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Cuestión de huevos

Una trabajadora de una empresa rocía con agua huevos frescos de gallina. (Efe)

El marco financiero plurianual anunciado por la unión europea para el periodo 2021-2027 contempla un tijeretazo en clave agrícola del 5% para la política agraria común (PAC)

Por Xabier Iraola - Domingo, 13 de Mayo de 2018 - Actualizado a las 06:03h.

estos últimos días han resultado especiales para uno. Mientras una de mis caras, la sonriente y pánfila, se alegraba por la disolución de la banda terrorista ETA queriendo creer que asistimos al cierre definitivo de una larguísima etapa de terror y dolor para nuestro pueblo, la otra cara, la reflexiva, se entristece al comprobar que todo el dolor ha sido, tal y como nosotros ya sabíamos, totalmente inútil tanto para nosotros, los sufridores, como para ellos, los protagonistas del terror.

No puedo ni debo olvidar a todos aquellos que han, hemos, sufrido y en estos momentos agridulces no puedo dejar de acordarme de María, la hija de mi amigo Juan Mari Jauregi;Ibai, el hijo de mi convecino Mikel Uribe;y de mi amiga Idoia, que aunque no le mataron a nadie, nunca olvidaré su boda, que resultó ser algo realmente trágico cuando en la sobremesa supimos que ETA había ejecutado al joven concejal Miguel Ángel Blanco.

Desde la esperanza de un futuro mejor, con el deseo de que mi hijo Martín no conozca nada semejante y con el anhelo de un pueblo que poco a poco vaya caminando por la senda de la convivencia, con las tripas encogidas, de forma pública, cierro este capítulo de mi vida.

Pues bien, mientras ETA bajaba la persiana, mis amigos de la Comisión Europea, en este caso el alemán Günther Oettinger, ya se sabe que los germanos son los que controlan la cartera europea, abrían la cortina presentando al ansioso público comunitario las cifras, estratosféricas, del Marco Financiero Plurianual (MFP) que, en lenguaje coloquial, no son más que las previsiones de gasto que se autoimponen las instituciones europeas para un periodo concreto, en este caso el septenio que va del año 2021 al 2027, para las políticas impulsadas desde Bruselas.

El cuadro de las macrocifras nos muestra que el compromiso de gasto para este periodo alcanza casi 1,28 billones de euros “corrientes” para la UE-27 (1,13 billones de euros “constantes”), una vez extirpada la herida británica, frente a los 1,08 billones del MFP 2014-2020 para la UE-28. Como se podrán imaginar, aunque parezca mentira, la lectura de dichas previsiones varía en función del barrio, estado y sector económico en que usted se ubique pero lo que es impepinable es que dicho montante total equivale al 1,11% de la Renta Nacional Bruta (RNB) de la UE-27.

Dicho sea de paso, la principal fuente de recursos del presupuesto comunitario, el 80%, son las contribuciones de los estados miembros en función de la RNB, hasta ahora el 1,08% y según la propuesta el 1,11% pero aún así, alejado del 1,3% que reclamaba el Parlamento Europeo y el sector agrario. El 20% restante del presupuesto comunitario proviene de una tasa sobre el IVA y de los derechos de aduana.

Entrando en harina y sin ahondar en batallas financieras sobre si los fondos son en euros corrientes y/o constantes (cuestión en la que le anticipo no tengo la más repajolera idea), constatamos que el tijeretazo en clave agrícola es del 5% para la Política Agraria Común (PAC).

Algunas voces señalan que en los pagos directos que perciben los productores el recorte será del 4% y que llegará hasta el 15% en el capítulo del Desarrollo Rural, sin olvidar la bajada del 7% en los Fondos de Cohesión. Los hay, incluso, quienes afirman que la bajada de la PAC no es del 5% como ha vendido el comisario germano sino de un 15% si tenemos en cuenta la inflación del septenio que se trata.

Constantes y/o corrientes, corrientes y/o constantes, la cuestión es que el cuadro previsto en su capítulo de “Recursos Naturales y Medio Ambiente”, en el que está la agricultura, tiene una dotación de 378.920 millones de euros (29,6%), de los que el grueso se destinará a la Política Agraria Común.

Se trata de 365.000 millones para pagos directos y medidas de desarrollo rural en las que, entre otras perlas, se habla de aumentar la cofinanciación (porcentaje de fondos a aportar por cada estado miembro) y de que el 25% del gasto deberá orientarse a la lucha contra el cambio climático.

Tras la cantata del comisario Oettinger, se cumple el guión previsto y así salen al escenario las voces sectoriales calificando de inaceptable la rebaja apuntada. Igualmente, salen las voces de colectivos ambientalistas que reclaman que dichos fondos vayan condicionados al cumplimiento de objetivos más ambiciosos en cuestiones conservacionistas.

Los animalistas también gritan “¿qué hay de lo mío?”, y los fabricantes de insumos agrícolas reclaman una mayor orientación productiva haciéndonos creer que lo que verdaderamente les importa es producir alimentos para acabar con la hambruna mundial.

Finalmente, en el medio se encuentran las voces de estudiosos, intelectuales, universitarios y demás gente que estiman que los fondos puestos sobre la mesa son más que suficientes para abordar los objetivos de una política alimentaria y territorial europea, por lo que apuntan hacia una reorientación de la misma pero, como se diría, sin romper muchos platos.

Loable objetivo, al menos en teoría, pero los que preparamos casi semanalmente unos exquisitos huevos fritos para la cuadrilla somos sabedores de que, al igual que no se puede hacer una tortilla sin romper los huevos, resulta extremadamente difícil, cuando no imposible, hacer una nueva agro-tortilla sin romper los actuales huevos. Eso sí, la cuestión sería bastante diferente si sobre la mesa tuviésemos más huevos, fueran o fuesen, corrientes o constantes.

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