Mikel Larrañaga historiador de la evolución de las monjas vascas

“A las seroras se las trataba de proteger;en ocasiones eran prestamistas y se les debía mucho dinero”

Mikel Larrañaga, historiador de la evolución de las monjas vascas. (Iker Azurmendi)

Larrañaga abordará el miércoles en Koldo Mitxelena la autonomía de las seroras en la Edad Moderna dentro del ciclo ‘Pasajes Desconocidos de la Historia de Gipuzkoa’

Alex Zubiria - Lunes, 21 de Mayo de 2018 - Actualizado a las 06:03h.

donostia - Capaces de disponer de inmuebles a su nombre, actuar como prestamistas, vender vino o tener ganado. Aunque en un principio las seroras eran simplemente las encargadas del cuidado de los templos religiosos en Euskal Herria, en realidad disponían de una autonomía económica que no se correspondía a la de las mujeres de la Edad Moderna.

¿Hasta qué punto tenían las seroras una libertad económica?

-El concepto de las seroras es muy amplio. Considero como tales a aquellas mujeres que estaban en clausura y que a pesar de no ser monjas, eran tratadas como tales. Hasta finales del XVIII, en Euskal Herria se consideraba como serora a todas las mujeres religiosas. Para limitar el ámbito de estudio, yo he excluido a las monjas, descubriendo que tenían una autonomía económica muy importante, a pesar de algunas excepciones. Aunque en algunos casos estas mujeres debían donar previamente todos sus bienes al templo, en la mayoría de los casos podían hacer uso libre de ellos y no estar, de este modo, bajo el mando de los hombres. La mujer de aquella época lo estaba sobre su padre, y cuando se casaba, sobre el de su marido. Al incorporarse a la seroría salían de ese espacio, teniendo una autonomía que, en algunos casos, era de un poder muy relevante.

¿En qué se diferenciaban exactamente las seroras de las monjas?

-La diferencia fundamental residía en sus formas de vida dentro de la clausura. Lo que pasa es que esta visión la tenemos ahora, a posteriori, ya que el vascoparlante de aquel momento llamaba a toda mujer religiosa, da igual del tipo que fuera, serora.

¿Era una situación exclusiva a Euskal Herria?

-Como institución no, pero la evolución histórica de los centros eclesiásticos de otras zonas fue diferente. He llegado a la conclusión de que las seroras en Euskadi son una institución arcaizante. En cierta época existieron por toda Europa, pero únicamente se mantuvieron con unas características similares en nuestra zona. En otras zonas europeas fueron desapareciendo esas formas de vida en favor de una religiosidad de otro tipo, casi siempre de clausura.

¿Desde qué año comenzaron a tener esta autonomía?

-Es muy difícil de determinar. Hay teorías que marcan sus orígenes en la Antigua Edad y otras en la Edad Media. Yo, personalmente, las situó en la religiosidad de la Antigüedad tardía. En aquel momento no vivían tan restringidas, a pesar de estar en los que hoy conocemos como antiguos monasterios de Gipuzkoa. Por entonces, la mayoría de ellas no estaban en clausura. Esta se extiende en un primer momento por Europa a finales del XIII, pero no es hasta la oleada legislativa del concilio de Trento de medidos del XVIII cuando llega a Euskadi.

Imagino que habría voces dentro de la Iglesia en contra de este poder.

-Desde las instituciones eclesiásticas se las quería eliminar. Las seroras poseían unas funciones dentro de la Iglesia que les permitía entrar en espacios que estaban prohibidos para las mujeres y manejaban objetos sagrados, y no gustaba que fuera así. Sin embargo, en Euskadi, los centros principales de discusión estaban fracturados y muy alejados. Gipuzkoa, por ejemplo, estaba dividida entre el obispado de Navarra y el de Baiona. Así, era muy difícil conseguirlo. Además, a nivel local se las trataba de proteger, no solo por ser parte de la vida cotidiana de los pueblos, sino porque mucha gente tenía relaciones personales y económicas con ellas. En muchas ocasiones, actuaban como prestamistas y se las debía mucho dinero. Esta situación no cambio hasta que las propias instituciones civiles se pusieron a ello, ya a finales del XVIII y a través de un decreto real. No obstante, este tampoco hizo que desaparecieran del todo y hoy en día siguen existiendo.

El dinero que manejaban, ¿era propiedad de la Iglesia?

-No, disponían de un espacio propio de actuación. La imagen más común sobre ellas se ha forjado en torno a los templos en los que estaban, pero también estaban en hospitales, orfanatos, hospicios... En infinidad de centros que también eran espacios religiosos y en los que, aparte de hacer sus funciones sociales, tenían una serie de actividades que les permitía poseer un salario y realizar acciones de compraventa. Por otro lado, eran parte del ámbito personal de los pueblos, ya que gracias a su dinero actuaban como prestamistas a título personal y no porque sirvieran a la Iglesia. Así, disponían de bienes inmuebles, realizar ventas, trabajar la tierra, tener ganado, dedicarse a coser o vender vino.

¿Tenían restricciones?

-Sí, pero trataban de entrar en todos los espacios que podían con su dinero. Las restricciones como tal surgían como consecuencia de la cohesión social de la época, que las sometía como a todos los demás mujeres. Estas incluso podían llegar a ser denunciadas por alguna actividad que fuese considerada como no religiosa.

¿Qué papel juegan las seroras hoy en día?

-La situación actual de las seroras la desconozco. Está claro que el contexto ha cambiado enormemente, por lo que sus actividades se han tenido que transformar en función a ello. La importancia de las seroras en los ritos funerarios del XVII, por ejemplo, ha desaparecido o tiene un grado ínfimo en comparación hoy en día. Por este motivo, resulta tan complicado identificar a las seroras en la actualidad. Hacerse cargo de la limpieza del templo, las luces, el cuidado de los objetos sagrados, todo eso continúa, pero es complicado hacer una comparativa con lo de aquel entonces.

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