la búsqueda de esa gran novela americana.

Trabajó sin descanso para ser el autor de la novela definitiva sobre su país y lo logró a juicio de muchos con su brutal trilogía formada por American pastoral (Pastoral americana), I married a comunist (Me casé con un comunista) y The human stain (La mancha humana). Un certero y demoledor retrato de su país que se conoce como Los Estados Unidos perdidos y que le hizo desde entonces un serio aspirante al Premio Nobel de Literatura. La primera y la última novela de esa trilogía fueron llevadas al cine, pero las imágenes del cine nunca han logrado reflejar la intensidad y profundidad de un escritor que es considerado casi como un forense del alma humana, por la precisión con la que ha plasmado en sus obras el dolor, la crueldad o la soledad del ser humano. Pero siempre con una fina e implacable ironía con la que criticaba sin descanso a sus compatriotas a través de la voz de su personaje más conocido, Nathan Zuckerman, su alter ego y narrador de muchas de sus novelas, que apareció por primera vez en My Life as a Man (Mi vida como hombre).

la realidad Historias siempre con la realidad como punto de partida, pero también con un gran componente surrealista, y que hicieron de él el máximo exponente de la herencia de la gran literatura estadounidense, en línea con Francis Scott Fitzgerald, Ernest Hemingway o Saul Bellow. Se ganó un lugar entre los más grandes por su escritura sin complacencias, en la que no olvidaba su origen judío.

Diseccionó la memoria, la vejez, la muerte, la iniciación a la vida, la política, la libertad, la sombra del padre o el sexo. Un autor que sufría al escribir. Describía su proceso creativo como una “agonía espontánea”, que le llevaba a adentrarse con cada obra en un inicio “extremadamente difícil, frustrante y poco satisfactorio”. Anunció una retirada, pero nadie le creyó porque no era la primera vez que intentaba parar de escribir sin lograrlo. Pero lo cumplió.

En enero, en la que fue su última entrevista, al New York Times, se refirió a lo que había sido para él ser escritor: “Regocijo y gemido. Frustración y libertad. Inspiración e incertidumbre. Abundancia y vacío. Ardor y locura”. Y una “tremenda soledad”.

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