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Desbarajuste

La inestabilidad se apodera de la vida interna de los partidos y de Catalunya en los momentos más delicados de la legislatura

Juan Mari Gastaca - Sábado, 19 de Mayo de 2018 - Actualizado a las 06:03h.

el fútbol español se dispone a desplazar a la política de las sacudidas mediáticas que viene sufriendo cada día tras la elección del sustituto del defenestrado Ángel Villar, tan sorprendente como indeseada por sectores influyentes de la Corte. Y el fútbol no es una anécdota. La previsible hostilidad que se augura entre el ánimo insurgente de Luis Rubiales desde la Federación y la vena dictatorial desde la Liga de Javier Tebas -un blaspiñaristaaceptado por la democracia- servirá de distensión de barra de bar a esa inquietante ola de inestabilidad a la que se asiste en la cocina de varios partidos, en un Govern demasiado dependiente de Puigdemont y del 155 y, peor aún, de los patéticos errores de una Justicia cuestionada. Todo ello a cuatro días del decisivo debate en el Congreso de los Presupuestos de 2018, auténtico punto álgido de una penosa legislatura sin leyes, convulsionada fuera de sus escaños hasta la hilaridad y que marcará, paradójicamente, el devenir de un Gobierno, de un partido (PP) y su alternativa (Ciudadanos), pero, sobre todo, de Mariano Rajoy y su futuro. Son días de agitada convulsión, pero es verdad que ya llueve demasiado sobre mojado sobre el epicentro catalán. El desaforado caudillismo de Puigdemont sigue agitando las aguas de una convivencia imposible para desesperación de un Estado, el español, agujereado por sus propias contradicciones internas. Ha bastado la intencionada elección del hooligan soberanista Quim Torra -caricaturesca por denigrante su fotografía con las bolsas de la compra ante la sede socialista de Ferraz- para que atrone desde Madrid el constitucionalismo más intransigente, ese que siempre se ha refugiado torpemente en la aplicación rigurosa de la ley antes de apostar por el diálogo imprescindible. El balón de la racionalidad, por tanto, sigue en el fango y ajeno, sobre todo, a las inquietudes vitales de una ciudadanía, hastiada en su mayoría, que camina paso a paso hacia la confrontación. Tan sombrío panorama alienta la desazón pero riega el cortoplacismo partidista. Es la oportunidad idílica para que Ciudadanos, envalentonado por unas encuestas que empiezan a ser admitidas por el PP, endurezca su discurso unionista hasta desquiciar al propio Rajoy. El presidente quiere huir de una vez por todas de ese maldito 155 que solo ha traído

desgracias para su partido desde aquel hiriente 1-O.

Pero Albert Rivera no está dispuesto a soltar tan jugosa pieza porque sabe que así consolida su proyección y compromete hasta el último segundo el entendimiento presupuestario entre PNV y Gobierno. Además, en tan descarado intento se ha encontrado con el abrazo comprensivo de ese José María Aznar dispuesto a afear en todo momento la política de Rajoy con los nacionalismos y, en especial, con Catalunya. Una conjunción astral suficiente para que Pedro Sánchez tropiece en su absurdo intento de buscar en el Código Penal un delito para los rebeldes soberanistas. Eso sí, solo comparable a la ineptitud propia de un neófito jurista que ha evidenciado el intervencionista magistrado Pablo Llarena con su error en la euroorden contra exconsellers que prefirieron seguir reivindicando su causa lejos de las cárceles españolas. Todo un vodevil al que se incorporan sin límite nuevas variedades. Nada como ese número que rodea al polémico chalet del dúo dominante de Podemos, suficiente para que se agiten los memes y las redes sociales pero también se desatan las venganzas en una organización que sigue caminando con las espinas clavadas de Vista Alegre II. Fatídicamente en la conmemoración de aquel 15-M que atronó para oxigenar las conciencias podridas y devolver la dignidad a la política, Pablo Iglesias e Irene Montero se ven prisioneros de sus propias contradicciones mientras abren la enésima crisis en una organización que se sigue buscando a sí misma en el diván tras su fracaso de asaltar los cielos. Eso sí, nada comparable con el tormento permanente que desquicia al PP, incapaz de deshacerse de sus propias tropelías. Las costuras de este partido empiezan a deshilvanarse con más rapidez de la prevista.

La descomposición en Madrid no acaba de hacer pie, acuciada primero por la avaricia de sus dirigentes más corruptos, luego por los máster y mentiras de Cristina Cifuentes y ahora por los aprobados exprés de Pablo Casado. Rajoy no sabe qué hacer con esta calaña y mucho menos Maíllo, azorado en la desesperada búsqueda de un tapón solvente para semejante sangría. Demasiado desbarajuste en un escaparate, la capital del Estado, donde todo lo que pasa se magnifica.

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