Crecimiento con pies de barro

Por José A. Diez Alday - Lunes, 14 de Mayo de 2018 - Actualizado a las 06:03h.

La incertidumbre sigue instalada en las previsiones para la economía europea. Si reparamos en el presente ejercicio, podemos ver cómo el escenario ha cambiado en las últimas semanas. No se trata de ser derrotista o alarmista, pero los llamados vientos de cola (tipos de interés, incentivos del BCE o el precio del petróleo), que han propiciado un largo periodo de crecimiento, están rolando y se están convirtiendo en vientos de cara que puede desacelerar la singladura de las embarcaciones más frágiles, como es el caso de la economía española, peligrosamente escorada y desequilibrada por el paro, el déficit público y la precariedad laboral.

La debilidad es de tal magnitud que basta un movimiento político en ebullición para que entre en erupción el escenario económico lanzando toneladas de desconfianza y temor ante la posibilidad de estar en los prolegómenos de una nueva crisis, pese a que el Gobierno español sigue haciendo gala de un exceso de complacencia. Es posible que, en los próximos días, más de un político nos asegure que “no hay motivos de preocupación” porque la economía sigue creciendo con fuerza y descienden las tasas de paro. Sin embargo, los datos parecen apuntar en otra dirección.

Los síntomas apuntan hacia una nueva cita con las turbulencias económicas provocadas por los riesgos geopolíticos que estimulan, por ejemplo, un ascenso exponencial en el precio del petróleo, o con las alteraciones comerciales que provoca el incipiente proteccionismo. Y, como quiera que como muestra vale un botón, pongamos alguno sobre la mesa.

Esta sensible diferencia entre previsiones y realidad tendrá un coste, si se mantienen tanto el precio del petróleo como la cotización del euro, estimado en unos 5.500 millones de euros para este ejercicio. El propio Ministerio de Economía ya admite que un encarecimiento del petróleo hasta los 75 dólares podría restar sólo este año 0,7 puntos de PIB y un 0,8% de empleo, esto es: unos 150.000 ocupados menos. Es decir, un importante retroceso en una economía frágil y desequilibrada, como lo demuestra el hecho de que la remuneración de los trabajadores no ha recuperado todavía los niveles precrisis, mientras los beneficios empresariales están un 8,3% por encima de lo registrado en 2009.

Un segundo ejemplo reside en la economía familiar y, más concretamente en los niveles de ahorro y deuda. Los últimos datos del INE establecen que las rentas de los hogares españoles han sido insuficientes en 2017 para afrontar los gastos de consumo y vivienda, incrementando su deuda en 3.063 millones de euros. Una cantidad que puede sonar a pequeña, pero significativa al interrumpir la tendencia de ahorro entre 2009 y 2016 que, según el BBVA, se cifra en un acumulado de 214.511 millones de euros. En la actualidad, la deuda familiar representa el 60% del PIB, un porcentaje que puede aumentar si se confirma la tendencia alcista de la inversión de los hogares que en 2017 aumentó un 18% respecto a 2016.

Por otra parte, el bajo precio del dinero impuesto por el BCE ha reducido sensiblemente el pago de intereses. Sin embargo, esta situación favorable para quienes han acudido al mercado crediticio, o lo harán en el corto plazo, puede cambiar en los próximos meses si, como se espera, el BCE decide subir los tipos de interés. Entonces pueden aflorar viejos fantasmas del pasado más reciente y dramático, agravados por el ya citado encarecimiento del petróleo que también pasará factura en la cartera familiar.

Resumiendo, panorama preocupante. El cacareado crecimiento económico (PIB) tiene pies de barro y las previsiones triunfalistas pueden verse comprometidas.

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